RSS

Archivo de la categoría: FOTOGRAFÍA EN TEPETLIXPA

Fotografías viejas: mentir bien la verdad

(La fuente de las constancias. Foto: M.S.)

(La fuente de las constancias. Foto: M.S.)

Primero les cuento. En una de mis investigaciones encontré una serie de constancias de residencia de los años sesenta del siglo pasado que me sorprendieron porque tenían un notable grado de conservación. Este tipo de documentos son mucho muy comunes. Si uno necesita demostrar su domicilio, hasta el día de hoy, hay que acudir al Ayuntamiento para que expida tal constancia. Las que localicé tenían poco que ofrecer en términos históricos. Eran parte de un intento para colocar a nuestros paisanos en aquel legendario programa “Bracero”, que fue el origen de la imponente migración a Estados Unidos que ahora vivimos. Desconozco el resultado del trámite. Sin embargo, tenían una información mucho más relevante en términos culturales. En primer lugar porque conservaban la fotografía del solicitante. Pareciera absurdo hacer de este detalle una gran particularidad pero resulta que la mayoría de repositorios locales están mutilados, destruidos o en pésimos estado de conservación. Así que valor agregado: en los certificados habían sendos retratos, y muy buenos hay que decirlo.

(Los certificados. Riqueza patrimonial de nuestro archivo histórico municipal. Foto: M.S.)

(Los certificados. Riqueza patrimonial de nuestro archivo histórico municipal. Foto: M.S.)

Ahí comienza el deseo de compartir esta experiencia, pues además de la calidad, los retratos tenían la característica no menos importante de pertenecer a oriundos de Cuecuecuautitla.

Así que me propongo analizar lo que las fotografías-retrato muestran. Son hombres jóvenes, alguno de ellos en su madurez. No tienen rasgos específicos y por tanto, podrían pasar desapercibidos en la masa de sus vecinos. Solo que esa masa ya no existe. No tenemos por supuesto fotografías de toda la ciudadanía, ni siquiera fotos de aquella época donde pudiéramos apreciar a un conjunto más o menos grande de vecinos de Cuecuecuautitla, ni siquiera de la propia cabecera municipal. Nos quedan apenas recuerdos, testimonios, la plática de los jóvenes entonces retratados que si ahora viven deben tener entre 80 y 90 años en promedio. Sus rostros tan comunes, acaso tan faltos de notoriedad social se convierten de inmediato en los únicos referentes de una época; y entonces, estos ciudadanos que nunca pensaron retratarse para otra cosa que no fuese un trámite legal, adquieren el rango de ejemplaridad, ventanas al mundo que les tocó vivir.

(El joven Delfino Lima. Foto: M.S.)

(El joven Delfino Lima. Foto: M.S.)

Al convertirse en testimonios, sus retratos pueden leerse con muchos enfoques. Hay que ponderar de entrada la notable labor del fotógrafo, una casta en peligro de extinción puesto que los viejos fotógrafos de estudio están siendo reemplazados por las cámaras digitales y la inmediatez de las instantáneas o las placas mate de pésima calidad. La nobleza de los retratados se debe en gran medida al trabajo compositivo y técnico del maestro fotógrafo. Porque todos los hombres reflejan gallardía y presencia. La placa logró capturar detalles insignificantes que realzan su pose y les da profundidad. Incluso lo que en términos cosméticos serían fallas (el cabello mal peinado o con excesiva humedad, la brillantez de la piel, la saturación de luz sobre sus camisas) terminan por subvertir y convertirse en signo de una gran individualidad. Sobre todo en un detalle que la antigua fotografía lograba en grado casi perfecto: el punto focal sobre los ojos. Ese pequeño gran detalle que permite tener la sensación de que el fotografiado nos observa directamente. En realidad es un truco, pero no es incidental, antes bien termina siendo un motivo: la mirada traspasa la cámara, busca observarnos, taladrarnos; precisamente porque son retratos y no meras fotografías, el maestro sabía de ese efecto tan necesario para animar una simple placa: para convertirla en una extensión de su retratado, que no solo su cliente.

Después de la perfección de su mirada no hay rasgos comunes en estos hombres sino una amigable diversidad: uno usa bigote a la mosca, anacrónico estilo de los años treinta. Los más traen los largos cuellos de camisa que fueron tan usuales en esa época. Pero mientras en la mayoría las camisas son de una blancura inmaculada, en el más joven la camisa es informal, de color y estilo parecido a la guayabera.

(Retrato de don Pablo Leyva. Foto: M.S.)

(Retrato de don Pablo Leyva. Foto: M.S.)

Cuando las encontré estuve largo rato observándolas, tratando de encontrar lo que su mirada quería decir. Lo que sigue es una simple apreciación, aclaro. En el retrato de Pablo Leyva, encuentro un porte de gran ecuanimidad e incluso de estilo, con un abrigo de solapas anchas –seguramente parte del estudio fotográfico- y el tronco como indica el canon, ligeramente movido a la derecha para obtener su mejor perfil. Es un hombre adulto al que se le notan los años y las experiencias sobre los hombros y sin embargo su constancia dice que es un ciudadano sano pero que no tiene ocupación ni terrenos propios y por eso solicita trabajo en otro país. En lo personal me parece tan profunda su mirada y su gesto que más pasaría por un exiliado que por campesino.

Si el retrato de don Pablo refleja lo vivido, los retratos de los jóvenes Epifanio Álvarez y Miguel Alvarado, también vecinos de Cuecuecuautitla, reflejan por el contrario la sombra de su inexperiencia. No solo es que sean jóvenes sino que no pueden ocultar las emociones que les provoca esta aventura. Eso, en la estética de la fotografía, consigue un efecto evocador, porque al ver sus retratos no solo están dos muchachos queriendo trabajar sino dos mentalidades: hay nervio, hay duda, muchas trazas de inseguridad pero también de candor, incluso de una hilaridad que los focos, la lente, el estudio y el fotógrafo les causan. Son los retratos de una risa congelada, de una carcajada a punto de nacer.

(El joven Miguel Alvarado. Foto: M.S.)

(El joven Miguel Alvarado. Foto: M.S.)

Más, ¿no es cierto que aparecen adustos, bastante serios? Evidentemente. Convierten su duda en una negación de ella misma. No muestran su flanco débil. Pienso que sobre ellos, en esos años como ahora, pesan las sombras de la incomprensión y el auténtico racismo que se ha tenido para los vecinos de Cuecuecuautitla. Cuando encontré las fotografías pensé que cualquiera que las viera diría que ahí se comprueba ese adjetivo tan funesto y agresivo de llamar a los cuecuecuautitlenses (perdón el gentilicio, pero de hecho no sé que exista uno “oficial”) mechudos. Obviamente responden con un gesto duro, de desconfianza, una pose tan fuerte y expresiva que no pude evitar imaginar que se enfrentaron al retrato como ante un asalto, ante una esgrima de conceptos e ideas desconocidos.

Pero eso no sería nada sin la intervención del fotógrafo. Gran madurez y práctica para capturar ese gesto, para encontrar la pose adecuada y conferir o mejor, traspasar, la dignidad humana. Actualmente ese estilo se ha perdido y cuando nos tomamos una foto para un trámite el resultado es poco menos que aberrante, una mera copia de la realidad, una faena de reproducción que nos vuelve cosas antes que personas: “trabajos” como se dice. Pero en fin. ¿No es esto un dilema eterno en la fotografía? ¿Son copias de la realidad o representaciones? ¿Las fotos deben ser más un documento o una poética?

