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Archivo de la categoría: DULCE NOMBRE DE JESÚS

Recorrido de estandartes

(La salida del recorrido en la Ermita. Foto: M.S.)

(La salida del recorrido en la Ermita. Foto: M.S.)

La Fiesta de Enero, de la que ya he escrito en este blog (https://enlacaradelcerro.wordpress.com/2011/01/21/580/), sigue creciendo en virtud de que festeja una tradición, y éstas, como todo lo contingente, puede aumentar o desaparecer. Un buen ejemplo de ello está en el recorrido de estandartes, una actividad que no se remonta a los orígenes de la Fiesta pero que involucra aspectos muy interesantes por cuanto a los nuevos significados que le otorgan sus participantes. En esencia es un desfile, un desfile de estandartes cuyos contingentes usan de ese símbolo para identificarse miembros de una organización, en este caso, miembros de una agrupación de creyentes.

(La chirimía, instrumento colonial arraigado en Tepetlixpa. Foto: M.S.)

(La chirimía, instrumento colonial arraigado en Tepetlixpa. Foto: M.S.)

(Mayordomía del Dulce Nombre de Jesús. Foto: M.S.)

(Mayordomía del Dulce Nombre de Jesús. Foto: M.S.)

Ver el desfile recuerda los despliegues de poder simbólico del pasado: en la época virreinal como es sabido, las grandes corporaciones como el Cabildo o la Universidad hacían desfiles para mostrar su poder y el de sus agremiados, y cosa admirable, iniciando con la música de las chirimías, lo que al menos en este pueblo subsiste. Las procesiones, aún y cuando provienen de un asunto religioso, también se insertan en ese símbolo visual. Pero, ¿será el mismo caso en el Tepetlixpa del siglo XXI?

(El recorrido implica quizá el realizar ofrendas al templo. Foto: M.S.)

(El recorrido implica quizá el realizar ofrendas al templo. Foto: M.S.)

(Los estandartes en recorrido. Foto: M.S.)

(Los estandartes en recorrido. Foto: M.S.)

Como ya he escrito en este espacio el Vítor deviene en celebración de la misma comunidad: una fiesta para los que van a hacer la fiesta. En el caso de esta actividad no es así. Los que participan del largo recorrido (comienza en la Ermita y termina en El Calvario) lo hacen por su fe, por las creencias y devoción a la imagen capitalizada en la suma de personas que presentan sus exvotos e imágenes al templo. Cada demandito e imagen, así como los estandartes y arreglos florales son una suerte de ofrendas que se colocan en el templo mientras la Fiesta se celebra. Si el Altepetl, que es una ceremonia para “pedir permiso” de la celebración involucra a una pequeña réplica de la imagen original, en este curioso desfile con cientos de imágenes, el significado puede ser confuso y múltiple: ¿será una petición comunitaria para hacer la fiesta?, ¿se debe entender como una mera ofrenda?, ¿es señal de un respeto ajeno, toda vez que muchos de los participantes son de comunidades fuera de Tepetlixpa?, eso en realidad no se puede responder, quizá esta nueva tradición imbrique la misma fe y devoción de todas las tradiciones que existen junto al deseo, que por cierto tampoco se puede explicar, de que el respeto y la fe se manifiesten de manera solemne e indubitable.

(Como en la época virreinal, las chirimías abren el recorrido. Foto: M.S.)

(Como en la época virreinal, las chirimías abren el recorrido. Foto: M.S.)

No puedo decir nada más; los viejos tepetlixpenses decían con emoción que la Fiesta cada año crecía más y en el ánimo de los habitantes de este pueblo sucede otro tanto: este año quizá es el año con más cantidad de asistentes al recorrido. ¿Usted, qué opina?

 

¿Qué con el patrimonio cultural de Tepetlixpa? III

(Espacio donde su ubicaba la Capilla de San Miguel Arcángel, Nepantla, México. Foto: M.S.)

3. Una reflexión sobre las pérdidas culturales

Pero no es posible hablar de una pérdida a secas sin caer en el juicio de valor y el anacronismo. Nuestra perspectiva de darle valor a lo intangible es como he mencionado, muy reciente. Los habitantes de Tepetlixpa fueron sufriendo los embates de diversos factores que deberíamos analizarlos con calma y profundidad para reconstruir nuestra conciencia cultural. Debemos pensar en los procesos aculturizadores, es decir, a fenómenos que introducen la cultura de otros lados y desplazan la local. Falta una buena monografía sobre la danza de los chinelos para saber qué efecto tuvo la cadenciosa danza morelense, carnavalesca y burlona, para acabar con la seriedad y patetismo de las danzas autóctonas; parece ser que los músicos que trabajaban en Morelos indirectamente fueron introduciendo la danza (considerando dos factores: las comparsas más antiguas no se crearon antes de 1940 y los informes de los atractivos turísticos de 1938-39 no la mencionan en absoluto como práctica habitual) pero falta un estudio más serio. Sería deseable también que algún visionario rescate las recetas tradicionales del mole, champurrado y otros guisos que si bien no son exclusivos del pueblo pueden moldear un panorama sobre el gusto y la cultura gastronómica de la región de los volcanes entera.

