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Archivo de la categoría: FOTOGRAFÍA EN TEPETLIXPA

Un acercamiento a la historia de la Casa de Cultura (parte I)

"Exterior del Plantel Porfirio Díaz" (reproducción de la fotografía de Abel Briquet, de Ollin Altepetl A.C.)

Como se sabe, el edificio que ocupa la Casa de Cultura originalmente fue una escuela, la primera escuela del municipio, para precisar. Hacer una historia de la Casa de Cultura obligaría a retomar aspectos contemporáneos como el nombre de sus directores, los grandes momentos que ha tenido y aquellos proyectos que se han emprendido desde su institución. No obstante, ahora podríamos referirnos a sus orígenes, a cómo se construyó el edificio y cómo se dio su inauguración, con la finalidad de que se valore el emblemático monumento no solo como parte del patrimonio de Tepetlixpa sino como parte de nuestra historia viva y luego se ahonde la investigación de su valor contemporáneo.

            La construcción de la obra se ciñó a los usos de las comunidades para realizar obras públicas, que en realidad deberían connotarse como “colectivas” porque eran los pobladores los que las realizaban, lo que los vinculaba más eficazmente con su trabajo y los valores asociados al monumento. Dada la falta de liquidez, las autoridades gestionaban los recursos para la primera etapa de la construcción y el resto se completaba, incluyendo la mano de obra y los ulteriores gastos, con las aportaciones económicas de los vecinos, que eran recaudadas por una Junta que a su vez lo remitía a la Jefatura Política, vínculo entre los ayuntamientos y el gobierno estatal durante el siglo XIX.

            Quizá lo primero que sorprenda en la construcción de la escuela es que su diseño era desmesurado para el ámbito rural, como una implantación de la arquitectura francesa en medio del campo. “Una vez que llegamos nos apresuramos a visitar la nueva escuela y quedamos sorprendidos al ver la magnificencia del establecimiento. Difícilmente encontraríamos en esta ciudad cosa semejante”, escribió un anónimo reportero el día de la inauguración, añadiendo además, que “Tepetlixpa es una de las poblaciones más lejanas y solo se trata de difundir la instrucción primaria, pero diremos, en obsequio de la justicia, que al mirar tal escuela sentimos el deseo de ser vecinos de este pueblo y ocupar nuestro sitio entre los humildes y sencillos hijos de los labriegos que van a instruirse. Cuanto dijéramos en encomio de este plantel es poco, porque allí se ha procurado reunir lo útil a lo cómodo, a lo higiénico y a lo hermoso”.  En mi ensayo Nerón y Amecameca abordo que las construcciones grandilocuentes siempre sirven para refrendar el poder político de los gobernantes, pero que en el caso de la escuela de Tepetlixpa esa grandilocuencia era simbólicamente aplastante: ¿se pueden imaginar el lujo del edificio en medio de la pobreza del campo tepetlixpense?, ¿no resultaba grosero e incluso grotesco contar con semejante obra en medio de un pueblo alejado de los centros urbanos?, ¿una escuela era la mejor obra pública para la comunidad?

(Otra imagen del exterior". Archivo Ollin Altepetl A.C.)

(Otra imagen del exterior”. Archivo Ollin Altepetl A.C.)

            Contestar a estas preguntas exige al menos, adentrarse en la ideología de la construcción en la época. Al margen de los simbolismos del poder político, la arquitectura del siglo XIX tomaba bastante en serio los aspectos estéticos y la idea del “gusto”. Nicolás Durand, arquitecto de principios del siglo XIX, en su célebre Précis des leçons d´architecture hacía énfasis en que las escuelas tuvieran espacios amplios, bien proyectados para evitar las inclemencias del tiempo y que de ser posible estuvieran alejadas del ruido de las calles, cuidando que la disposición de sus salas y de los demás objetos de estudio permitieran un mínimo de intimidad para que el trabajo escolar se llevara a cabo: “la plus grande facilité et sans causer dans les autres parties le moindre embarras ni le moindre trouble” (“con la mayor facilidad y sin causar en los demás vergüenza ni prejuicios”). [Cfr. Durand, N.L., Précis des leçons d´architecture donnés a l´Ecole Polytechnique, Paris, Librarie de l´Ecole Polytechnique, 1805, especialmente el capítulo « Des Colléges », pp. 51-53], lo que se puede entender como una necesidad funcional.

El estilo de la escuela en efecto buscaba esos principios de la arquitectura francesa. Era un noble edificio de adobe con recubrimientos de cal y  espléndidos trabajos de yesería para los decorados, situado en lo alto de una loma, de modo que tenía una excelente iluminación y calefacción. Al estar en el corazón del núcleo poblacional del Tepetlixpa de entonces (en la contra esquina de la Presidencia), se entendía que llegar a la escuela era fácil y estaba de la mano con otras diligencias de tipo oficial. Afuera tenía un pequeño jardín en el que los alumnos podían descansar de su trabajo, pero además, brindaba al pueblo un espacio abierto de uso común. Si nos preguntaran otra vez sobre la pertinencia de una escuela como principal obra pública sin duda responderíamos que sí y en el futuro se debe investigar a fondo las enormes (y benéficas) repercusiones de haber alfabetizado a Tepetlixpa a finales del siglo XIX.

Si la construcción era funcional el reparo en su excentricidad venía de sus dimensiones, que incluso hoy sorprenden por su altura y proporción; además de una exquisita decoración y equipamiento que ya entraban en la idea del símbolo y del Gusto. Hoy podemos analizar el gusto de la obra, gracias a las excelentes fotografías de Abel Briquet (fotógrafo francés contratado por el gobierno para capturar entre otras cosas, obras públicas): bustos, duela, mapas, butacas de madera, cortinas y candiles. Este aspecto es el que más intriga a los gustadores de la memoria: ¿cómo se pudo costear semejante lujo? Por supuesto que faltó cerca de un año, entre 1888 y 1889 para que se resolviera ese dilema, aunque considerando que para los decimonónicos (y europeizantes) del tipo porfirista, no se consideraban las circunstancias socioeconómicas sino la idea del gusto. En el célebre tratado de arquitectura The stones of Venice, John Ruskin  dice “So, then, the first thing we have to ask of the decoration is that it should indicate strong liking, and that honestly. It matters not so much what the thing is, as that the builder should really love it and enjoy it”. (“lo primero que debemos pedir a la decoración es que indique un gusto apasionado y que sea honesto. No importa tanto lo que la cosa sea, sino que el constructor realmente la ame y disfrute”). [Cfr. Ruskin, John, The stones of Venice. The foundations, New York, John Wiley editor, 1851, pp. 44-45]. Los que planificaron la obra, al parecer por la idea del jefe político Hipólito Reyes la obra debía llevar a la admiración de las “virtudes de la construcción” es decir los signos de las buenas obras hechas por los hombres y el placer hallado en las mismas, desde su construcción hasta su deleite.