(El joven Epifanio Álvarez. Foto: M.S.)

(El joven Epifanio Álvarez. Foto: M.S.)

El dilema de las fotografías viejas es que nos con-mueven desde la raíz y nos hacen proyectar fantasías. Aunque esta afirmación es chocante o bastante reductora, lo cierto es que no importa mucho el grado de tiempo de una foto, siempre tiene la virtud de generar en los espectadores sendos cuestionamientos y lecturas, incluso da lugar a una entronización del documento, pues la foto antigua se convierte al ser expuesta, en prueba infalible de lo que fue y por tanto de lo que es el pasado. Abreviemos: toda fotografía nos conlleva a formar una interpretación de los retratados.

Roland Barthes consideraba que ese “algo” que encierran las fotografías se podía considerar o conceptualizar como un punctum: “el azar que nos afecta”, o sea, los valores que proyectamos sobre la imagen pero que no son de la imagen misma. En ese sentido, este texto es un claro ejemplo del punctum barthesiano que me hace proyectar una estética, una antropología y una filosofía empíricas sobre mis respetados conciudadanos del pasado.

Muchísimos se han expresado en términos de esos debates sobre la veracidad, sobre la función y la condición misma de la fotografía, en un arco que va de su cualidades ontológicas (lo que es) a sus cualidades estéticas (lo que representan), pero el gran dedo en la llaga lo pone el catalán Joan Fontcuberta al decir que en pocas palabras, la fotografía miente:

“Toda fotografía es una ficción que se presenta como verdadera… pero lo importante no es esa mentira inevitable. Lo importante es cómo la usa el fotógrafo, a qué intenciones sirve. Lo importante, en suma, es el control ejercido por el fotógrafo para imponer una dirección ética a su mentira” (El beso de Judas. Fotografía y verdad. Barcelona, Gustavo Gilli, 1997, p. 15).

(El joven Crecencio Arenas. "El buen fotógrafo es el que miente bien la verdad". Foto: M.S.)

(El joven Crecencio Arenas. “El buen fotógrafo es el que miente bien la verdad”. Foto: M.S.)

 

Usted dirá. En todo caso, el maestro Fontcuberta, estoy seguro, hubiera podido usar como ejemplo de su frase lapidaria al anónimo maestro fotógrafo de la gente de Cuecuecuautitla: “El buen fotógrafo es el que miente bien la verdad”.

 

 

Un camino antiguo a Atlapango

("los caminos, aún inalterables". Foto: M.S.)

(“los caminos, aún inalterables”. Foto: M.S.)

En los pueblos, los parajes, los objetos y los caminos pese al cambio, permanecen inalterables. No en lo físico evidentemente, sino en su “espíritu”, ese tópico que tanto ha desgarrado las conciencias de los escritores y tratadistas en los últimos trescientos años. Pero en verdad creo que no cambia el ánima de ciertos lugares, como éste, el antiguo camino de Tepetlixpa a la hacienda de Atlapango. Sigue siendo un camino inquietante, acaso imagen del camino interior al estilo sor Juana, o por el contrario una evasión de la realidad.

Evasivo sí, por supuesto. Un tal Salvador Elizondo, capitán carrancista, sin ningún parentesco con el famoso escritor, cayó sobre Tepetlixpa el 22 de mayo de 1914 para atacar a una columna de zapatistas a los que barrió literalmente por la mortífera eficiencia de una ametralladora que montó en la Parroquia.

Después de dos horas de combate desigual, los zapatistas se hicieron fuertes en la Texcalera. Luego, ante lo recio de la lucha, huyeron a la hacienda de Atlapango. El camino que siguieron fue este que ahora camino, con sus tecercas, sus encinales, sus cerros de piedra pura.

(Al fono, la Escobeta. Foto: M.S.)

(Al fono, la Escobeta. Foto: M.S.)

(El Izta, al fondo. Foto: M.S.)

(El Izta, al fondo. Foto: M.S.)

Hay subidas y bajadas, recodos, empedrados inalterables. Mientras las avanzo fácilmente merced a la camioneta en la que subo, imagino qué tan rápido iban las tropas enemigas, o si acaso se iban atisbando de vez en cuando. El capitán en todo caso debió mover a su tropa de pelones a marchas forzadas, acaso con miedo a la lluvia o a lo cerrado de la vegetación, pero de manera inútil, porque al llegar a la hacienda los aguerridos zapatistas ya habían “huido a los montes circunvecinos”.

Medito el pasaje pensando en lo cerrados que habrán estado los “montes”: la Escobeta, el Huistomayo, el Jardín. Tal vez Elizondo, el no escritor, sintió la ferocidad de las piedras y las penetrantes sombras de los árboles y dio marcha atrás. Quizá el volcán se mostraba señorial con su eterna risa condescendiente. Acaso, pero eso ya es abuso de lo contrafactual, sus hombres vieron la inmensa maravilla del campo y quisieron echar a correr sobre los maizales arruinados y arrancar flores, beberse las nubes, quedarse a vivir ahí.

(Las flores, aún sin florecer. Foto: M.S.)

(Las flores, aún sin florecer. Foto: M.S.)

(Detalle. Foto: M.S.)

(Detalle. Foto: M.S.)

(Otro detalle. Foto: M.S.)

(Otro detalle. Foto: M.S.)

Entonces, poco antes de alcanzar el fin del camino, el que te deja franco el paso a la ex hacienda, retrocedo. También sigue inalterado el espíritu colonial, el cultivo de maíz, la lejanía y el misterio. Me cuentan unos agricultores sobre una extraña cueva que se abrió en su parcela: “Cuando se construía la Plaza de Toros le dijimos al presidente que si quería viniera a sacar piedra de aquí, que hay un chingo. Entonces que manda la máquina y cuando trabajaba que abre la cueva. Luego se corrió el chisme y venían las gentes a buscar. Rascaban, quesque por si había dinero”. Se ríen pero también se enorgullecen de su cueva, una extraordinaria cavidad que sin embargo ya han cubierto con piedras y basura “en parte para que ya no vengan, porque por este camino pasa mucha gente que va a la hacienda o que van a subir a la Escobeta”. Y ya no pienso en la excelente ubicación del paisaje ritual de la dichosa cueva sino en las posibilidades de que se hiciera turismo en estas vistas impresionantes de la sierra nevada. ¿Sería posible?

(El texcal y la cueva. Foto: M.S.)

(El texcal y la cueva. Foto: M.S.)

(Autorretrato. Foto: M.S.)

(Autorretrato. Foto: M.S.)

Sería posible que en algún recodo del camino nos encontremos los Elizondo, los campesinos y los caminantes, pero cierro la cámara. Esta vez pienso en cómo hacer un video de este recorrido.

 

Crónica de una cárcel insólita: 6 de agosto de 1935

(Una cárcel verdaderamente insólita. Foto: M.S.)

(Una cárcel verdaderamente insólita. Foto: M.S.)

Si algo resuma la iglesia del Calvario es esa serenidad que todo lugar religioso impone. Y aunque su ornamentación es a un punto tan bizarra y delirante que podría terminar en distractor, el lugar sigue imponiendo un respeto mayúsculo: tanto como si la imagen se percatara de todo lo que acontece frente a él.