(Campana consagrada por Alberto Fernández de Haro. Foto: M.S.)

Por cuanto al patrimonio cultural tangible también se deben analizar los contextos. El conflicto religioso que vivió Tepetlixpa en 1938 cobró su buena cuota de destrucción cultural. El doctor Alberto Fernández de Haro se dio a la tarea de remodelar la parroquia a causa de un incendio que años antes había maltratado el retablo original. Colocó una campana “de esquilón nuevo”, que aún se usa para llamar a misa, puso tablones y remozó varias partes del templo. A su llegada al pueblo en 1934, con una sensibilidad que aún emociona por su simpleza y amplio alcance, levantó un inventario de las “obras de arte” del templo que reseña objetos que ya no existen, como los “óleos de San Esteban” que adornaban el altar principal, las esculturas de San Antonio, San Isidro Labrador, San Pedro, la Purísima Concepción, de San Mateo o el cuadro de San Esteban frente al templo. En 1938 el desafortunado obispo de Tepetlixpa, fue expulsado por orden del gobernador y la insania de sus detractores destruyó su archivo que constaba, según inventario, de 43 libros (desconocemos su contenido), seis libretas más muchos documentos sueltos que amparaban su labor diocesana de la Iglesia Católica Mexicana o cismática como le conocían popularmente. Los anónimos defensores del tradicionalismo católico no solo desaparecieron su archivo arrancando los registros y quemando las partidas y asientos sino que desaparecieron sus fotografías e imágenes incluso hasta en los documentos municipales. Esa falta de sensibilidad de un patrimonio cultural por encima de las ideas nos ha privado de conocer qué influencia tuvo el obispo y su Iglesia en tiempos de los Cristeros en nuestra zona y qué proyectos culturales formales desarrolló, considerando por ejemplo, que el primer grupo de música religiosa (música, no coro) fue obra del presbítero Arnulfo Martínez, secretario del obispo.

(El doctor Alberto Fernández de Haro, obispo de la ICAM en Tepetlixpa. Foto: Archivo Ollin Altépetl A.C.)

No podemos culpar ni exigir respuestas a nuestros antepasados. Su obrar estaba condicionado por factores más poderosos que la sensibilidad, pero no dejamos de lamentar esas pérdidas. Una pérdida tan lamentable como la de los archivos del obispo De Haro fue la del mismo Archivo Municipal hace 100 años. El afán de destruir los registros de las deudas y los contratos leoninos llevo a las facciones revolucionarias a quemar los archivos municipales desapareciendo una parte considerable de la memoria del siglo XIX, no digamos de asuntos complicados o del sentir de los habitantes en esa época, sino incluso para conocer la lista completa de nuestras autoridades. Escuetamente sabemos que en la época de don Porfirio existió un cierto cacique local llamado Luis Rosales.

(Uno de los documentos más antiguos del Archivo Municipal. Expedientes de Educación. Foto: M.S.)

Otras pérdidas también se debieron a las contingencias de la guerra y la violencia social. Una imagen del Dulce Nombre de Jesús, reproducción bastante fiel, sufrió un periplo cuando, según las versiones orales, los mayordomos encargados de su culto murieron en la Revolución y el encargo fue pasando de familia en familia hasta que vino a parar en manos de la familia Arellano que para fortuna de todos aún la preserva. Según la versión oral del sr. Marcelino Buendía, la imagen original de la Virgen de los Dolores habría desaparecido por otro de esos periplos cuando sus encargados originales murieron y los responsables no quisieron continuar el encargo de hacer el rosario y cuidar a la imagen. Según esa versión, que aquí consigno con reservas con la finalidad que circule, la imagen habría sido vendida en Ozumba al anticuario empírico mejor conocido como Santo Prieto.

Entonces lo que no se puede tolerar y ciertamente indigna es que en ésta época sucedan pérdidas y destrucciones intencionadas. Nuestra conciencia sobre el patrimonio cultural es más firme y hay instrumentos legales que lo reconocen. No hay justificaciones para permitir la pérdida de nuestra cotidianidad: la Parroquia va entre el deterioro y una mala idea de remodelación que amenaza acabar con sus formas originales; seguir subiendo y bajando a la imagen del Dulce Nombre de Jesús en las fiestas religiosas es una amenaza para la integridad de la escultura. A propósito de la imagen, patrono de Tepetlixpa por tradición, su base, la “piaña” como se le conoce, tenía unos oleos fechados en 1896 en recuerdo de una remodelación de antaño y ha sido deteriorado por meterle unas barras de aluminio que faciliten su descenso.