(El interior según la lente de A. Briquet. Archivo Ollin Altepetl A.C.)

(El interior según la lente de A. Briquet. Archivo Ollin Altepetl A.C.)

Cómo sucede con una obra de tales dimensiones, su construcción no estuvo exenta de chismes, habladurías y periodicazos. La Patria, de la ciudad de México, dio seguimiento a la acusación de que el jefe político, en aras de que habría de venir don Porfirio, expoliaba a los habitantes de Tepetlixpa para que apuraran la decoración. Luego, el mismo político desmentía las acusaciones señalando que más de 300 personas habían firmado un compromiso para decorar magnificentemente el edificio:  “con el noble objeto al que está destinado; pero que como es fácil comprender, no         habiendo fondos públicos de ninguna especie para erogar los gastos que son indispensables para la compra de toda clase de útiles necesarios para la enseñanza y algunos objetos de ornato, supuesta la decencia con la que está acabado el tan referido edificio: solo podrían los vecinos recibir pronto el fruto de sus afanes, si hacían un esfuerzo que diese por resultado la reunión de los fondos necesarios… del costo de vidrios, mapas, esferas, libros, libreros, pizarras, mesas, bancas, etc. etc.; que además hacía notar la necesidad de esa decente decoración porque habiéndosele dado el nombre del Sr. Gral. Porfirio Díaz… natural era hacer invitación especial al Sr. Presidente para que se sirviera honrar el acto de inauguración. (las cursivas son mías)”.

(Íñigo Noriega, ¿aceleró el proceso de decoración de la escuela?. Fotografía de la Fototeca Nacional INAH)

(Íñigo Noriega, ¿aceleró el proceso de decoración de la escuela?. Fotografía de la Fototeca Nacional INAH)

La verdad sólo se habrá conocido entre los actores del drama, pero sin menoscabo de la idea edificadora de Reyes, habría que decir que su otro gran proyecto para la región fue la introducción del teléfono a Ecatzingo (desconozco si se cumplimentó o si hubo otros periodicazos). En fin, tras estos arreos y luego de una importante laguna en las fuentes, parece ser que se unió a la obra el rico hacendado Íñigo Noriega, dueño de la hacienda de Atlapango y Tepetlixpa se preparó para recibir a Porfirio Díaz el 25 de febrero de 1889, día de la inauguración…

 

¿Qué con el patrimonio cultural de Tepetlixpa? III

(Espacio donde su ubicaba la Capilla de San Miguel Arcángel, Nepantla, México. Foto: M.S.)

3. Una reflexión sobre las pérdidas culturales

Pero no es posible hablar de una pérdida a secas sin caer en el juicio de valor y el anacronismo. Nuestra perspectiva de darle valor a lo intangible es como he mencionado, muy reciente. Los habitantes de Tepetlixpa fueron sufriendo los embates de diversos factores que deberíamos analizarlos con calma y profundidad para reconstruir nuestra conciencia cultural. Debemos pensar en los procesos aculturizadores, es decir, a fenómenos que introducen la cultura de otros lados y desplazan la local. Falta una buena monografía sobre la danza de los chinelos para saber qué efecto tuvo la cadenciosa danza morelense, carnavalesca y burlona, para acabar con la seriedad y patetismo de las danzas autóctonas; parece ser que los músicos que trabajaban en Morelos indirectamente fueron introduciendo la danza (considerando dos factores: las comparsas más antiguas no se crearon antes de 1940 y los informes de los atractivos turísticos de 1938-39 no la mencionan en absoluto como práctica habitual) pero falta un estudio más serio. Sería deseable también que algún visionario rescate las recetas tradicionales del mole, champurrado y otros guisos que si bien no son exclusivos del pueblo pueden moldear un panorama sobre el gusto y la cultura gastronómica de la región de los volcanes entera.

(Campana consagrada por Alberto Fernández de Haro. Foto: M.S.)

Por cuanto al patrimonio cultural tangible también se deben analizar los contextos. El conflicto religioso que vivió Tepetlixpa en 1938 cobró su buena cuota de destrucción cultural. El doctor Alberto Fernández de Haro se dio a la tarea de remodelar la parroquia a causa de un incendio que años antes había maltratado el retablo original. Colocó una campana “de esquilón nuevo”, que aún se usa para llamar a misa, puso tablones y remozó varias partes del templo. A su llegada al pueblo en 1934, con una sensibilidad que aún emociona por su simpleza y amplio alcance, levantó un inventario de las “obras de arte” del templo que reseña objetos que ya no existen, como los “óleos de San Esteban” que adornaban el altar principal, las esculturas de San Antonio, San Isidro Labrador, San Pedro, la Purísima Concepción, de San Mateo o el cuadro de San Esteban frente al templo. En 1938 el desafortunado obispo de Tepetlixpa, fue expulsado por orden del gobernador y la insania de sus detractores destruyó su archivo que constaba, según inventario, de 43 libros (desconocemos su contenido), seis libretas más muchos documentos sueltos que amparaban su labor diocesana de la Iglesia Católica Mexicana o cismática como le conocían popularmente. Los anónimos defensores del tradicionalismo católico no solo desaparecieron su archivo arrancando los registros y quemando las partidas y asientos sino que desaparecieron sus fotografías e imágenes incluso hasta en los documentos municipales. Esa falta de sensibilidad de un patrimonio cultural por encima de las ideas nos ha privado de conocer qué influencia tuvo el obispo y su Iglesia en tiempos de los Cristeros en nuestra zona y qué proyectos culturales formales desarrolló, considerando por ejemplo, que el primer grupo de música religiosa (música, no coro) fue obra del presbítero Arnulfo Martínez, secretario del obispo.

(El doctor Alberto Fernández de Haro, obispo de la ICAM en Tepetlixpa. Foto: Archivo Ollin Altépetl A.C.)

No podemos culpar ni exigir respuestas a nuestros antepasados. Su obrar estaba condicionado por factores más poderosos que la sensibilidad, pero no dejamos de lamentar esas pérdidas. Una pérdida tan lamentable como la de los archivos del obispo De Haro fue la del mismo Archivo Municipal hace 100 años. El afán de destruir los registros de las deudas y los contratos leoninos llevo a las facciones revolucionarias a quemar los archivos municipales desapareciendo una parte considerable de la memoria del siglo XIX, no digamos de asuntos complicados o del sentir de los habitantes en esa época, sino incluso para conocer la lista completa de nuestras autoridades. Escuetamente sabemos que en la época de don Porfirio existió un cierto cacique local llamado Luis Rosales.