Las tradiciones del santuario se han ido convirtiendo en ley. Uno entra de rodillas hasta la imagen milagrosa, y por regla que excepcionalmente se rompe (y por lo bajo siempre se procura), no se pueden tomar fotografías ni hacer videos del interior). Eso más el sistema de circuito cerrado, daría la impresión de que el Calvario es un templo vigilado y acechante, que no tolera desviaciones del respeto ni del orden público. De ahí que parezca irreal un asunto en el que el templo fungió como cárcel. Allá en el lejano 1935.

El documento que resguarda la memoria del incidente usa tanta formalidad que pone de inmediato sobre aviso: “Relativo a la acusación presentada por los ciudadanos Pedro Martínez, Nicasio Pérez, Felix Rosales y Florentino Avaroa en contra de Tomás Pérez por el delito de injurias”.

Nos debemos trasladar a la fiesta del seis de agosto de 1935. El atrio se limitaba a un pequeño terraplén enfrente de la puerta principal que a lo más contenía un espacio para colocar los puestos, los volantines y ciertos negocios de comida.

("A las diez y minutos de la noche". Foto: M.S.)

(“A las diez y minutos de la noche”. Foto: M.S.)

“A las diez y minutos de la noche”, el comandante de policía Tomás Pérez entró al templo y arrió a lanzar injurias y ofensas contra los presentes, escandalizando a los azorados feligreses y mayordomos. Al parecer, el comandante entró en estado de embriaguez y en las mismas palabras de tan insólita crónica, se mantuvo “injuriando al templo, a nosotros y a toda la humanidad”. Los mayordomos, sorprendidos y es de pensar, sumamente ofendidos “al ver el escándalo tan insoportable quisimos echarlo fuera pero él no se quiso salir, fue más peor el escándalo y la injuria, hasta queriéndonos pegar a nosotros y a todos los que se encontraban en el lugar”.

             Cuando yo era niño mi abuelo solía contarnos un escándalo que le tocó ver en el Calvario, cuando él era hombre maduro. Uno de sus conocidos, embriagado sí, pero contrito a pesar de todo, se coló hasta los pies mismos de la imagen del Dulce Nombre de Jesús, haciendo caso omiso de las reconvenciones y de los feligreses arrodillados. El hombre se quitó entonces el sombrero y comenzó a dialogar de tú a tú con la imagen, expuesta en la parte baja como sucede en las fiestas, cuando se baja de su baldaquino y se coloca en un ciprés de madera para recibir el culto popular. Según mi abuelo, el hombre aquel le estuvo recriminando todo el devenir de los hombres, sus asuntos, sus problemas y sobre todo el mal rumbo que iba tomando la fiesta, con escándalo, borrachos, alegatos y broncas. “¡Yo ya cumplí con avisarte!” dijo el hombre al terminar su perorata, sincerándose con la imagen: “¡ahí tú sabes lo que tienes que hacer!” remató. Acto seguido se salió devotamente del templo.

            Pero en el escándalo que protagonizó el comandante, el asunto no tuvo nada de esa sinceridad candorosa. El comandante siguió gritando y ofendiendo, diciendo que él no sabía que nadie lo mandara, que “el [podía] hacer y deshacer en ese lugar porque él era el jefe”. Seguramente en ese momento todo fue asunto de gran aflicción pero ahora no deja de ser una anécdota brillante y jocosa. Sobre todo por el desenlace: un mayordomo sale a pedir auxilio a la vecindad, y quizá le ayudaron de buena fe, pero siendo el causante del escándalo el mismo comandante de policía, era de suponerse que cargaba las llaves de la cárcel pública, y lo que es más, que no había nadie en la cárcel para recibirlo, o lo que es igual: no podía detener al policía porque no había otro policía y él mismo era carcelero.

            De ahí que la solución haya sido drástica. Echarle cerrojo al santuario y esperar a que el escándalo concluyera.

("Echarle cerrojo al Santuario y esperar...". Foto: M.S.)

(“Echarle cerrojo al Santuario y esperar…”. Foto: M.S.)

            La lógica previene que pasar una noche en un templo, con una imagen religiosa de gran impacto emocional hubiera sido motivo suficiente para parar el escándalo, pero al menos, la memoria de este suceso dice otra cosa. A las seis de la mañana del día siete, los mayordomos van a inquirir. El comandante no solo no se ha calmado sino que sigue en fenomenal gritería. Así que van por su hermano, un tal Juan Pérez. “Nos volvió a injurias un poco más por delante de su hermano… queriendo convencerlo, al ver que no quiso pegó dos manazos… y desde luego hace la fuga”. Saber por dónde se fue, si por la calle de Jesús María, por la 5 de febrero, por la México o ya de plano hacia la parte baja, rumbo a Granera, eso es cosa que la historia no preservó, pero sabemos las pesquisas: a las once de la mañana, cinco horas después de que el comandante “hace la fuga”, los mayordomos presentan un escrito al presidente municipal, que ordena su búsqueda con una implacable eficiencia ejecutiva, puesto que media hora después es presentado a su autoridad. Los acuerdos de este mísero expediente son tan fenomenales como el resto de la historia: “el mencionado Pérez, al enterarse de que iba a ser detenido, trató de fugarse de la presidencia y en tono desafiante invitando a quien se creyera capaz de detenerlo”. Seguramente sí hubo alguien o sobreestimaba su valentía de pernoctar en el Santuario porque fue detenido en la puerta de la presidencia que como hasta ahora, da a la calle 16 de septiembre.

Acto final de este pequeño drama de pueblo: el presidente, seguramente airado por lo que se puede leer en su acuerdo final de la misma fecha y hora, envía al detenido al juez de primera instancia, en Chalco, pidiendo que se le aplique un castigo ejemplar “y se siente un precedente de moralidad y respeto, ya que estos individuos, sabedores de que en la población no hay fuerza pública que garantice la tranquilidad de los vecinos abusan de las garantías y amenazan a todo mundo, sin que haya alguien que se les pueda enfrentar por sus bravatas”.

Me uno al presidente municipal, que firmó y acordó para constancia: “doy fe”.

(¿Por qué calle se fue?. Foto: Archivo Ollin Altépetl A.C.)

(¿Por qué calle se fue?. Foto: Archivo Ollin Altépetl A.C.)

 

La parroquia y Vivaldi

(En 2008. Foto: M.S.)

(En 2008. Foto: M.S.)

Escribo sobre la Parroquia de San Esteban:

como un verdadero work in progress,

como un hecho estético de Tepetlixpa,

como un monumento histórico,

como un objeto de especial atención personal.

(Nótese: personal, por eso usted está en libertad de no hacer caso de estas líneas).

Pero si ya siguió de largo le comento: a la vieja iglesia del siglo XVI le tomo fotos. Muchas. Matisse decía que de un mismo objeto se pueden allegar muchas variaciones: basta esforzarse en su perspectiva y mover la luz para que emerjan infinitas combinaciones. “Lo mismo” pero al mismo tiempo lo que no es más.

(En 2010. Foto: M.S.)

(En 2010. Foto: M.S.)

(Hacia los 60. Foto: Archivo Ollin Altépetl A.C.)

(Hacia los 60. Foto: Archivo Ollin Altépetl A.C.)

Me detengo, literalmente parroquiano, ante la espectacularidad del templo, pero sé de antemano que no es un templo magnífico, que no es lo máximo, que debo soltar lastres y conocer mundo. A pesar de ello sigo allegándome la oportunidad de estar en su atrio, de plasmarlo en textos, en mi novela, en poemas y en fotos. Luego, cuando esta obsesiva forma de registro me agota paso a las variaciones del templo con la música. Cada quien tiene la libertad de ponerle su favorita y el derecho de cambiarla cuando haya dejado de satisfacerle, pero hasta ahora quien lleva la batuta es Vivaldi.