Las pérdidas tienen una dimensión dolorosa por lo afectivo y la memoria de los involucrados que los lleva al lamento, la reflexión o lo literario (citar ruinas), sin embargo eso no logra paliar la realidad que usualmente es brutal. Tetepetlac es un paraje del campo de Tepetlixpa que mostraba hasta hace poco las extensiones agrícolas de la época colonial delimitadas por hermosas tecercas de más de 300 años de antigüedad (véase https://enlacaradelcerro.wordpress.com/?s=tetepetlac). La nueva carretera que pasara por el poniente del pueblo ha destruido buena parte de esos objetos históricos. Antes de que la litografía hiciera magia al reproducir fielmente imágenes, el Calvario tenía sus propias matrices de sellos de goma que les permitían hacer una reproducción artesanal de la imagen del Dulce Nombre de Jesús. Los sellos y el material si existen están arrumbados en las sacristías junto a diversos objetos que podrían dar cuenta de como se ha ido gestando una fe religiosa si se montara un mínimo museo comunitario. Pero no solo en el catolicismo hay destrucción. La Iglesia Evangélica fue constituida en su domicilio actual en 1945, en una casa del siglo XIX ubicada en la avenida Morelos. Hacia 2009 fue derruida para construir un edificio de dudoso gusto ecléctico.

Sin embargo una de las pérdidas más emblemáticas por los significados que tiene es la ausencia de la banda filarmónica en la fiesta de enero. Además de ser cultura formal (el repertorio era estrictamente interpretado con notas y abarcaban compositores de música clásica) su presencia explica el gusto por la música, la supervivencia de un gremio de viejos maestros que se aferran a sus gustos e indirectamente un proyecto para educar musicalmente. Las bandas eran contratadas por el difunto Salvador Quiroga, mejor conocido como El General, un melómano local de Tepetlixpa que junto a sus compañeros disfrutaban y permitían disfrutar el gusto por la música clásica. La indiferencia de los mayordomos, la terquedad de las demás organizaciones y una absoluta falta de sensibilidad hizo que los maestros decidieran no seguir contratando el evento porque sucedían absurdos y groserías como ponerles enfrente un sonido escandaloso o que mientras interpretaban una banda sinaloense comenzara su propio espectáculo enfrente y con un sonido aterrador. La memoria del difunto General y su labor de traer esa música formal parece que se ha echado a un bote de basura.

Para acotar esta lista que sería interminable (y dolorosa) hay que mencionar el caso más dramático de pérdida cultural porque involucró a buena parte de la población de Nepantla. En este año algunos pobladores de Nepantla echaron abajo la Capilla de San Miguel, histórica construcción de adobe y tejamanil que fue construida en 1845 por don Juan de los Santos. La pérdida en este caso es irremediable.

 

La Fiesta de Enero: reinterpretando tradiciones

 

(Quema de cohetes. Foto: M.S.)

La Fiesta de Enero puede ser un alud de personas aplastándose en las calles; bailes y jaripeos con las estrellas del momento que dentro de un año no volverán a sonar. Puede terminar en una comparsa de chinelos o en una borrachera de miedo y comenzar en una fila para recibir el lazo bendito. Me gusta pensar en la Fiesta de Tepetlixpa como un prisma que tiene muchas caras pero siempre un asidero: la tradición.  En este blog he dejado algunos artículos sobre la Fiesta y no intento repetir nada de lo ya dicho. En estos momentos continuo mi ensayo de interpretación sobre las tradiciones y aunque difícil de resumirlo me gustaría compartir algunas opiniones. Bienvenido cualquier comentario.

1. Nuevas interpretaciones. En Tepetlixpa hay una leyenda que al explicar la llegada de la imagen y los modos de su permanencia se convirtió en sinécdoque: la parte explica el todo.  “Ser de Tepetlixpa es tener la familia ahí, estar construyendo una casa y saber que en el Calvario está el Dulce Nombre de Jesús” escribo en el ensayo. La imagen fuera de lo religioso es una forma de identidad porque la identidad no es llegar a ser algo sino estar siendo lo que somos. El problema es el deslinde: ¿somos lo que sucede?

Por eso considero necesario rescatar una interpretación profunda. Es algo temerario porque en un momento de pachanga no habrán muchos que decidan hacer reflexiones, pero pienso que si la Fiesta es tradicional la tradición debe conocerse. El tema que me ocupa primordialmente es el del Vítor, para indagar qué hay detrás de un reparto de imágenes que se entiende (o sobreentiende) como la “víspera” de la festividad.

El Vítor, como las demás tradiciones de la Fiesta (Altepetl, danzas y peregrinaciones) no tiene bases firmes para reconstruir su historia. Se perdieron los datos esenciales, se murieron los testigos y protagonistas y ya no queda sino realizar interpretaciones de lo que significan esas tradiciones.

 

(Recorrido del Vítor. Foto: M.S.)

Entonces, el Vítor es una manera de reafirmar la devoción a la imagen. Al entregar estampas se involucra al destinatario en un cierto compromiso para con su fe y por esa fe con todo lo que acompaña: el ser de este lugar, el contribuir a la ubicuidad de la imagen (se lleva la estampa en la complicidad de la cartera y en el tablero del autobús y el coche), el forzar a la protección y finalmente a festejarse a sí mismos, pues Vítor en su primera acepción significa “homenaje público”. La imagen deja de ser un objeto religioso para ser una objetivación de la fe, que por cierto no conoce de religiones, es decir de rituales, más que el respeto. Se vitorea a la imagen y al mismo tiempo se celebra el que esté aquí. Se anticipa una fiesta y sin embargo ya hay fiesta: ser de Tepetlixpa y tener por 51 semanas la oportunidad de manifestar esa fe y ese respeto, pues, dicho popular: “la Fiesta es para los visitantes… uno puede ir cualquier día del año”.