(Uno de los documentos más antiguos del Archivo Municipal. Expedientes de Educación. Foto: M.S.)

Otras pérdidas también se debieron a las contingencias de la guerra y la violencia social. Una imagen del Dulce Nombre de Jesús, reproducción bastante fiel, sufrió un periplo cuando, según las versiones orales, los mayordomos encargados de su culto murieron en la Revolución y el encargo fue pasando de familia en familia hasta que vino a parar en manos de la familia Arellano que para fortuna de todos aún la preserva. Según la versión oral del sr. Marcelino Buendía, la imagen original de la Virgen de los Dolores habría desaparecido por otro de esos periplos cuando sus encargados originales murieron y los responsables no quisieron continuar el encargo de hacer el rosario y cuidar a la imagen. Según esa versión, que aquí consigno con reservas con la finalidad que circule, la imagen habría sido vendida en Ozumba al anticuario empírico mejor conocido como Santo Prieto.

Entonces lo que no se puede tolerar y ciertamente indigna es que en ésta época sucedan pérdidas y destrucciones intencionadas. Nuestra conciencia sobre el patrimonio cultural es más firme y hay instrumentos legales que lo reconocen. No hay justificaciones para permitir la pérdida de nuestra cotidianidad: la Parroquia va entre el deterioro y una mala idea de remodelación que amenaza acabar con sus formas originales; seguir subiendo y bajando a la imagen del Dulce Nombre de Jesús en las fiestas religiosas es una amenaza para la integridad de la escultura. A propósito de la imagen, patrono de Tepetlixpa por tradición, su base, la “piaña” como se le conoce, tenía unos oleos fechados en 1896 en recuerdo de una remodelación de antaño y ha sido deteriorado por meterle unas barras de aluminio que faciliten su descenso.

Las pérdidas tienen una dimensión dolorosa por lo afectivo y la memoria de los involucrados que los lleva al lamento, la reflexión o lo literario (citar ruinas), sin embargo eso no logra paliar la realidad que usualmente es brutal. Tetepetlac es un paraje del campo de Tepetlixpa que mostraba hasta hace poco las extensiones agrícolas de la época colonial delimitadas por hermosas tecercas de más de 300 años de antigüedad (véase https://enlacaradelcerro.wordpress.com/?s=tetepetlac). La nueva carretera que pasara por el poniente del pueblo ha destruido buena parte de esos objetos históricos. Antes de que la litografía hiciera magia al reproducir fielmente imágenes, el Calvario tenía sus propias matrices de sellos de goma que les permitían hacer una reproducción artesanal de la imagen del Dulce Nombre de Jesús. Los sellos y el material si existen están arrumbados en las sacristías junto a diversos objetos que podrían dar cuenta de como se ha ido gestando una fe religiosa si se montara un mínimo museo comunitario. Pero no solo en el catolicismo hay destrucción. La Iglesia Evangélica fue constituida en su domicilio actual en 1945, en una casa del siglo XIX ubicada en la avenida Morelos. Hacia 2009 fue derruida para construir un edificio de dudoso gusto ecléctico.

Sin embargo una de las pérdidas más emblemáticas por los significados que tiene es la ausencia de la banda filarmónica en la fiesta de enero. Además de ser cultura formal (el repertorio era estrictamente interpretado con notas y abarcaban compositores de música clásica) su presencia explica el gusto por la música, la supervivencia de un gremio de viejos maestros que se aferran a sus gustos e indirectamente un proyecto para educar musicalmente. Las bandas eran contratadas por el difunto Salvador Quiroga, mejor conocido como El General, un melómano local de Tepetlixpa que junto a sus compañeros disfrutaban y permitían disfrutar el gusto por la música clásica. La indiferencia de los mayordomos, la terquedad de las demás organizaciones y una absoluta falta de sensibilidad hizo que los maestros decidieran no seguir contratando el evento porque sucedían absurdos y groserías como ponerles enfrente un sonido escandaloso o que mientras interpretaban una banda sinaloense comenzara su propio espectáculo enfrente y con un sonido aterrador. La memoria del difunto General y su labor de traer esa música formal parece que se ha echado a un bote de basura.

Para acotar esta lista que sería interminable (y dolorosa) hay que mencionar el caso más dramático de pérdida cultural porque involucró a buena parte de la población de Nepantla. En este año algunos pobladores de Nepantla echaron abajo la Capilla de San Miguel, histórica construcción de adobe y tejamanil que fue construida en 1845 por don Juan de los Santos. La pérdida en este caso es irremediable.

 

Una foto del General José Contreras

 

(El general José Concepción Contreras, a la izquiera. Agradezco la generosidad del señor Alfredo Guerrero Quiroz y su familia por compartirme la fotografía, que es de su propiedad)

La fotografía es por mucho una de las más bellas que he tenido entre manos. Dos hombres de más de cincuenta años flanquean a una mujer joven que carga a un bebé. Las fotografías antiguas tienen un aura que nos atrae irremediablemente pues pareciera los retratados dejaran en la toma parte de su alma y no la simples pose. Si eso se debe a la composición o técnica no lo sabemos, simplemente nos gustan y estos retratados no son la excepción. Los hombres son dueños de una dignidad que contrasta con su indumentaria, huaraches gastados y enormes cinturones circundando pantalones de casimir. Sus camisas son blanquísimas y el peinado apenas existe; las miradas, centro de la fotografía son adustas pero transmiten serenidad.

La mujer de enmedio en cambio es el contrapunto del retrato. Es joven, es bonita. Tiene una sonrisa que no disimula, sonrisa difícil de encontrar en las fotografías antiguas que atrae inmediatamente la atención. Si los hombres controlan su emoción la mujer no controla su sonrisa; debió de estallar en carcajadas cuando el fotógrafo disparó el obturador pero su sonrisa es tan magnética como su maternidad. El niño que está cargando concilia todo, es la felicidad en medio de los extremos.

“… una cierta indiferencia que también puede ser la duda metódica”

Pero veamos al hombre de la izquierda. Tiene una mirada distinta de los demás y un porte distinto; dentro de la seriedad tiene una chispa, movimientos enérgicos que están adormecidos, apenas disimulados. Es el general brigadier José Concepción Contreras, miembro del estado mayor del general Everardo González. Solo que no es una foto de guerra de oficiales endurecidos sino una foto familiar. El antiguo zapatista posa con las condecoraciones civiles, los dedos de los pies explotan tradición y pertenencia, le florecen los muchos kilómetros caminados, las campañas y las reuniones; vemos a un hombre maduro, recio, formal y electrizante que posa junto a la joven, parienta suya.