He sonorizado la parroquia, lo que es igual a buscarle variaciones de su propia musicalidad, con los conciertos de Vivaldi que a mí me gustan: el de oboe y cello, los de mandolina, el de sonata de cámara y el concierto de fagot, incluso, de forma por demás impertinente o incongruente para su pesadez, con el concierto del Stabat Mater, o el soberbio y casi desconocido Concerto per la solennita de San Lorenzo… Aun así sigo sin dar con el contrapunto para ejecutar una visión artística total, plena, de la parroquia de San Esteban.

Acaso simplemente la disfruto.

 

(En 2008, al inicio de su primera etapa de remodelación. Foto: M.S.)

(En 2008, al inicio de su primera etapa de remodelación. Foto: M.S.)

(En 2009. Foto: M.S.)

(En 2009. Foto: M.S.)

(En 2011. Foto: M.S.)

(En 2011. Foto: M.S.)

(En 2009, durante los preparativos del Festival Musa de los Volcanes. Foto: M.S.)

(En 2009, durante los preparativos del Festival Musa de los Volcanes. Foto: M.S.)

 

Etiquetas:

Sobre cierta política de Tepetlixpa (parte III de III)

(Detalle del Acta de la Agrupación Social Organizada. 1934. Foto: M.S.)

(Detalle del Acta de la Agrupación Social Organizada. 1934. Foto: M.S.)

Las primitivas organizaciones políticas de Tepe
Antes de continuar vale la pena atender al hecho de que, pese a las lagunas ideológicas, muchas personas sí estaban en sintonía con una organización partidista. No puedo ir más a fondo en el análisis porque sería demasiada libre interpretación, pero lo que puedo mostrar, a la luz de mis investigaciones, es que el muchas veces mencionado zafarrancho de 1935 mostró el quiebre de esa incipiente organización partidista.
El caso es que hacia 1934 la Agrupación Social Organizada de Tepetlixpa de Juan B. Martínez, se afilió al Partido Socialista de los Trabajadores del Estado de México, partido local afiliado a su vez al PNR, pero cuya ideología estaba acorde al callismo. Hay un acta valiosísima de esta estructura local en la que se leen los nombres de muchos personajes involucrados con la política desde lo que eufemísticamente podríamos llamar “desde abajo”: Ildefonso Rodríguez, Ventura Ayala, Juan Martínez, Benjamín Lara, Luis Nonato, Luis Barrios, Agustín Serrano, Adrián Anzures (mesa directiva) más setenta y dos firmantes, entre los que destaca el presidente municipal y su secretario. Lo interesante es que muchos pertenecían de hecho al primer comité del PNR local (cuando el ahora PRI se llamaba PRM), y organizarse hacia el PSTEM implicaba estar dentro del callismo rutilante.
En cambio, para 1935, una asamblea regional del mismo PNR solo señalaba como miembros activos de ese partido, al presidente y al secretario. Quizá porque se estaban dando los ajustes de las corrientes, que viraban del callismo, hacia la política de masas de Lázaro Cárdenas, la Agrupación Social Organizada se liquidó y todos sus miembros pasaron a ser parte llana del PNR oficial. Muchos de los miembros, de hecho, se vieron involucrados en los hechos sangrientos de aquel 10 de julio y cayeron sobre sus personas sendas órdenes de aprehensión. En otras palabras: se necesitó un hecho sangriento para reorientar la corriente del partido oficial, y la era de los grandes quiebres al interior del partido se marcaron notablemente a partir de entonces.
Todo este proceso histórico nos permite entender el por qué se fueron dando formas específicas de participar en la política y se abrieron canales para acceder al poder electoral. A partir de los cincuenta, con una reorganización del partido oficial hacia cuadros y masas más señalados, la participación en la política quedó en manos de aquellos personajes que hubieran desarrollado un papel dentro de la burocracia y que se allanaran completamente a lo que sus directivos les señalaran. Es la época, según Bertaccini, en que el sector popular y los cuadros burocráticos tuvieron más poder e injerencia dentro del partido y de ahí que para ser candidato a presidente municipal, hubiera que estar forzosamente en la burocracia partidista.
Además, como requisito de más peso, la lealtad al partido y los méritos de años para ser considerado. Clientelas cupulares y amarres en lo oscurito llevaron al sistema de representación democrático a esta historia de años que por lo visto, aún ha de tardar muchos más para poder ser superada.

(Solicitud de licencia del regidor Dionicio Castillo, 1934. Foto: M.S.)

(Solicitud de licencia del regidor Dionicio Castillo, 1934. Foto: M.S.)

(Sello personal de Norberto Sanvicente. Foto: M.S.)

(Sello personal de Norberto Sanvicente. Foto: M.S.)

Entre carisma y burocracia
El desarrollo histórico del estado mexicano ha tenido una única continuidad desde sus antecedentes coloniales y es la excesiva burocracia. En el clásico La herencia colonial de América Latina de Stanley J. y Barbara H. Stein se lee: “En el último cuarto del siglo XVI la conquista se convirtió en pacificación con la desaparición de los conquistadores y la creación de una superestructura burocrática colonial en las zonas de más densa población amerindia, fortuitamente aquellas en las que se descubrieron las más productivas minas de plata y oro entre 1545 y 1565” (p. 71) Del virrey a las repúblicas de indios, al gran estructura política supuso un pesadísimo lastre para el desarrollo integral de la región y un sistema de connivencia, pues los comerciantes patrocinaban de hecho a los políticos que luego debían regresarles el favor con sendas prebendas mercantiles.
La burocracia es el más acabado producto del sistema político. En 1979 Octavio Paz lo puntualizó en su El ogro filantrópico: que hay dos tipos de burocracias parasitarias: la formada por los trabajadores en sí, engrane de todos los servicios públicos y trámites legales, y una profesional, formada por los técnicos del poder, que al llegar este nuevo siglo se llaman sin embagues “tecnócratas”: los que implementan las reformas, las políticas públicas, los diseños de la ingeniería constitucional y legal y que por cierto, nunca están presentes en una elección popular.
Entre esos extremos la idea de la política en los pueblos sigue o intenta regresar al complicado tema del carisma, que si bien ya no alcanza el concepto weberiano, al menos se explota sabroso con miras a cualquier elección popular. Vea usted y comente:
Carisma: cualidad indispensable para el triunfo electoral. Pero qué comprende el carisma. La lista es larga y apenas es enumerativa: presencia, porte, don de gentes, sangre liviana, cortesía, tener tamaños, tener pantalones (se sobreentiende: tenerlos bien puestos), prestancia, diligencia, sobriedad (pero igual elocuencia); conmiseración, reflexión, cálculo, liberalidad, liberalidad espontánea, liberalidad siempre que el pueblo lo requiera (o cuando lo pida: las salidas de escuela así lo obligan). Don de mando (pero que no abuse). Abstemia de todo lo políticamente correcto, aunque de vez en cuando, mexicanísima filosofía de la identidad, ocupar el rol que sea necesario (todo en aras del bienestar público: sillas preferentes, reservados, saliditas inescrupulosas a expendios de licor que además dan botana…). Tequilita, mezcal, pulque, ron, cervecita, coca, sidral o agua mineral. Decir no cuando sea no. Decir sí cuando haya que abrir la boca. Amigo del pueblo, amigo de los amigos (y de preferencia amigo que tenga dinero, claro es), sacar de apuros (sacar de la cárcel también es un apuro). Organizador de eventos sociales, piedad religiosa (pero sano laicismo republicano juarista constitucionalista), que abra la cartera, que abra las puertas de su casa. Dicho ello, audiencias desde casa, luego en el despacho, luego en el camino y unas dos o tres en la casa al anochecer. Ser omnipresente, ubicuo, tener orejas largas y manos de hierro en guantes de seda. Que el pueblo lo quiera: que luego lo defenestre y le cante alguna canción malévola (“sacaremos a ese buey de la barranca” suena ridículo y será choteado pero es terriblemente eficiente).
Que le resbalen las mentadas de madre, que salude a todo el mundo, que las viejitas lo rodeen, que en la calle hasta los niños y los burros lo conozcan, que si te saluda te sientas tocado, que donde se pare no pase desapercibido, que siempre tenga quien le aplauda, que tenga que ausentarse del pueblo por razones de familia o negocios y a su regreso, así pasen siglos, sigan esperándolo: que vaya una comisión de notables a ofrecerle la presidencia a su exilio (perdón, su alteza serenísima, don Antonio López de Santa Anna, sé que eso sonó mal pero es cierto). Miles de compadrazgos, memoria prodigiosa que deje en el ridículo a García Márquez y su coronel que juega gallos. Muerte digna, sepelio concurrido, memoria histórica… párale de contar: el carisma puede ser eterno o infernal, pero si te consagras, aunque sea para odiarte siempre te han de estar mentando (dígame si no es cierto su alteza serenísima, que le siguen soplando los oídos con eso de la venta de México a los gringos…)