Otras interpretaciones son válidas desde luego siempre y cuando se justifiquen. El Vítor puede ser el recuerdo de una antigua anunciación. ¿De qué? es imposible saberlo sin datos confiables. Podría ser el recuerdo de la llegada de la imagen; el recibimiento que se hacía a las antiguas y primeras peregrinaciones que llegaban al pueblo. Lo cierto es que hasta podría ser el recuerdo de las procesiones que se hacían antes de los años cuarenta (esto por fortuna sí está documentado) cuando la imagen permanecía en la Parroquia de San Esteban y era transportada solemnemente hasta su capilla para “pasar la Fiesta”.

Más temerario pero no tan descabellado el Vítor podría haberse nutrido de las tradiciones más profundas de Tepetlixpa. Las “señoritas” (recordando que las mujeres del recorrido eran originalmente mujeres maduras, núbiles y no niñas) son madrinas al momento de regalar. Las señoritas llevan las estampas en bandejas y los hombres de a caballo en morrales. ¿No se trata de dos objetos que representan la prosperidad, la abundancia y la alimentación?, ¿no son las fuentes donde se transportan los bienes caracterizados por la actividad de cada género (semillas/masculino, alimentos/femenino)? Ya en el extremo, la boda típica de Tepetlixpa, ¿no tiene acaso un baile de prosperidad que se llama “La Bandeja”?

 

(El broche de luces, otra vez. Foto: J.S.)

2. Nuevas preocupaciones. Hace pocos años una preocupación latente era que la Fiesta no fuera lo suficientemente vistosa para el visitante. Era una actitud de orgullo local pero también de entrega, de dar lo mejor de nuestra forma de ser para la gran semana del año. En la actualidad estas falsas preocupaciones se vuelven nada frente a los problemas que genera una Fiesta de grandes dimensiones. Se ha avanzado en materia de protección civil y se resguardan mejor los espacios para la quema de castillos y para el deambular de los visitantes. La Plaza de Toros, tan ambivalente por su alcance y funcionalidad no deja por ello de prestar un gran servicio y proteger a los que no gustan del jaripeo, pues antes era de lo más común que el toro rompiera el cercado e hiciera de las suyas en la calle (aunque, ¿un toro no tiene derecho a la diversión?).

Las nuevas preocupaciones ya que hablamos de tradición, es que precisamente terminen imponiendo prácticas que destruyan a la misma. Algún día platicaba con Jaime Estrada, un entusiasta promotor de la cultura y me dijo que si la danza de los negritos desapareció es porque así tenía que ser, que su ciclo había pasado. El chinelo se impuso y ahora nadie dudaría en darle su lugar de honor en esta festividad, pero ¿qué sucedería si el clima de intranquilidad (por no decirlo con su nombre: delincuencia) se adueñara de más espacios en este pueblo?, ¿qué sucedería si la violencia empañara la alegría de las comparsas? No es una pregunta fácil y no hay todavía una respuesta contundente. Cada quién es libre de disfrutar la Fiesta como mejor le venga en gana pero para terminar este post me gustaría decir al vuelo que no se olviden que hay toda una tradición y que el pellejo mismo del pueblo se apuesta en una semana de pachangas.

¡Bienvenida sea la Fiesta! por favor no deje de cuidar y de cuidarse.

 

¿Música tradicional?

(Música acompañando peregrinación. Foto: J.S.)

Tepetlixpa es un pueblo de larga tradición musical. Las primeras agrupaciones surgieron a inicios del siglo XX y se consolidaron después de la Revolución, cuando incluso, se dio una cooperación mutua entre las autoridades y los “maestros filarmónicos” como dicen los documentos, para que los acontecimientos públicos fueran amenizados musicalmente; además de que la cantidad de bailes que se organizaban en esa época era mayor de la que podemos imaginar.

El momento “cumbre” de la música (y los músicos) de Tepetlixpa se dio desde mediados de dicho siglo, cuando surgieron agrupaciones de música tropical y orquestas que trascendieron regionalmente. Fue su época de bombo y platillo en la que alternaban con las agrupaciones consagradas como la de Carlos Campos; en la que los músicos en lo individual lo mismo tocaban danzones que ese nuevo ritmo del “rock and roll”; incluso que se colocaran en bandas y orquestas más sofisticadas, y la referencia es obligada: el maestro Filiberto Ortiz de la banda filarmónica de la Secretaría de Marina en gira por Europa.

Después de las orquestas, la música de Tepetlixpa siguió un recorrido adecuándose a las pautas de la moda: los conjuntos tropicales en los 80, las primeras bandas de estilo sinaloense en los 90, el movimiento sonidero (una de las minorías más interesantes de Tepetlixpa) y los grupos musicales del ámbito religioso.