Esta bellísima foto del general Contreras permite reflexionar sobre los aspectos que no han sido mitificados sobre la Revolución. Su serenidad puede ser el resultado de la violencia, de los amargos años de campaña contra los carrancistas en la región. Detrás del heroísmo y la gloria militar están los hechos trágicos y las verdades siniestras como la matanza de carrancistas en los llanos de Ozumba hacia 1914, la destrucción del puente del ferrocarril en Nepantla, la desolación de Tepetlixpa a finales de 1917 e inicios de 1918 cuando fue parcialmente quemado y saqueado por los carrancistas, o las balaceras a la Hacienda de Atlapango en febrero de 1918 que según las crónicas, emprendió Everardo González como un acto de provocación más que como estrategia táctica. El general en la fotografía aún se ve fuerte para dominar una casa como patriarca y puede que aún tuviese la energía para meterse en las faenas políticas y en los dimes y diretes con enemigos más pertinaces que los guerreros con máuser.

Porque para cuando se tomó la foto el general Contreras ya había pasado tres veces por la Presidencia municipal de Tepetlixpa, un hito en la historia política de este municipio que apenas se va a repetir en este periodo. La primera administración fue hacia los primeros años de la Revolución, un año de mero trámite del que no hay constancias. Después, apagadas las sombras del zapatismo (recordando que Everardo González antes de la muerte de Zapata ya había defeccionado a favor de los enemigos de Gildardo Magaña y solo la maniobra o el trapecismo lo hizo estar cerca del caudillo en los meses de su asesinato) estuvo por dos periodos.

(Fotografía con fines oficiales del gral. Contreras. S/F, aprox. 1940. Foto: Archivo Fotográfico Ollin Altépetl A.C.)

La fotografía como indica la anotación se tomó en octubre de 1944. Me cuesta trabajo imaginar al general redactando un discurso que dio en el auditorio del pueblo, la actual casa de cultura, seis años atrás, el 31 de diciembre de 1937. Si fue elocuente o muy seco no lo podemos saber, mucho menos ante un desafío verbal absolutamente barroco: “me hice cargo de la administración municipal guiado por el interés de servir a mi pueblo, por la videz [sic] de que la bandera de la unificación, que me ha tocado tremolar en nuestro jirón de tierra, no se vuelva a ver mancillados sus pliegues por el viento desenfrenado de la discordia”. Como haya sido, el general Contreras junto al coronel Vicente Trinidad Flores fueron dos antiguos revolucionarios que después entraron al desafío de la política con peor o mejor suerte que en las armas.

El hombre de la foto tiene el ceño fruncido, una cierta indiferencia que también puede ser la duda metódica o no de lo que sucede. Un hombre curtido por las realidades puede poner esa cara y mantenerla, aunque también pudo decir ante los congregados el día de su informe que su esfuerzo y el del gobierno federal “vendrán a cambiar de una manera radical la estructura de este jirón de tierra, a través de una lucha intensa y sistemática que se sostenga contra nuestra apatía y abandono que domina nuestra situación”. Palabras van y vienen, el instante de la fotografía muestra más que todo el discurso.

Y de la fotografía hay que ver los pies bien plantados en el suelo pero las manos crispadas, como en señal de protección. El hombre de la derecha tiene los pies más relajados como su cuerpo, que transmite tranquilidad, quizá del abuelo o del consuegro que tiene buenas relaciones con la familia política. La mujer de en medio esconde los pies y tiene las piernas cruzadas, un gesto de defensa en ese pequeño mundillo de hombres y de rostros serios que contrasta con la suavidad de su pose y la energía con que sostiene al bebé. Si me detengo en sus pies es para tratar de destacar metafóricamente hablando la posición que adoptaron esos personajes, antiguos militares de oficio ante el hecho de hacer política, que entendieron como “hacer algo por el pueblo”.

“Los pies aferrados al suelo pero las manos crispadas”

¿Qué será realmente el “hacer algo por el pueblo”? El general Contreras asumió como objetivo primordial introducir el agua potable, una labor que se usó como bandera desde el inicio de los tiempos (el primer estudio científico para ello data de 1925) y que sin embargo no se concretó hasta los años 50. No podemos reflexionar ni medir a los políticos porque está fuera de este texto pero es interesante ver en qué vino a parar el antiguo revolucionario y como él sus antiguos compañeros de marras. Si el general aún conserva su pose de dignidad seis años después de la Presidencia ya es señal de triunfo. En vida no fue El General como se hubiera creído sino El Indio y aunque parezca apodo de valentía apuesto que era absolutamente denigratorio. Su discurso final agradece “al pueblo Tepetlixpense, que en momentos de prueba supo otorgar su confianza al respaldar los actos del régimen que hoy termina, y… se debe igualmente a los empleados que me prestaron su colaboración franca y decidida y compartieron conmigo la responsabilidad”. La cortesía pudo ser premonitoria en el sentido de que el pueblo Tepetlixpense como lo llama, le entregó el poder a otro revolucionario, el coronel Rojas, que seguramente estaba sentado en el auditorio, listo para tomar posesión; y por el hecho de que el secretario del ayuntamiento, Julio Soriano, principal “empleado” de esa gestión que terminaba, despuntando los años cuarenta pasó a su vez a ocupar la presidencia municipal.

Destino enrarecido el de los antiguos zapatistas, como el caso de Luis Barrios, que ocupaba la llamada Defensa Social de Tepetlixpa diez años antes de la foto, en 1934. A pesar de ser una policía civil con atributos más bien insignificantes,  insistía en la organización y nomenclaturas castrenses para referir su trabajo. Destinos tragicómicos como el de su “soldado” Pablo Perez, que se vio envuelto en un escándalo por golpear a unos cirqueros que levantaban su carpa en el pueblo. Por último, destino más bien absurdo del general Contreras, que en el primer mes de haber dejado la presidencia recibió una notificación que le habrá costado mucha bilis y tragos amargos, pues el coronel Rojas con el que no tenía precisamente una buena relación, le acusaba formalmente de haberse robado un escritorio y diversos instrumentos de oficina.