(Carta de renuncia de los Comisarios de Cuecuecuautitla. Foto: M.S.)

(Carta de renuncia de los Comisarios de Cuecuecuautitla. Foto: M.S.)

Qué ha sucedido en los últimos tiempos con las personas que llegan al poder.
Para intentar esbozar esta pregunta incomoda habría que observar cómo es que surgen determinadas candidaturas. En verdad, el oficio político es bien señalado y cuando una persona tiene inquietudes no tarda en caer en el juego inequívoco: los “apoyos”, los saludos, las intenciones poco ocultas y un largo etcétera, pero los caminos para colarse son más bien dos: o se pertenece de ya a un cuadro político, siendo funcionario o habiéndolo sido; o de pronto, unos meses antes de la contienda surge a escena una personalidad haciendo suyas las intenciones de reforma y progreso.
La experiencia histórica de este pueblo nos conduce entonces a una cruel observación: que los líderes carismáticos están extintos. Un personaje que desde mucho antes de una elección esté haciendo una organización política hoy en día es casi imposible de observar. Si no es por una comisión oficiosa, no se encuentran personajes que realmente cumplan las ideas del carisma, el reconocimiento y la estima de sus paisanos. Ponderar quién pudo o es carismático, y por tanto resulte un político con cierta oportunidad de reconocimiento, es por tanto tarea más que imposible y puede que muy imparcial.
Con salvedades y bien intencionadas señales de debatirlo, acaso podríamos encasillar al coronel Vicente Trinidad Flores debido a sus gestiones, mucho antes de ser presidente, para introducir el agua, para que interviniera a nombre de los acreedores del reloj público para que se les pagara la deuda (y en efecto, la deuda contraída en 1926 se pagó 10 años después cuando él ocupó la presidencia) y por su activa participación en la política local, pues era miembro de una corriente localista, sita en Amecameca, le tocó enfrentar un conflicto religioso de grandes proporciones y terminó su vida pública como mayordomo del Calvario y policía municipal en Amecameca (la historia de su legendaria detención de unos abigeos en cierto cabaret de aquel frío municipio es realmente novelesca).
Acaso también podría caber en ese saco el actual edil, tres veces presidente y de grandes claroscuros en su de por sí novelesca vida privada y pública, y podría considerarse un último personaje del carisma de los pueblos porque difícilmente alguien podrá seguir su ritmo de vida y de trabajo, además del innegable hecho de que aunque su imagen política esté severamente maltratada, aún goza de gran estima entre los paisanos.
Entonces, concediendo que los líderes carismáticos han sido más bien pocos, cabe preguntarse ¿cómo ha sido la ruta política de los personajes públicos de Tepetlixpa? Primero consideremos su extracción social y su manera de enfrentar el “trabajo público”. Para ello me remito en todo momento a la documentación oficial del archivo histórico en donde se refiere al trabajo de los “ciudadanos de primera” (por ser los primeros en la lista de contribución de acuerdo a sus ingresos netos y rentas).
Cenobio Espinoza, además de comerciante y músico, fue durante años miembro de las Juntas de Mejoras. No solo poseía considerables sumas de dinero sino un estilo tan raro, tan imposible de definir, que se convierte en un personaje excéntrico. Ahí está el que fue de los primeros en tener radio en el pueblo y ofrecía sesiones públicas; que fue parte de comités de salarios mínimos como representante de la clase patronal y organizó innumerables ocasiones las fiestas patrias.
Igual es el caso de Francisco García (que llevó adelante la Junta que construyó la Plaza Cívica y tenía buenas relaciones con el obispo cismático De Haro). Lo mismo que Ausencio Farelas, Juan Martínez, Atanasio de la Cruz o los profesores Carlos Urueña y el casi mítico José López Mendoza. Por supuesto que sus personas estaban ampliamente teñidas de partidismo y política, pero guardaban, en comparación de nuestra época, una presencia más firme en los asuntos públicos del pueblo y no todos alcanzaron a ocupar la presidencia municipal. Acaso no lo tenían en la mira.
¿Cuáles son las razones para que se haya dado esa negación al cargo público? Hay muchos factores que ponderar. Los cargos eran mayormente honoríficos y si el sujeto de marras no tenía suficientes rentas propias, prácticamente era imposible mantenerse en el cargo. Hay entre 1934 y 1936 sendas renuncias del síndico, dos regidores, el juez conciliador, además de la renuncia colectiva de todos los comisarios de Cuecuecuautitla, alegando precisamente, que tenían que procurarse un trabajo que les diera ingresos líquidos para alimentar a sus familias, ya que no podían mantenerse de ese servicio honorífico a su pueblo. La presencia del líder carismático caía cierto, en un círculo vicioso en el que aquel que tuviera recursos y cierto desempeño probado debía de estar ahí en el lugar donde más pudieran organizar a sus paisanos, y que los que debían matarse en el trabajo asalariado simplemente vieran con gran desdén participar de un trabajo que en la práctica, si algo no dejaba era dinero.
Eso influyó directamente en dos actitudes: siendo muchas veces llamados a la organización colectiva, los líderes se negaban por todos los medios posibles a pertenecer a las Juntas (a Cenobio Espinoza, por ejemplo, muchas veces le niegan su renuncia o sus negativas y prácticamente lo amagan a que cumpla legalmente su encomienda). O bien, de tanto participar de esas actividades, terminaban ocupando el lugar de auténticos caciques. Eso merece tratarse con pinzas y aparte.
Porque hubieron al menos dos grandes personalidades de la política caciquil. El primero, indudablemente, Norberto Sanvicente, oriundo de Nepantla, activísimo en todo lo relativo a la cosa pública desde finales de los años veinte. Tuvo a su cargo las guardias rurales, la comisaría, el juzgado auxiliar, la representación oficiosa de su pueblo y una larga cadena de anécdotas sobre su persona y actuar. Era don Norberto, según los testimonios, hombre de fierro y pocas pulgas que reinó sobre Nepantla y sus asuntos sin chistar. No hay rastros de su adherencia a partido político ni corriente alguna pero sí el peso de su influencia en toda la microrregión, de modo que durante más de diez años estuvo allanando el camino para hacerse de la presidencia, casi como un destino manifiesto. Su particular liderazgo lo llevó por ejemplo, a disputar abiertamente con Atlatlahucan (Morelos) tierras que argumentaba eran de Nepantla, a posesionarse de la guardia rural para crear un bloque contra el abigeo y a reinar sobre conciencias de sus paisanos. Sus protegidos siguieron siendo delegados hasta bien entrados los años 60.
El otro personaje es Gregorio Rodríguez Rojas. Tres veces presidente municipal, ganadero, de amplia experiencia pública, pues a diferencia de Sanvicente ocupó prácticamente todo lo habido y por haber ya en el partido ya en la presidencia desde antes de ocupar el cargo. Personaje tan singular como el otro, Gregorio fue síndico, regidor, miembro de la Junta de Mejoras, presidente, juez conciliador, presidente interino, miembro de corrientes políticas dentro de la oficialidad y personaje metido hasta el cuello en las lides partidistas. El zafarrancho de 1935, de alguna manera tuvo origen en una disputa que sostuvo su grupo contra el oficial encabezado por el diputado Agustín Riva Palacio, y párale de contar con las anécdotas de su carácter, entre lo zafio y lo calculador, lo enérgico e intransigente. Sus recursos lo ponían en la mira de estar en la presidencia y no lo evitaba, por cierto. Es el único político de Tepetlixpa vivo en la administración pública por poco más de treinta años.
Ambos, y ahí su relevancia, ejercieron el poder con amplitud, de forma paternalista, siempre enérgicos ante corrientes adversas. Pero de ahí al carisma weberiano hay ciertamente un abismo, y salvo algunos presidentes puntillosos (Julio Soriano, por ejemplo, excesivamente inmiscuido en los grandes momentos de la política nacional sería caso aparte: tesorero, secretario, presidente de los bienes comunales, recaudador de la deuda petrolera, historiador empírico) el resto de alcaldes ha pasado a la historia en el más rutilante olvido incluyendo la memoria de sus contemporáneos.