Con estos antecedentes hay que preguntarse, ¿entonces, hay música tradicional en Tepetlixpa? Para intentar una respuesta tenemos que considerar que la cercanía con Morelos y los préstamos culturales (cuando no la franca aculturización) han contribuido a definir el panorama. Por ello, la primera música “tradicional” sería la que provino de la tradición del corrido, llena de noticias y hechos de la Revolución. Para nuestra desfortuna, los últimos trovadores de este pueblo se murieron sin que fueran realmente rescatados. Desconozco si se han perdido las letras, pero existió un “Corrido de la Batalla de Nepantla”, directamente surgido de la época y luego, usando la técnica de las cuartetas octosílabas, se escribieron algunos corridos sobre el Zafarrancho (en los años 30 tan mentados en este blog) y muchísimos más sobre la Feria de Tepetlixpa, los montadores de toros (“El corrido del Titiasca” es muy famoso) y desde luego, sobre el Dulce Nombre de Jesús.

El segundo grupo de música “tradicional” tiene que ver con los procesos afectivos y el imaginario trascendental de las personas de este pueblo (que equivaldría a la “función de representación simbólica” de la que habla Alan Merriam). Música para danzas, para amenizar las representaciones de teatro, música religiosa. Es en este grupo donde se inserta la música más original de Tepetlixpa porque no responde a un criterio de moda, ni a un fin económico sino a sus, precisamente, representaciones de la vida y del universo.

Pero a esta declaración tan enfática debemos oponer muchas salvedades. La música religiosa se basa en las necesidades litúrgicas y muchas han sido adaptaciones de pasajes bíblicos. Las danzas, tomando en cuenta que la mas importante, el chinelo, no es originario de Tepetlixpa, han tomado ritmos más jocosos o interpolado canciones comerciales para cumplir su fin orgiástico. Quedaría entonces un estrechísimo reducto para hablar de una música tradicional de Tepetlixpa, presente en las poquísimas danzas que aún subsisten, sobre todo la de los “Moros con Garrote”. Música de chirimía, violín y tambora, flauta transversa o de carrizo es la que inunda el pueblo con cara de cerro en ocasiones especiales. Quedaría por indagar si las melodías en efecto son típicas de esta región o son otros préstamos culturales, pero dejo abierta esa solución para voces más autorizadas. Lo que me interesa compartirles es que aquellos músicos pasan desapercibidos en las grandes fiestas porque su música no cuenta con estruendosas bocinas ni tiene un ritmo y una melodía emocionante. Los sonidos son repetitivos, nostálgicos, llenos de patetismo y de historias que no a muchos interesan; pero finalmente se trata de una música original que ha subsistido años y años por personas que se preocuparon de heredar su oficio a algún interesado. Y digo interesado y no hijo, que hay una anécdota que oí un día a uno de nuestros viejecitos. Contaba que un músico de violín, que tocaba en la Danza de las Pastoras, siempre quiso enseñarle a su hijo el oficio y éste jamás aceptó. El día que murió el músico le preguntaron al hijo si seguiría tocando el violín y les respondió airado: “después del cajón, lo que aventé al hoyo fue el pinche violín”.

Así la música tradicional. Quizá no vayamos a crear una tradición sin antes cimentar bien nuestra cultura como pueblo, pero es muy importante rescatar la que aún sobrevive. Les comparto un pequeño video con una muestra de esta música. Se trata de los músicos que recorren las calles de Tepetlixpa antes de la Semana Santa para “anunciar” que vienen los días de guardar. Tiene un gran parecido con la música de los Moros y resulta enternecedor ver a los dos hombres caminando bajo el sol tocando para el que los oiga…

Y como colofón, los mismos músicos, pero en Viernes Santo y con una variante de la música:

 

Fiesta, personajes, estampas

Aquí una pequeñísima muestra de la Fiesta de Tepetlixpa desde sus personajes. Toda muestra es arbitraria, e insistir tanto en los Moros es para concientizar de que es nuestra última gran danza tradicional (más de 80 años de existencia, cuando no 100) y que hay que preservarla antes de que desaparezca. Aprovecho para invitarles a que visiten las “Galerías del Cerro” donde encontrarán más fotos de esta Cara del Cerro, Tepetlixpa.

(Un descanso antes del castillo. Foto: J.S.)

(50 años de la "Corporación de la Juventud". Foto: J.S.)

(Luces y nubes. Foto: J.S.)

(Nuevas generaciones "moras". Foto: J.S:)

 

7 datos históricos sobre la Feria de Tepetlixpa

1. Aunque mucho se ha mencionado en este espacio: el barrio de Panchimalco existe desde finales del siglo XVII. En ese lugar se construyó una capilla en donde, más de 100 años después según la tradición, los pobladores de Tepetlixpa colocaron la la imagen del Dulce Nombre de Jesús. Al mismo tiempo se reconstruía la parroquia de San Esteban agregándole torre y cúpula.

2. Entre 1942-1944 se decide construir un templo más amplio que la antigua capilla. La imagen del Dulce Nombre de Jesús permanecía en la parroquia mientras se realizaban las obras. Cerca de la fiesta, la imagen era llevada a su templo en solemne procesión y las peregrinaciones de la época traían materiales de construcción como “limosna” para que el templo fuera terminado rápidamente.

