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Archivo de la categoría: DULCE NOMBRE DE JESÚS

Crónica de una cárcel insólita: 6 de agosto de 1935

(Una cárcel verdaderamente insólita. Foto: M.S.)

(Una cárcel verdaderamente insólita. Foto: M.S.)

Si algo resuma la iglesia del Calvario es esa serenidad que todo lugar religioso impone. Y aunque su ornamentación es a un punto tan bizarra y delirante que podría terminar en distractor, el lugar sigue imponiendo un respeto mayúsculo: tanto como si la imagen se percatara de todo lo que acontece frente a él.

Las tradiciones del santuario se han ido convirtiendo en ley. Uno entra de rodillas hasta la imagen milagrosa, y por regla que excepcionalmente se rompe (y por lo bajo siempre se procura), no se pueden tomar fotografías ni hacer videos del interior). Eso más el sistema de circuito cerrado, daría la impresión de que el Calvario es un templo vigilado y acechante, que no tolera desviaciones del respeto ni del orden público. De ahí que parezca irreal un asunto en el que el templo fungió como cárcel. Allá en el lejano 1935.

El documento que resguarda la memoria del incidente usa tanta formalidad que pone de inmediato sobre aviso: “Relativo a la acusación presentada por los ciudadanos Pedro Martínez, Nicasio Pérez, Felix Rosales y Florentino Avaroa en contra de Tomás Pérez por el delito de injurias”.

Nos debemos trasladar a la fiesta del seis de agosto de 1935. El atrio se limitaba a un pequeño terraplén enfrente de la puerta principal que a lo más contenía un espacio para colocar los puestos, los volantines y ciertos negocios de comida.

("A las diez y minutos de la noche". Foto: M.S.)

(“A las diez y minutos de la noche”. Foto: M.S.)

“A las diez y minutos de la noche”, el comandante de policía Tomás Pérez entró al templo y arrió a lanzar injurias y ofensas contra los presentes, escandalizando a los azorados feligreses y mayordomos. Al parecer, el comandante entró en estado de embriaguez y en las mismas palabras de tan insólita crónica, se mantuvo “injuriando al templo, a nosotros y a toda la humanidad”. Los mayordomos, sorprendidos y es de pensar, sumamente ofendidos “al ver el escándalo tan insoportable quisimos echarlo fuera pero él no se quiso salir, fue más peor el escándalo y la injuria, hasta queriéndonos pegar a nosotros y a todos los que se encontraban en el lugar”.

             Cuando yo era niño mi abuelo solía contarnos un escándalo que le tocó ver en el Calvario, cuando él era hombre maduro. Uno de sus conocidos, embriagado sí, pero contrito a pesar de todo, se coló hasta los pies mismos de la imagen del Dulce Nombre de Jesús, haciendo caso omiso de las reconvenciones y de los feligreses arrodillados. El hombre se quitó entonces el sombrero y comenzó a dialogar de tú a tú con la imagen, expuesta en la parte baja como sucede en las fiestas, cuando se baja de su baldaquino y se coloca en un ciprés de madera para recibir el culto popular. Según mi abuelo, el hombre aquel le estuvo recriminando todo el devenir de los hombres, sus asuntos, sus problemas y sobre todo el mal rumbo que iba tomando la fiesta, con escándalo, borrachos, alegatos y broncas. “¡Yo ya cumplí con avisarte!” dijo el hombre al terminar su perorata, sincerándose con la imagen: “¡ahí tú sabes lo que tienes que hacer!” remató. Acto seguido se salió devotamente del templo.