(Construcción de la plaza cívica. Circa 1934. Foto: Ollin Altépetl A.C.)

(Construcción de la plaza cívica. Circa 1934. Foto: Ollin Altépetl A.C.)

De ahí que, la política hoy en día…
Sea como un hiato entre la fidelidad al partido y el inconsciente colectivo de que el probable presidente municipal, cumpla requisitos no escritos que en Tepetlixpa no se pasan por alto.
En primer lugar la señaladísima llamada de atención a que “sean del pueblo”, y se hacen rastreos tan delirantes como ridículos para saber su genealogía y familia. Tal vez por eso, desde Norberto Sanvicente (antes de él Sotero Pérez Morales) nunca haya vuelto a haber un presidente oriundo de alguna delegación (claro que las delegaciones tienen su historia de cómo forjan su adhesión a Tepetlixpa la cabecera, cosa que analizo a fondo en el libro monográfico pronto a salir a la venta).
Por otro lado, vivimos una época de absoluta falta de credibilidad partidista. La forma de enfrentarlo ha sido volver sobre esa continuidad histórica que aspira a volver a tener líderes carismáticos en tan importante cargo público. El problema está en que no hay persona alguna que inspire tal confianza, y ello debido a que el trabajo político se convierte en trabajo electoral, como ya señalé arriba. La existencia de partidos de oposición en realidad poco ha abonado a la pluralidad y la organización puesto que igualmente, su trabajo efectivo sólo está en momentos electorales.
“Lo importante no es el color sino la persona”, hemos oído, o “lo que importa es servir, y cuando eso se hace viendo al pueblo, lo que menos importa es el color”, son frases de una argumentación ramplona y paralógica. El problema es especialmente grave por otros factores, como la gran indiferencia a participar de los procesos electorales, a la poca o nula credibilidad en los políticos y en lo más grave de todo, la renuencia del gran público a inmiscuirse en el trabajo y organización política. Una generación de haters (de “hate”, odio en inglés), que “tiran netas”, de tuiteros, youtubers, videoblogers, y facebookeros, que usan de estrado las redes sociales para erigirse en la conciencia moral de una generación, en realidad más perjudican a la sociedad que les abren los ojos, pues ciertamente lo peor que puede pasar es dejar de participar en las cuestiones políticas. El gran cantautor Ismael Serrano lo decía en una entrevista a raíz del partido Podemos, de España: que se debe tener gran valentía y compromiso para decir sí a la política, a organizarse y tomar papel en la toma de decisiones, antes que dejar que un grupo o camarilla decida por los demás.
Por supuesto esto es responsabilidad de una nueva generación, pero dentro de una nueva concepción de política, no simplemente haciendo trabajo de marras en las bases y cuadros sino cooperando a la organización de las personas para la mejor resolución de sus problemas. Apartidistas, como en lo personal me declaro, pero con gran convicción política. Veamos la experiencia inmediata: según datos del PREP, de una lista nominal de 12 897 personas, ayer ejercieron su derecho al voto el 51.56% (cfr http://www.ieema.org.mx/rptMun_part095.html) del padrón. Es decir, la mitad más uno, que técnicamente es “mayoría simple” evidencia las graves fallas de la representatividad, la volatilidad de una idea sobre la democracia y sus derechos conexos y arguye la pertinencia del voto (¡del sistema representativo todo!). Además, es un argumento de peso para reconsiderar todo lo que en este largo artículo se ha intentado analizar: la no identificación de la mayoría de ciudadanos con los políticos.
Hay mucho camino por leer. Les agradezco infinitamente que se hayan tomado el tiempo de leer este artículo tan desmesurado pero creo que no habría otra fecha tan pertinente para hacerlo. Como un descanso a tanto dato les ofrezco el siguiente divertimento. Si usted se siente particularmente ofendido por favor no lo lea, después de todo esto es una mera observación, ya que el patrón se repite hasta el absurdo y este presunto análisis es pura perogrullada que está ojos vista:

(Los resultados del PREP del 7 de junio del 2015)

(Los resultados del PREP del 7 de junio del 2015)

Colofón para políticos: Cómo ganar una elección sin quebrarse el seso en 13 pasos