(Capilla del Calvario. Años 40. Foto: D.R. de la Colección Particular E.C.F.)

3. La importancia económica de la fiesta fue un factor importante para que las autoridades intervinieran directamente en su organización. Datos contables de 1935 son un claro ejemplo: la recaudación por pago de derechos y licencias en el mes de enero arrojó un total de $385. En febrero, por concepto de predial, $119. (Salario del presidente municipal $1.75 al día).

4. El ayuntamiento emitía nombramientos para que ciudadanos de cada Sección realizaran la “recaudación” destinada a cubrir los gastos originados por la fiesta, sobre todo por concepto de jaripeos. Los Jefes de Manzana (antigua figura administrativa) tenían el encargo de velar por la integridad del ganado, procurarles alimentos y vigilar que no fueran a ser robados: “pues deben de tener en cuenta que en estas fiestas solamente nosotros como Ciudadanos y Vecinos de esta estamos obligados a hacerlo”.

(Nombramiento de recaudadores para Jaripeo. Foto: M.S.)

5. Por lo mismo, se vigilaba el estricto cumplimiento de las obligaciones surgidas con motivo de la Fiesta. Leamos, enero de 1950: “El señor Asencio Galván… está comprometido para el día de la fiesta del veinte de enero para tocar con los danzantes de vaqueros. Por lo mismo se suplica a las autoridades de esa jurisdicción que la presente vieren se eximan de otros compromisos que puedan haber”.

(Constancia para el músico Ascencio Galván. Foto: M.S.)

6. Danzas… regresemos al año de 1935 para conocer lo que volvía locas a las personas antes de que hubiera chinelos: “Danza “azteca”, “Pastoras”, “Pastorela”, “Negros”, “Vaqueros”, “Mixtecos”, “Moros de Careta”, “Contra-Danza de Vals”, “Música Azteca del Estado de Puebla”. Firma, C. Vicente Trinidad Flores, presidente municipal de Tepetlixpa.

7. Pero una fiesta no solo son danzas. Para la diversión de chicos y grandes, una “Fiesta Titular” como la que describe el presidente  Vicente Flores incluía también: “Chirimía, Bailes Públicos, Jaripeos, Circos, Volantines, fuegos artificiales y toda clase de juegos permitidos por la ley. “CARNABAL” [sic] comparsas de disfraces, amenizados estos actos con la Banda de Música Municipal”.

 

Fiesta de Tepetlixpa

(Castillos 2009. Foto: M.S.)

La última semana de enero se celebra en Tepetlixpa la devoción al Dulce Nombre de Jesús, imagen de un nazareno que se venera en la capilla del Calvario. Sin embargo no es por un calendario religioso que la fiesta sea en enero sino por tradición: un martes, perdido en el tiempo pero martes, de la última semana de enero, la imagen llegó a Tepetlixpa bajo condiciones rarísimas: trayéndola de la ciudad de México donde se había restaurado, sus porteadores pernoctaron en Tepetlixpa en un mesón. Cuando la población se enteró, acudió al lugar, pidió que fuera mostrada la imagen y en común acuerdo la llevaron a la capilla de Panchimalco, antiguo barrio del siglo XVIII, porque “una imagen tan bella no puede dormir en un mesón”.

Por la mañana operó el milagro: la imagen no se quiso ir. Cargaron, empujaron, tomaron fuerzas. Nada; la imagen se quería quedar. Cuenta la historia que fueron a su pueblo (para no entrar en debate es mejor así “su pueblo”, que es una discusión bizantina saber si provenía de Huazulco, Huitzuco, Chilacachapa, etc.) para traer más porteadores y aún así, la imagen se quería quedar en Tepetlixpa, que se hizo tan pesada que nunca la pudieron cargar de regreso.

Y desde entonces se celebra la Fiesta, un acontecimiento singular que ha llamado la atención de muchas personas. Ya desde los primeros post de este blog había señalado el trabajo de Sonia Comboni y José Manuel Juárez, sin contar con la infinidad de trabajos, escritos, folletos e incluso materiales audiovisuales que existen al respecto.

La Fiesta es un gran acontecimiento desde el punto de vista que se quiera ver. Para los pobladores es un momento de alegría, diversión y esparcimiento; también de compromisos económicos, de cumplir obligaciones con comparsas, grupos organizadores, corporaciones, mayordomía e incluso con compadres y amigos. Cada persona sabe cómo y en qué proporción se involucra en la Fiesta, pero es seguro que todos lo hacen. Una trasposición de la novela La Feria del gran Juan José Arreola nos ahorra el describir cómo se celebra el evento, pero vale la pena hablar de sus particularidades, que aquí no hay feria, hay Fiesta.

("Broches de luces". Foto: J.S.)

Religiosamente es un evento de primer orden para el catolicismo por la cantidad de celebraciones y sacramentos que se verifican; lo mismo por la devoción de peregrinaciones que acuden al templo. Sin entrar a fondo en las mismas, que no es la intención, todo puede resumirse con el valor que adquiere el hecho de venir a este pueblo para rendir respeto a una devoción y el nombre con que fuera de tecnicismos se bautiza a la imagen, sea “El Señor de Panchimalco”, “el viejito que me cuida” o como hace poco oí magistral: “El Señor que sale a caminar por su pueblo”.