Esto no explica desde luego el gesto y es imposible meternos en los recovecos de la personalidad de un retratado que tiene por demás muchos años de haber muerto. Al general le llegaron otros momentos para mostrar el gesto adusto y las manos crispadas aunque fuera en el bastón. Treinta y un años después, en 1975, dos historiadoras, Yolanda Alemán y Laura Espejel lo entrevistaban para un programa del INAH y el general les desgranó su historia. En la siguiente década recibió la condecoración de veteranos de la revolución y se le reconoció por primera vez como personaje importante de Tepetlixpa. Hoy día una calle del pueblo lleva su nombre y sus descendientes cobran consciencia de que el bisabuelo o tatarabuelo fue “alguien” de este pueblo. Pero a final de cuentas el general en su silla, flanqueando a una joven madre, con el gesto adusto y el magnetismo de la mirada, espera el día en que se recupere de manera más personal su propia historia, porque a fin de cuentas la revolución y la presidencia se han mitificado y el honor de servir y el heroísmo de la batalla puede que no resistan la sonrisa de una mujer.

 

“Me gusta que me platiquen pero no todo les creo…”

(En ésta esquina dicen que... Foto: Archivo Ollin Altepetl A.C.)

Siempre ha sido dilema ponerlos en su justa dimensión. Para muchos es el “alma de los pueblos”, aquello que rastrea el origen de nuestros pensamientos y formas de ser. Para otros son supercherías, falsas noticias que se deben poner en la bandeja de lo inútil y desechable. Lo difícil es tomar postura y por eso el título de este post. ¿Dónde poner lo irracional en el discurso de nuestra historia?

Este tema me ha intrigado mucho y no pretendo de ninguna manera darle solución, porque oír una buena historia vale dos o tres cosas fantásticas y sobre todo, porque ¿alguién puede demostrar la verdad y exponer todo lo falso? . Desde mi punto de vista hay dos cuestiones que anteponer, 1) los datos verificables, y 2) el valor de las tradiciones. Luego de eso, a sentarse y oír buenas historias de quién se las sepa.  A este post le debo mucho de todas las lecciones de filosofía de la historia pero no es algo que busque lo académico; también le debo muchas horas en tardes de lluvia o noches que no había luz, en las que mi abuelito nos contaba.

Mientras encontremos una forma de validar las cosas extraordinarias mucho mejor. Si no, antes de desecharlas vale la pena ubicarlas, crearles un justo espacio y estar atentos, quizá en cualquier momento se aclaren. Quizá no, pero la tradición es más fuerte que muchos libros y una y otra son parte de nuestro ser. Echemos un vistazo por algunas historias de éste Tepetlixpa. Consideren al menos que su origen casi siempre es justo: “dicen que…”

1) En algún año entre 1930 y 1940 las autoridades cazaron a una bruja. Los cargos eran de esperarse: chupar niños, hacer maldades. La condena fue el problema porque la bruja, antes de ser condenada se evaporó. Sobre su forma las versiones cambian pero dicen que era una mujer mayor. La manera de su detención no entró en la historia, pero el cadáver de la niña estuvo y nuevamente, dicen, que tenía dos marcas de colmillos cerca de su pierna. Las conclusiones, como en los buenos casos de policía, no se logran aclarar aún hoy.

2) En segundo lugar de ésta lista pero muy conocido. En lo que ahora es la avenida Nacional se encontraba el cauce de un río. Seguramente hay más versiones pero la historia es una: que el agua beneficiaba al pueblo y un rico se quiso adueñar del caudal. Los pobladores, conjurados, dijeron que mejor encantar el agua que dejar quedara en manos de una sola persona. Otra variante de este auténtico mito dice que fue al revés, que el rico la encantó a propósito, de pura envidia; al final, el remedio es lo escalofriante y en lo que todo están de acuerdo: ¿le gustaría que el agua regrese? Bueno, tan “fácil” como tomar a una niña y una gallina negra y sacrificarlas en honor al río encantado. El agua volverá a manar instantáneamente.

3) En este caso, una historia que hasta fechas tiene. 15 de marzo de 1946. Lugar, cercanías de Actopan, límites entre Ozumba y Tepetlixpa. Un “aeroplano” se desploma en ese pequeño vallecito. Los restos del aparato son sometidos a una vigilancia por parte de las autoridades, que nombran incluso a cinco pobladores para que hagan la respectiva “ronda”. Ernesto García, Isabel García, Rosendo Méndez, Francisco Cortés y Carmen Soriano vigilan el aparato hasta que son reemplazados por soldados. Si algún lector es familia de estos vigilantes, ojalá que hayan preservado más detalles porque la sequedad de las autoridades nos privó de más datos. El mito entonces será en el futuro: ¿por qué se cayó un avión en Tepetlixpa? ¿tendría que ver con lo último de la Segunda guerra mundial?

4) Para cerrar este pequeño post. Aprovechando además las fechas. El tres de mayo, día de la Santa Cruz, se cuenta que  El Merino, un socavón que está en la parte trasera del Cerro Tres Cumbres se abre ni más ni menos para que el diablo salga. El lugar tiene difícil acceso y domina más bien todo el paisaje de Chimalhuacán. El diablo se aparece pues. Y no sé si es por casualidad que los dominicos eligieron un solar, justo enfrente de la cueva, para levantar su convento en el siglo XVI. ¿Para vigilar al “enemigo malo” los tres de mayo?

Riqueza cultural. Vale la pena oír historias porque su riqueza está en la posibilidad de que puedan existir… o hayan existido. Su belleza es proporcional a nuestra imaginación- Los invito a seguir esta recopilación de historias de nuestra comunidad.

 

Fiestas Patrias: tradición, pertenencia e identidad I

(Cartel promocional de las Fiestas Patrias de 1949. Foto: M.S.)

Ya en otros post he dejado una aproximación sobre el sentido que los tepetlixpenses otorgamos a las Fiestas. Pareciera ser que es un mero problema lingüístico, pero con cierta reflexión alcanzamos a ver el sentido, la representación y los simbolismos que hay detrás de toda fiesta que sucede en este pueblo. ¿Por qué no hablar entonces de las Fiestas Patrias?

Para este post intentaré hacer un análisis de dos celebraciones patrias realizadas en 1949 y en 1956 con el objeto de observar el sentido de las Fiestas en esos periodos de construcción e identidad social. En último caso, lo que intentaré es que tomemos conciencia sobre estas celebraciones.

Existieron Fiestas Patrias antes de 1949 evidentemente pero no hay muchas evidencias históricas. Sólo sabemos que existían objetos simbólicos como un estandarte de Hidalgo y una bandera conmemorativa que han desaparecido, y que se realizaban actividades de tipo cultural.

(Fiestas Patrias de 1941. Foto: Archivo Fotográfico Ollin Altépetl A.C.)