1) Primero reconoce que tienes aspiraciones políticas propias y que nadie ni nada te ha influido para estar ahí.
2) Inmediatamente hazlo conocer entre tus camaradas y amigos (de preferencia de dinero). La familia no es buena consejera, así que puedes guardar que lo sepan tiempo después cuando todo marche.
3) Divide la preferencia electoral en muchas opciones partidistas: han de quitarte votos, pero el daño lo harán en bloque a su propia negativa de que tu llegues.
4) Levanta un pulido trabajo de las “fuerzas vivas” que te han de apoyar. Para eso debes capitalizar la esperanza de un hueso de tus bases.
5) Usa del siempre eficiente y consabido padrinazgo para que te unjan como la única opción válida (de tu partido, claro es). Seguramente habrán jaleos y concesiones, pero lo importante es atajar la impresión de fracturas internas: bueno, eso de por sí nadie se lo cree. Si alguien en verdad es lo suficientemente crédulo, adelante, otro partido lo esperará con los brazos abiertos.
6) No te precipites en la campaña. Más vale esperar hasta el último momento (y te ahorras lana en andar haciendo reuniones inútiles que en esta era del Facebook podrían quemarte prematuramente). Las murmuraciones siempre ayudan en las guerras: incrementan la fe del adversario (y toma nota: eso también lo dijo Maquiavelo, pero no en el trillado El Príncipe que cualquier hijo de vecino conoce, sino en las Décadas de Tito Livio: no dejes de parecer un ser humano medianamente ilustrado).
7) Paso vital: asegura todas tus clientelas. De suyo son fielmente perrunas (guarda de amagarlas con quitarles apoyos), pero cada día son más vivas y querrán esquilmar todos los “apoyos”, incluyendo los de tus adversarios. Entonces, asegúralos con premios. Las clientelas te darán la ventaja numérica, algorítmica y evidentemente hablando, el triunfo.
8) Vuelve a asegurarlas. Un huesito por aquí y otro por allá siempre son buenos alicientes. Obviamente no firmes nada y ten a la mano la Ley Federal del Trabajo para hacer válido el bendito artículo 47.
9) Considera no dejar los “incentivos” y “apoyos” sino hasta la última hora. No por miedo a perder el voto duro sino porque el ser humano de suyo es excitable y así fomentas la metamorfosis de la fidelidad: de perruna a ciega.
10) Si quieres has el intento de ganarte un puñado extra de votos. Si los ganas bien por ti: aún hay ilusos que creen en la política electorera. Si no, ni te preocupes: las matemáticas no fallan y tú ya ganaste aritméticamente porque todos tus adversarios se repartirán los votos fuera de las clientelas sin lograr hacerte la menor mella (además, nunca han de unirse para darte en la mother juntando sus votos).
11) No prometas nada. No pienses nada. No te preocupes en absoluto. Tu salud física y moral estará lista para la gran pachanga y lista para tomar posesión. Hacer campaña en esta lógica implica cuando más conocer físicamente tu futuro imperio.
12) Preocúpate, eso sí, de saber cómo se integran las fórmulas enemigas. Con todo, los votos que se han repartido les darán derecho a un lugar en tu cabildo y es de prever que deberás atraerlos a tu sombra. Así que, en lo que tomas posesión piensa cómo has de someterlos.
13) Ganar entonces no es tan difícil… ¿qué triste?, ¿no?

 

Etiquetas: , ,

Del Mercado y otras obsesiones constructivas de los políticos

(El Mercado en su fase constructiva hacia 1935. Foto: Ollin Altépetl A.C.)

(El Mercado en su fase constructiva hacia 1935. Foto: Ollin Altépetl A.C.)

En este espacio he hablado mucho sobre el Mercado Municipal. Las razones son variadas pero conducen a una reflexión que durante años he sostenido e investigado. Al ser Tepetlixpa un pueblo que no tiene centro (el espacio donde se concentren los edificios públicos y exista una explanada o plaza para la diversión general) surge de inmediato una necesidad para establecer un área de incidencia pública, o lo que es igual, un espacio para la política.

Entendamos que si espacios abiertos solo habían en los atrios, el área de influencia del gobierno municipal era más restringida de lo que pareciera. Crear el Mercado Municipal fue parte de un proyecto político y comunitario que enfrascó a los tepetlixpenses de hace ochenta años a un trabajo delirante y significativamente costoso. El primer lugar público que tuvo Tepetlixpa era un jardín adosado a la escuela elemental (hoy Casa de Cultura), reducido y poco significativo para las reuniones. No hubo plaza pública hasta los años veinte, y aun así, el origen del predio sigue siendo un misterio (al parecer, la titularidad del predio mantiene un vacío legal).

Cuando la Plaza Cívica estuvo abierta, las expectativas eran muchas. Me refiero a que no solo se pensó contar con Plaza, sino aderezarla y darle funcionalidad. De ahí que luego de tener el terreno se viera la oportunidad de construir el Mercado y obras que me siguen causando risa al ver que siguen presentes en el imaginario de los políticos (lo que, si no estoy mal, es una forma de no procesar la experiencia histórica y seguir topando pared): construir un quiosco y fomentar la creación de un tianguis.

(Obsesión constructiva de todos los políticos. Foto: Ollin Altépetl A.C.)

(Obsesión constructiva de todos los políticos. Foto: Ollin Altépetl A.C.)

No me referiré a esas obsesiones constructivas. El Mercado me interesa porque no solo es obra pública como un momento: la oportunidad histórica en que Tepetlixpa deslinda su espacio, edifica el paisaje y se lo apropia. Hoy, como fruto de la exhaustiva investigación histórica que dirijo, lo que quisiera compartir son los datos. Recién desempolvados se los comparto para su difusión y análisis.

Factura de la obra: según un oficio informativo, obra dio comienzo en 1930. Su situación en 1932, según el entonces presidente Isaac Barrios era deplorable: “se está cayendo ya, algunas paredes se están cuarteando, pues como se empezó a construir desde el año de mil novecientos treinta y ya el año de mil novecientos treinta y uno no se hizo nada en virtud de que los vecinos que son los que estuvieron erogando estos gastos, ya no quisieron dar más dinero en vista de que vieron la mala fe de las autoridades y la Junta de Mejoras Materiales” (“Oficio 53 de Gobernación. Informe relativo a las condiciones económicas del municipio”, en AMTLIX, Caja Presidencia 1932-1936, Fol. 1, Vol. 1, f. 43).

Desde luego que siempre hay recelos en las obras que un gobierno precedente deja inconclusas y que los sucesores deben concluir. Pero hay detalles que se deben ponderar: “los vecinos que son los que estuvieron erogando estos gastos” es una expresión tan común en esa época como imposible para la nuestra. La obra pública solo podía concretarse con el trabajo colectivo, las faenas gratuitas y el deseo de bienestar social de la comunidad entera. Las participaciones federales, en un exiguo presupuesto de seis mil pesos, apenas ascendían al diez por ciento directo.

Se obtenían más ingresos, en ese periodo de Isaac Barrios, por motivo de licencias para expedir alcohol que por partidas estatales o federales. El municipio, prácticamente se las tenía que haber solo; por eso los ciudadanos emprendían las obras mediante un sistema participativo de recaudación y donativos de casa en casa: en nuestra Fiesta de Enero podemos observar cómo ha logrado sobrevivir ese modelo de participación y cómo canaliza sus resultados.

La obra, ejecutada y financiada por los ciudadanos, permitía que su vinculación fuera más profunda, por ende, había más propensión a su cuidado y manutención. Otras ventajas, que nunca volverán por desgracia eran su sana distancia de todo tipo de clientelas políticas y publicitarias y la imposibilidad de cooptar al ciudadano. Su dinero les costó, su cuidado les preocupa, la obra es de todo suya. Aunque claro, no todo es perfecto. La participación directa no quiere decir que las obras estuvieran del todo libres de infidencias y adjudicaciones de los políticos.