Socialmente, la Fiesta es el detonante para la movilidad del pueblo y la zona. Los compromisos significan gastos, y surge el detonante económico en nexos aparentemente insignificantes pero que equilibran la economía regional: insumos que se compran en el mercado, pago de ayudantes para hacer las comidas, compra de materias primas, aumento de ventas en las tiendas de abarrotes y en primer lugar, la inyección de recursos a las fábricas de cohetes de la región que proveen cohetones y hacen los “castillos”, el broche de luces para las noches de Feria.

La Fiesta en un cálculo aproximado estaría por cumplir 200 años de celebrarse, pues hay razones de peso para creer que la llegada de la imagen sucedió en el primer cuarto del siglo XIX. Desde entonces, las relaciones afectivas que provoca la Fiesta crecen. Se invitan a conocidos a las comidas que se hacen en las casas, se crean compadrazgos, se afianzan las relaciones o bien, se formalizan.

Su importancia se puede medir al analizar el grado de participación de las autoridades municipales en la organización. He tenido la oportunidad de seguir documentalmente esta participación, justificada hace 70 años, por ejemplo, bajo la premisa de “ser esta nuestra tradición”; respaldada porque los ingresos municipales en enero eran más importantes por el pago de derechos con motivo de la Fiesta que por el pago de impuestos; por las delicadas intromisiones de presidentes ex revolucionarios que organizaban y lo que es más, garantizaban la realización de las danzas tradicionales, facultados ex profeso para multar a los danzantes que no acudieran el día del evento al atrio o incluso, a los días de ensayo.

Luego, los jaripeos, cuya organización se distribuía entre las 5 secciones del pueblo: un jaripeo por cada una de las secciones, a costo de los pobladores. Nombramientos para recaudar cooperaciones, para vigilancia del ruedo, para contratar ganado y jinetes… una tradición elevada a norma. Luego, para demostrar que la Fiesta es una celebración de impacto social y antropológico, los préstamos culturales y la franca aculturización: las Mesas de la danza azteca que venían a rendir respeto a los capitanes de la región y la llegada triunfal y orgiástica del chinelo, danza típica del Estado de Morelos, a finales de los años 50.

Comercio, derroche, impacto económico, necesidad de seguridad pública, devoción religiosa, celo de las autoridades, organizaciones comunales, historia amasándose, tradiciones hechas ley… un poco de todo es la Fiesta de enero. Lo más importante es que cada quién le pone su tono y cada quién la disfruta a su manera. Quedan todos cordialmente invitados.

 
 

El Dulce Nombre de Jesús… ¿desde el Renacimiento?

foto extraída de la Red

foto extraída de la Red

Johann Huizinga, historiador de mediados del siglo XX, fue de los pocos teóricos en alzar la voz contra el Renacimiento como una palabra que se pudiera aplicar a todos los grandes eventos culturales de la humanidad, lo cual es cierto. Sin embargo, el Renacimiento extendió sus brazos, con sus productos e ideas a lo largo y ancho del mundo; esto también es una realidad.

Para pensar sobre el Renacimiento en nuestra Cara del Cerro me atengo a Huizinga. No quiero decir que hubo o existió un momento en que se dio un resurgimiento de las ciencias y artes del pueblo, sino a los productos u objetos que existen aquí y que pudieron ser muestras, incluso productos del Renacimiento europeo del siglo XVI. La respuesta es una y solo una: sí la hay; ¿de qué objeto se trata?, sin duda, de la imagen del Dulce Nombre de Jesús.

La imagen venerada en la capilla del Calvario es un ícono de la identidad de este pueblo. Al margen de las creencias religiosas, sería ocioso restarle un mérito de identidad a la imagen misma. Hay un documento, de José Manuel Juárez y Sonia Comboni, elaborado por instancias de la Asociación Latinoamericana de Sociología Rural en 2005, que trata con cierto método el impacto social de la festividad religiosa de enero en honor al Dulce Nombre de Jesús, pero eso mismo es un tema que merece espacio aparte y trataré más adelante.

¿Por qué sostengo que la imagen es un producto del Renacimiento? Bueno, todo sigue una cierta lógica inductiva. La imagen tiene rasgos europeos predominantes: cara angulosa, la barba abundante y partida en dos, una altura considerable y color apiñonado. Claro, esto es una fisonomía general en las imágenes religiosas, así que la inducción necesita sus refuerzos.

Rastreando algunas otras imágenes de nazarenos e incluso de cristos crucifijados, es sorprendente el parecido con nuestra imagen local. Las hay abundantes en España, desde luego, pero también en imágenes “americanas” por así decirlo. “Americanas” entre comillas, porque hay nazarenos en Perú (en la televisión ha aparecido un reportaje amplio sobre el culto a un nazareno realmente idéntico al Dulce Nombre de Jesús, pero negro en su totalidad) y en ciudades de México que consta, fueron piezas artísticas traídas de Europa.