¿Qué sucedía en el Tepetlixpa de 1949? A grandes rasgos sabemos que se deslindaba el trazo de la actual carretera federal; que continuaban las gestiones para introducir el agua potable; que el proyecto de tianguis local había fracasado y que como parte de la historia nacional, Tepetlixpa entraba en una etapa de grandes oportunidades y profundas crisis económicas al mismo tiempo.

Las Fiestas comenzaban a despuntar en el inconsciente colectivo como partes importantes en la identidad del pueblo. Basta recordar que en 1946 se comenzó a remodelar la Capilla del Calvario para impulsar las fiestas de enero.

Pero es evidente que las Fiestas no se consolidan si no es por acción de la costumbre y de las legitimaciones. Desde los años 30 la figura de las Juntas de Mejoramiento Moral Cívico y Material, fungían como un vínculo entre la sociedad y los gobiernos municipales. En Tepetlixpa para ser precisos, la participación de la Junta (en ese entonces llamada “Patriótica”) fue vital en el conflicto religioso de 1938 y es el más lejano antecedente de una organización mixta (civil y gubernamental) que planteara la necesidad de rescatar para la posteridad a la Parroquia de San Esteban como un monumento artístico e histórico de importancia para Tepetlixpa.

(Carta de designación de un Vocal, 1956. Foto: M.S.)

La Junta funcionaba de manera mixta. El ayuntamiento insaculaba o nombraba de forma directa a un grupo de ciudadanos que por sus características eran, a consideración del Cabildo, idóneas para desarrollar las labores de gestión, organización, administración y captación de recursos para realizar las acciones que el larguísimo nombre describe bien: proponer mejoras al inmobiliario público, sugerir actividades culturales, promover campañas de algún beneficio social y claro, realizar las festividades cívicas.

El primer cliché que debemos quitarnos es pensar que las Juntas se ajustaban a un modelo previo e inamovible. Hacia 1934, por ejemplo, la Junta realizó un programa de eventos para las fiestas patrias que incluía música en vivo al estilo de las grandes bandas norteamericanas, poesía, bailables y brindis de honor con vino tinto. La Junta respondía desde luego a las actitudes y gustos particulares de sus miembros, pero en la realización del evento, incidía en ese inconsciente colectivo que ya he mencionado más arriba.

Los miembros seleccionados, regresando al tema, eran notificados y citados para que rindieran protesta de ley. En términos jurídicos, esa formalidad sirve para consignar públicamente el compromiso en un acuerdo de voluntades. Al tomar protesta de ley, el compromiso va más allá del abstracto valor que llega a tener la palabra empeñada.

(Formato de nombramiento de recaudadores, 1954. Foto: M.S.)

Los miembros, Presidente, Secretario y Vocales, no percibían salario alguno, desde luego. Entres sus atribuciones estaba el nombrar recaudadores (nótese el cargo, tan arraigado en nuestra tradición) para conseguir los fondos que fueran necesarios para llevar a cabo la festividad. Hubo casos desde luego de miembros que desistieron del nombramiento, pero igualmente hubo casos en que una negativa de asistir a la cita era procedida por una orden de presentación ejecutada por la flamante policía municipal: un comandante y un policía.

 

Fiestas Patrias: tradición, pertenencia e identidad II

Las Fiestas Cívicas a mi parecer, han cumplido en Tepetlixpa una función social que corre el riesgo de caducar. Me explico. Entre 1920 y 1950 proyectaron una identidad social de manera continuada. Algo así como refrendar que Tepetlixpa se reconstruía y que tenía que entrar en la “modernidad” tan proclamada por las políticas nacionales y estatales. Se enriquecía esa función al poner de relieve elementos que cohesionan la idea de pertenencia: los primeros “héroes”, surgidos de la cantera de la Revolución, que luego fueron sistemáticamente olvidados y, quizá la más importante: el simbolismo del espacio público.

Antes de continuar es necesario hacer un breve paréntesis y entender la dinámica de las Fiestas religiosas. En el mismo periodo que analizamos las danzas tradicionales, el teatro y el jaripeo se afianzaban como una triada para hacer que los tepetlixpenses de aquel entonces canalizaran sus necesidades de diversión y liberación. No sé si en algún lugar se haya planteado el hecho de que las fiestas religiosas se realizan en los meses en que no hay actividad agrícola que requiera mucho tiempo o esfuerzo. Diciembre y enero son más bien épocas de cosecha, de descanso, de necesidad pues de hacer algo y simbolizar que el año termina y comienza de manera alegre.

Por eso las Fiestas Patrias tuvieron un simbolismo especial. Se sitúan a medio año, cuando las faenas agrícolas entran en el letargo desesperante de la espera. Claro, me estoy refiriendo a la agricultura de hace 60 años, cuando el cultivo de hortalizas era una quimera y hectáreas de haba se alzaban desafiantes en los terrenos altos de Cuecuecuauhtitla…

Imaginemos entonces la necesidad de desfogue, de pertenencia y de relajación. El empeño a una gran Festividad Patria era un asunto no sólo de patriotería, sino de pertenencia.

Pero ya en concreto, ¿qué se realizaba? La Junta podía intercambiar los programas o sugerir novedades, pero al menos hay elementos que resaltan esa pertenencia que enuncié arriba. Las Reinas de las Fiestas Patrias incluyen a la mujer en la dinámica social de Tepetlixpa. Parece una mera banalidad pero no hay que soslayar su importancia. Al concursar, las mujeres hacen suyo un sector de la celebración que también moviliza aspectos económicos y políticos antes que la mera fruslería de decir que una mujer es más bella que otra por un cabello o ceja mejor o peor arreglados. Además hay que mencionar que para 1956, tres años después de que se concediera el voto a las mujeres en México, Trinidad Herrera y Guillermina Rojas alcanzan por primera vez en la historia de Tepetlixpa un cargo de representación (no elección) popular: séptima y octava vocal respectivamente de la Junta de 1956, encargadas de recaudar fondos para construir la Escuela Primaria Cuauhtémoc.

(Madrinas y concursantes de una carrera de cintas. Circa 1969. Foto: Archivo Fotográfico Ollin Altépetl A.C.)