Al final de su gestión, en 1933, el presidente se jactaba de haber coadyuvado a las remociones de la “Plaza Hidalgo”. Solo que, aquí vale la aclaración, cuidando mucho de dar el lugar que cada quién tuvo en la obra, específicamente en la remoción del quiosco:

“El señor Francisco García, quien en compañía de sus colaboradores emprendieron la obra. Para tal efecto el ayuntamiento donó la cantidad de $110… por correctivos de varios vecinos [se obtuvo] la cantidad de $55 y $67.87 que recaudaron por donativos que dieron algunos vecinos y producto de una kermess que se verificó con ese motivo, haciendo un total de costo de material y mano de obra, la suma de $232.87, quedando terminado el techo… faltando únicamente la bambalina y la cúpula y su pintada” (“Informe que rinde el c. Isaac Barrios, presidente constitucional de Tepetlixpa…”, AMTLIX Caja Presidencia 1932-1936, Fol. 2, Vol. 2 Oficios de Gobernación, f. 78v).

Entre 1934 y 1935, por el momento, desconozco qué haya pasado con la obra del mercado, pero evidentemente, se reanudó en 1935, periodo bien documentado en el que el presidente Sotero Pérez condujo la culminación de la obra.La fotografía que he compartido sobre su edificación es contemporánea. Basta analizar los detalles del campo visual como la casa, y específicamente el automóvil estacionado, quizá un Ford, que corresponde en su diseño a los modelos de la década de los treinta.

(Detalle del automóvil en la fotografía)

(Detalle del automóvil en la fotografía)

Como se imaginarán hay mucho que desbrozar de nuestra microhistoria. Por ejemplo, que el que en realidad ejecutó la obra final del mercado fue el secretario Manuel Mario Escalante, víctima mortal del zafarrancho de 10 de julio de 1935. Pero resulta que desde 1932 ya se desempeña como secretario del ayuntamiento. ¿De él venía la idea original entonces? ¿Era parte de una política más extensa? ¿Tuvieron que ver los Rivapalacio desde su partido político local, el Partido Socialista de los Trabajadores del Estado de México?

Quedan muchísimas lagunas por resolver, pero por el momento espero que esto les deje un buen sabor de boca… y mucho que pensar, que comparar con el destino final de nuestras obras públicas de hoy en día. Hasta una próxima entrega.

 

La imposible crónica de la Fiesta de Enero

Castillo en Atrio de El Calvario (foto: M.S.)

Castillo en Atrio de El Calvario (foto: M.S.)

Para escribir sobre la Fiesta no sirve mucho la crónica. Sigue siendo un momento de tradición y de esparcimiento para miles de personas. Sigue siendo una válvula social, un momento para entender como una comunidad puede organizarse y activar su economía de manera eficaz. Pero no podemos cegarnos: también es otra su dimensión actual, cambiante, en transformación, incluso en declive.

(Recorrido de El Vitor. Foto: M.S.)

(Recorrido de El Vitor. Foto: M.S.)

(Peregrinación religiosa procedente de Ozumba. Foto: M.S.)

(Peregrinación religiosa procedente de Ozumba. Foto: M.S.)

(Niños participando en recorrido de El Vitor. Foto: M.S.)

(Niños participando en recorrido de El Vitor. Foto: M.S.)

He entrevistado a diversas personas y sus agrupaciones. La respuesta recurrente es, como me dijo un castillero, que su fe es tan grande que en ella depositan sus acciones y por ella hacen lo que hacen. Así cuadra en efecto para la parte religiosa, principal motor de una festividad tradicional. Basta ver las procesiones, los momentos previos, las personas haciendo fila para ingresar al templo. Setenta años en este 2015 de una tan enorme como la de Chimalhuacán que sigue introduciendo sus formas de expresión y cultura. En este año son crecientes las peregrinaciones de Cuijingo, Ozumba, de San Miguel de Allende y otros lugares del país. En ese estricto sentido religioso la fiesta lejos de disminuir se acrecienta.

(Castillo de la "Pro Corporación de la Juventud". Foto: M.S.)

(Castillo de la “Pro Corporación de la Juventud”. Foto: M.S.)

Pero como un gran momento de Tepetlixpa puede que lo importante sea lo adyacente. Y es ahí cuando la crónica no basta. Ya en los siguientes días se sabrá el balance de éxito de eventos, las situaciones puntillosas, los datos duros de ingresos económicos, de las pérdidas, el saldo criminal y puede que hasta el dato necrológico. Ahora sería pura especulación o falsa moralidad. La Fiesta profana, en las comidas de cada casa, en la comparsa, en el recorrido del domingo es lo que para muchos mueve estos días y basta: les invito a hacer una somera revisión en Facebook para ver la cantidad de videos, fotos y sobre todo las expresiones de un orgullo local desmedido de aquí terminó la Fiesta ahí queda.

(Recorrido de Estandartes. Foto: M.S.)

(Recorrido de Estandartes. Foto: M.S.)

(Gude. Foto: M.S.)

(Gude. Foto: M.S.)

Pero me pregunto ¿qué le queda a cada fiesta después de enero? Ya en los años cuarenta se decía que los meses de menos trabajo eran precisamente, de febrero a abril. Vienen los días de todas las resacas y de las observaciones, sobre todo las críticas feroces y las envidas. Hace unos veinte años los abuelos se ensoberbecían de reconstruir “hasta donde había llegado la Fiesta este año”. Ahora con tristeza se reconstruyen latrocinios, los asaltos y las desgracias. Una buena crónica de la fiesta requeriría el lapso que va de febrero a los primeros días del siguiente enero y la participación de todos los que sobre ella tengan algo que decir.

(Flores de estate como regalo para el templo de El Calvario. Foto: M.S.)

(Flores de estate como regalo para el templo de El Calvario. Foto: M.S.)

(Danzantes de Los Moros. Foto: M.S.)

(Danzantes de Los Moros. Foto: M.S.)

(Castillo del sr. Dionisio Hernández. Foto: E.S.)

(Castillo del sr. Dionisio Hernández. Foto: E.S.)

(Banda Azteca del sr. Carmelo Andrade. Foto: M.S.)

(Banda Azteca del sr. Carmelo Andrade. Foto: M.S.)

(Dos chinelos. Foto: M.S.)

(Dos chinelos. Foto: M.S.)

(Danza Azteca en el Atrio de El Calvario. Foto: M.S.)

(Danza Azteca en el Atrio de El Calvario. Foto: M.S.)

(Personas cargando ruedas de castillo. Foto: M.S.)

(Personas cargando ruedas de castillo. Foto: M.S.)

Entonces, desde este papel de “registrador” de eventos, lo único que quisiera es llamar la atención sobre dos o tres puntos. El primero es la urgente necesidad de que cada agrupación garantice una seguridad más eficiente. Cuando los actos violentos (falso que sean imputables solo a los foráneos) arranquen espacios a las familias, a los niños y a los viejos, todo acto masivo será vano.

La segunda, que se dé una más estricta regulación de la venta de alcohol. Lo digo sin moralismo ni autoridad, simplemente con afán de lo que observé, del más exceso que pachanga.

La tercera sería más desmedida, pues no es para un grupo o una autoridad específica sino para todo el que quiera leerla: no dejemos que nuestra festividad en su sentido de esparcimiento, cultura, tradición y sentido familiar desaparezca en los próximos años.

(Grupo de danzantes en el atrio. Foto: M.S.)

(Grupo de danzantes en el atrio. Foto: M.S.)

(Perspectiva de puestos y asistentes desde calle 5 de febrero. Foto: M.S.)

(Perspectiva de puestos y asistentes desde calle 5 de febrero. Foto: M.S.)

A todos muchas gracias y seguimos con este trabajo de difusión cultural.

 

 
 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 43 seguidores