La similitud se explica por las corrientes estéticas que imperaban en la época. Algunas versiones sobre la edad de la imagen del Dulce Nombre de Jesús, sostienen que se trata de una imagen del siglo XVIII, pero, como digo al inicio de este texto, hay razones para creer que se trata de inicios del siglo XVI, cuando menos.

Francisco de la Maza en su ensayo Panorama del Arte Colonial Mexicano, habla de la importancia en España, a inicios del siglo XVI, de ex discípulos de los talleres florentinos y toscanos, que en la península ibérica se dedicaron a elaborar esculturas, templos religiosos y algunas obras de ebanistería, como retablos y ornamentos. El erudito potosino especula que muchas piezas en templos novohispanos, de aquella época incipiente del arte colonial, provenían de esos talleres de ex discípulos, y que en todo caso, se trataba de copias inspiradas en los modelos que los artistas italianos podían haber “impuesto” como una moda en su época.

En Granada se venera al Cristo de San Agustín[1], una pieza artística de indudable valor estético y cuyo parecido con el rostro de nuestra imagen es sorprendente. Pero su importancia radica en que es una de las piezas mejor documentadas en cuanto a su factura. Se sabe que fue obra del artista italiano Jacopo Torni (nacido en 1476), mejor conocido como Jacobo El Florentino, que fue contemporáneo de un gran referente del Renacimiento: Miguel Ángel.

En 1508, según consta en la famosa Vida de los Artistas más Ilustres, de Giorgio Vasari,  fue uno de los pintores que auxilió a Miguel Ángel en la decoración de la Capilla Sixtina, pero en 1520 llega a España para contratarse como artista al servicio del Imperio, que no solo comenzaba su expansión en todo el mundo (un año después, en 1521, caía Tenochtitlán, por ejemplo) sino que requería de un boato que el arte del Renacimiento bien pronto comenzó a delinear.

Torni se contrató entonces como escultor y arquitecto diseñador en Granada y antes en Murcia y Jaén, ciudades del sur de España, donde trabó amistad con otros artistas españoles, como Juan López de Velasco (entallador), Pedro Machuca (pintor), Sebastián de Alcántara (cantero) y fue formando un grupo de ayudantes entre discípulos, pintores asalariados y artistas asociados.

Jacopo Torni elaboró gran cantidad de obras artísticas en donde fue depositando sus conocimientos del arte clasicista, manierista e imponiendo algunas innovaciones en los grutescos, decorados, tallas y esculturas que son reconocidos por lograr fusionar su conocimiento digamos “formal”, con las características subjetivas del pueblo español, reflejadas en la fisonomía, la actitud y el mensaje explícito de las obras, completamente peninsular: dado a la afectación, el reflejo de lo trágico, los rictus de dolor, las miradas ambivalentes…

Ahora, el mencionar a Jacopo Torni no significa que éste artista haya sido el autor del Dulce Nombre de Jesús, pero nos arroja mayor claridad al hacer la analogía comparativa entre las imágenes, porque en efecto, la imagen del Calvario tiene rasgos subjetivos evidentes; porque además, su manufactura es europea indudablemente, y en cuanto al tiempo, encuadra con las obras de inicios del siglo XVI (la madera, por ejemplo, no es el acostumbrado zompantle que se usaba y usa en la manufactura de imágenes huecas o máscaras, arte propiamente mestizo e indígena) y tampoco es de pasta de caña.

El emperador Carlos Quinto obsequió a la catedral de México un Cristo que hasta la fecha se venera, lo que habla de tempranos envíos de imágenes europeas hacia estas tierras. La zona, siguiendo con esta ilación, pertenecía al marquesado del Valle de Oaxaca y si es cierto, como marca la tradición, que la imagen del Dulce Nombre de Jesús estuvo en Huazulco, Morelos o bien, que procediera del actual Estado de Guerrero, no hay razones para pensar en que no se tratara de una imagen europea, tallada con una magnificencia y gran talento realista, pero lo que es más, con una técnica introducida en España por italianos directamente forjados en el movimiento renacentista.

Pudo ser un artista como Jacopo Torni o pudo ser un discípulo anónimo quien talló la imagen del Dulce Nombre de Jesús, que quizá hasta ni tenía esa advocación y se nombraba de diferente manera. Pudo pertenecer originalmente a una congregación religiosa o a algún templo opulento, pero aquí nos damos cuenta de que el Renacimiento está presente en todo el mundo, sea directamente o por sus consecuencias.

Ojalá esta reflexión sirva de aliciente para continuar armando una historia de la identidad de Tepetlixpa, por lo menos en ese segmento religioso-social, mismo que tiene muchos años por detrás y entre ellos, como cadenas, secretos que de aclararse, nos harían ver con más fuerza el valor histórico de la hermosa imagen.


[1] Juan Jesús López-Guadalupe Muñoz en su El Santo Cristo de San Agustín. Notas para un estudio artístico, Boletín “El Muñidor”. Noviembre-Diciembre 1993 (pueden consultarlo en la página http://www.cristodesanagustin.com/artimagcristo.htm) se refiere a las consideraciones estéticas de la obra en cuestión.

 
 
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