Otro elemento es el famoso concurso de las Carreras de Cintas. Hay reminiscencias de este juego en el que un jinete a toda velocidad debe introducir una lanceta en un anillo para desprender un listón, en culturas tan dispares como los gauchos argentinos y los talibanes afganos. Pero ni uno ni otro. Jinetes locales y jinetes invitados daban vueltas al Mercado Municipal. Era digamos, un ejercicio de destreza que no sé si sería correcto enmarcar plenamente en la necesidad de desfogue de un periodo de por sí estresante en el campo. Lo que sí es seguro, es que el estrés estaba en la montura. Ganar, además del prestigio, era la oportunidad de que una “madrina”, “guapas damitas de la localidad” como las describe un programa, hiciera algún regalo al “charro”, y que en la noche, al amparo del Padre Hidalgo, tuvieran una oportunidad, quizá, de bailar en el “lucido baile” efectuado en su honor una canción… o una danza que termina en el amor sin cortapisas ni compases.

(Equipo "Águilas del Caribe", mediados de los años 50. Foto: Archivo Fotográfico Ollin Altépetl A.C.)

Pero si mujeres y hombres tenían su papel, ¿qué hay de los “no-charros”? El otro sector que ni bailaba ni gustaba de montar un caballo, tenía entonces otra oportunidad de pertenencia, desfogue y arraigo en el deporte. El basquetbol merece por sí mismo una historia aparte en Tepetlixpa, pero nos basta saber qué fue gracias a cuestiones religiosas que el deporte del Dr. James Naismith se quedó en Tepetlixpa para siempre. En las fiestas patrias de 1949 se habla de un “club deportivo de este lugar” lo que se debe interpretar como una selección representativa de Tepetlixpa, pero en 1956 se pormenorizan encuentros específicos: Llaneros vs Atlautla; Halcones vs Tiburones; un número especial Tepetlixpa vs Xalostoc (Morelos) de sextetas femeninas, y como broche de oro encuentros que me imagino eran los grandes clásicos de la época: Llaneros vs Cocotitlán y Gavilanes vs Coahuixtla (Morelos). ¿Volveremos a ver un equipo de tal raigambre?

 

CINCO FOTOS (Y UN PILÓN) DEL PUEBLITO

(La mora "bicentenaria". Foto: M.S.)

UNA

Me gusta la mora que está delante del edificio de la Delegación. Tiene un tronco de por lo menos tres metros de diámetro y unos cinco metros de altura. Estoy seguro que cualquier dendrocronología lo dataría en doscientos años, por lo menos.

Habrá sido una vara insignificante cuando en 1812 el Conde de Calderón, Félix María Calleja del Rey, pasó con sus tropas por el pueblo. Iba rumbo a Cuautla para combatir a José María Morelos y Pavón aplicando las tácticas contra insurgencias que había aprendido en África.

No había otra opción. El Camino Real marcaba la pauta y después de los llanos de Tenango y Juchitepec seguía el lento descenso a las tierras del sur a través de los cerros de lo que hoy es Tepetlixpa. No había de otra, Morelos era ya una amenaza para la Corona.

Por eso me gusta la mora, por ser un testigo de la historia; porque el tiempo que se va regresa siempre, como dice el poeta Max Rojas.

(Comunicación muerta: el telégrafo: Foto. M.S.)

DOS

San Esteban Cuecuecuauhtitla para ser más correctos (la H se perdió en el tiempo pero es de justicia que se recupere) está a unos cuatro kilómetros de la cabecera. Igual que ésta carece de centro y su construcción se dio a lo largo de una cañada paralela al Camino Real. Por esa ubicación Cuecuecuauhtitla es un lugar de muchos significados. Es la entrada al campo de Tepetlixpa, es el mirador por excelencia del valle de Morelos, es un pequeño rincón que debió tener infinidad de árboles viejos al momento de fundarse. Es el dilema entre escribirlo con H o sin H intermedia; un lugar de terrazas y tecercas, el pueblo de apellidos rimbombantes como Gaybre o De Beamonte.

El cruce de caminos y de comunicaciones irónicamente muertas. Como el telégrafo.

(Casa habitación cerca de la avenida Morelos. Foto: M.S.)

TRES

El Pueblito, como se le conoce popularmente ha sido el lugar más abandonado de Tepetlixpa. A pesar de estar en Camino Real sus expectativas se paralizaron en los largos años que contabiliza la mora. Sin una carretera, comunicarse con la cabecera sólo era posible por un antiguo camino de empedrados y tecercas o darle vuelta hasta la Hacienda. El agua potable escasea y fue como un milagro cuando apareció por fin en tubo. Sus pobladores sufrieron la marginación, el menosprecio y el abuso, morían de disentería por tomar agua de las barrancas; se demandaban mutuamente por hacerse brujerías, pero El Pueblito, como la mora, “permanece, inalterable/ inmune a los desgastes,/ cuerpadamente” como continúa en ese poema épico llamado Cuerpos, el citado Rojas.

(Un corral, la popa del Callejón Benito Juárez. Foto: M.S.)

CUATRO

El Pueblito no sólo es tristeza o resignación. Caminar por sus calles es andar en el tiempo; aquí sí es posible hacer esa historia de los olores. Historia por los olores. Huelen las yerbas, el café, la humedad. Huele a adobe mojado, a patios llenos de laurel y agua podrida en los aljibes. Caminar por sus callecitas que suben y bajan a los montes es caminar hacia la neblina de la Escobeta o caminar con la vista hasta el Estado de Morelos y subir al Cerro de la Calavera que está en Jantetelco, que desde El Pueblito parece una isla en un mar imaginario. Para los soñadores, desde estos pueblos se puede anticipar que hay agua detrás de los montes y que detrás de los cerros que se ven más allá de Cuautla, poco a poco se anticipará el mar verdadero.

(Paredones en la Hacienda de Atlapango. foto: M.S.)

CINCO

En El Pueblito se encuentra la ex Hacienda de San Nicolás de Atlapango que perteneció a la familia de Sor Juana allá por el siglo XVII. El casco que sobrevive es una belleza. No tiene los artificios de las haciendas cañeras de Morelos; tiene la sobriedad de un edificio agrícola y aún se intuye la majestuosidad de sus patios y bebederos, los espacios para las eras donde se trillaba trigo y los paredones que ahora son el país de las lagartijas y escorpiones.

Más arriba está el Aljibe, una soberbia obra de ingeniería colonial con su caja de bombas, su desarenador y los restos de las cañerías. Al fondo, recortado en el horizonte, el Cerro de la Escobeta.

Trescientos años después de los tíos de Sor Juana, por 1933, la Hacienda  pertenecía a la señora Juana García de Venegas. Con malabares y contratos de apoderado y de autoridades terminó en poder del entonces gobernador del estado, general Abundio Gómez, quién a su vez la cedió al político Mariano Rivapalacio.

Atlapango cultivaba granos y leguminosas, pero también fue una parada obligada en el Camino Real. Se detenían a dar de comer y beber a los caballos, a descansar en el viaje a la ciudad de México, y otros, menos o más afortunados según e vea, a morir en el caballo. Cien años después de que pasaran las tropas  del Conde de Calderón, en diciembre de 1934 un mayordomo del patrón Rivapalacio salió galopando de Ozumba cerca de la puesta del sol.

Iba a vigilar que la pizca de maíz se hubiera realizado sin problemas. Espoleaba al caballo y eso lo mantenía en calor; su gabán blanco ondeaba como bandera en el camino. Poco antes de llegar a la Hacienda, el caballo cayó en un socavón. El jinete salió volando. Detuvo su vuelo en un peñasco.

A las seis de la tarde las autoridades fueron a levantar el cadáver, cubierto con el gabán. En un último deseo no pedido, el hombre quedó señalando con la cabeza el rumbo de Juchitepec, lugar donde había nacido: con los pies, señalaba a Morelos, que comenzaba a perderse en la oscuridad. El hombre, como El Pueblito, se durmió para siempre mecido en manos de la sierra y anhelando las bondades de la tierra del sur.

(Mosaico. Fotos y composición: M.S.)

 

Tepetlixpa: el paisaje en el espejo

Trabajo en un ensayo sobre nuestro Tepetlixpa que se centra en analizar la importancia del paisaje y el descubirmiento del pueblo desde los sentidos. Voy a pasos lentos y quizá eso repercuta un tanto en los post que pueda subir, pero consciente de que los edificios pueden leerse y que hay lenguajes como mundos, quiero dejarles un experimento visual. Cada fotografía es un párrafo de este post que habla sobre Tepetlixpa como el pueblo donde el paisaje se construye a base de imágenes reflejadas en un espejo. ¡Aventúrese a leer este post fotográfico! en el paisaje caben nuestras historias, nuestros gustos y a veces, nuestras necesidades.  Lea este Tepetlixpa, pueblo con cara de cerro que también tiene mil máscaras encima del rostro.

(Nubes caminando sobre el Cerro. Foto: M.S.)

(con pasos de cello, hacia el norte. Foto: M.S.)

(Camina el sol, que surge en el oriente, en Tlatelticpac. Foto: M.S.)

(Y descansa en El Jardín, La Escobeta y Huistomayo. Foto: M.S.)

(El fin del mundo no existe. Al sur aparecen nuevos horizontes. Foto: M.S.)

(El mar que imagino es mar de concreto y de historia: Cuautla, heróica e histórica. Foto: M.S.)

 

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Tepetlixpa, un viaje por el tiempo

(Panorámica de Tepetlixpa, 1950. Foto: ing. Esteban Vergara/Ollin Altépetl A.C.)

(Panorámica de Tepetlixpa, 2010. Foto: M.S.)

Como estoy procesando mucha información para escribir post más serios, quisiera compartirles algunos datos que de manera comparativa nos muestren diversas caras de Tepetlixpa en su historia.  Eso de Tepetlixpa, un viaje por el tiempo, es a propósito de los cambios que vivimos y por la muestra fotográfica que Cultura Ollin Altepetl A.C. ha venido trabajando y exponiendo en diversos foros (actualmente en la Presidencia Municipal). Los invito a visitar dicha muestra y a  seguir mandando comentarios y sugerencias.

  • Antes de 1935 no existía una policía fija. En agosto de ese año, a raíz del Zafarrancho, la población convino en cooperar con 25 centavos diarios por persona para contratar a 3 policías y un comandante en servicio fijo. El primer comandante así elegido fue el antiguo soldado zapatista Albino Álamos.
  • En 1938, una relación de obras de arte de la Parroquia, señala la existencia de un “óleo representando a San Esteban” y otro del mismo santo “siendo apedreado”. No hay manera de comprobarlo, pero podrían ser pinturas que pertenecían al retablo, hoy perdidas.
  • En la misma época Nepantla y Cuecuecuauhtitla se consideraban, respectivamente, parte de la Tercera y la Segunda Sección del pueblo de Tepetlixpa, de tal modo que en las elecciones, los ciudadanos de ambas delegaciones tenían que votar en la cabecera. El padrón electoral, por cierto, era de 301 ciudadanos con derecho al voto.
  • En 1958, los cultos religiosos en Tepetlixpa se dividían en dos grupos: católicos apostólicos romanos, atendidos religiosamente por el sacerdote Jacobo Hernández, y cristianos evangélicos, con un templo sin denominación y atendidos por el pastor Daniel Guerrero.
  • Antes de la flamante nomenclatura de nuestras actuales calles, entre 1920 y 1930 sólo se utilizaba como referencia el nombre del barrio: Tepehualco, Huehuetepetl, Crustitla, Tlayelpa, San Juan, Xolalpa, Pozotitla, Tlatempa, Axotla, Cuahnalá, Xochitla, Buenavista, Xocotla, etc. (¿reconoce su barrio?). Luego a inicios de los años 40, quizá como una política del simbolista y reconocido pronazi Wenceslao Labra, algunas calles se llamaron “Berlín”, “Zeppelín” o más poéticamente “De las Flores”.
  • Finalmente veamos a una generación de niños de la revolución. En 1920, la maestra Lorenza Gil, directora de la escuela elemental de Tepetlixpa “Presidente Benito Juárez” (no confundir con la actual escuela federalizada) al aplicar el examen colectivo de conocimientos, reconoce el brillantísimo papel de las alumnas y suplica al inspector, Dr. Alfonso Domínguez, que para estimularlas, se les obsequie juguetes como premio, para “que se hagan dichosas a esas inocentes, que después de tanta desolación y aún en medio de tanta calamidad no conocen un juguete”.
 

Fotos antiguas de Tepetlixpa

Con motivo de las Fiestas Patrias, Cultura Ollin Altepetl se complace en presentar la exposición de fotografías antiguas “Tepetlixpa: un viaje por el tiempo”, formada por colecciones particulares de personas de la población.

Con textos del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias de Tepetlixpa (CEIT), la muestra ofrece 13 imágenes del antiguo Tepetlixpa y sus costumbres e identidades.

La muestra permanecerá expuesta del 15 al 30 de septiembre del 2009 en la Parroquia de San Esteban Protomártir, (lo miércoles la Parroquia cierra sus puertas, pero los demás días está abierta de 10:00 am a 19:00 hrs). Estan cordialmente invitados a la inauguración el día 15 de septiembre a las 18:00 hrs. Entrada libre.

Mayores informes al correo: ollinaltepetl@gmail.com o al teléfono (01597) 9750051

 
 
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