            Pero en el escándalo que protagonizó el comandante, el asunto no tuvo nada de esa sinceridad candorosa. El comandante siguió gritando y ofendiendo, diciendo que él no sabía que nadie lo mandara, que “el [podía] hacer y deshacer en ese lugar porque él era el jefe”. Seguramente en ese momento todo fue asunto de gran aflicción pero ahora no deja de ser una anécdota brillante y jocosa. Sobre todo por el desenlace: un mayordomo sale a pedir auxilio a la vecindad, y quizá le ayudaron de buena fe, pero siendo el causante del escándalo el mismo comandante de policía, era de suponerse que cargaba las llaves de la cárcel pública, y lo que es más, que no había nadie en la cárcel para recibirlo, o lo que es igual: no podía detener al policía porque no había otro policía y él mismo era carcelero.

            De ahí que la solución haya sido drástica. Echarle cerrojo al santuario y esperar a que el escándalo concluyera.

("Echarle cerrojo al Santuario y esperar...". Foto: M.S.)

(“Echarle cerrojo al Santuario y esperar…”. Foto: M.S.)

            La lógica previene que pasar una noche en un templo, con una imagen religiosa de gran impacto emocional hubiera sido motivo suficiente para parar el escándalo, pero al menos, la memoria de este suceso dice otra cosa. A las seis de la mañana del día siete, los mayordomos van a inquirir. El comandante no solo no se ha calmado sino que sigue en fenomenal gritería. Así que van por su hermano, un tal Juan Pérez. “Nos volvió a injurias un poco más por delante de su hermano… queriendo convencerlo, al ver que no quiso pegó dos manazos… y desde luego hace la fuga”. Saber por dónde se fue, si por la calle de Jesús María, por la 5 de febrero, por la México o ya de plano hacia la parte baja, rumbo a Granera, eso es cosa que la historia no preservó, pero sabemos las pesquisas: a las once de la mañana, cinco horas después de que el comandante “hace la fuga”, los mayordomos presentan un escrito al presidente municipal, que ordena su búsqueda con una implacable eficiencia ejecutiva, puesto que media hora después es presentado a su autoridad. Los acuerdos de este mísero expediente son tan fenomenales como el resto de la historia: “el mencionado Pérez, al enterarse de que iba a ser detenido, trató de fugarse de la presidencia y en tono desafiante invitando a quien se creyera capaz de detenerlo”. Seguramente sí hubo alguien o sobreestimaba su valentía de pernoctar en el Santuario porque fue detenido en la puerta de la presidencia que como hasta ahora, da a la calle 16 de septiembre.

Acto final de este pequeño drama de pueblo: el presidente, seguramente airado por lo que se puede leer en su acuerdo final de la misma fecha y hora, envía al detenido al juez de primera instancia, en Chalco, pidiendo que se le aplique un castigo ejemplar “y se siente un precedente de moralidad y respeto, ya que estos individuos, sabedores de que en la población no hay fuerza pública que garantice la tranquilidad de los vecinos abusan de las garantías y amenazan a todo mundo, sin que haya alguien que se les pueda enfrentar por sus bravatas”.

Me uno al presidente municipal, que firmó y acordó para constancia: “doy fe”.

(¿Por qué calle se fue?. Foto: Archivo Ollin Altépetl A.C.)

(¿Por qué calle se fue?. Foto: Archivo Ollin Altépetl A.C.)

 

La imposible crónica de la Fiesta de Enero

Castillo en Atrio de El Calvario (foto: M.S.)

Castillo en Atrio de El Calvario (foto: M.S.)

Para escribir sobre la Fiesta no sirve mucho la crónica. Sigue siendo un momento de tradición y de esparcimiento para miles de personas. Sigue siendo una válvula social, un momento para entender como una comunidad puede organizarse y activar su economía de manera eficaz. Pero no podemos cegarnos: también es otra su dimensión actual, cambiante, en transformación, incluso en declive.

(Recorrido de El Vitor. Foto: M.S.)

(Recorrido de El Vitor. Foto: M.S.)

(Peregrinación religiosa procedente de Ozumba. Foto: M.S.)

(Peregrinación religiosa procedente de Ozumba. Foto: M.S.)

(Niños participando en recorrido de El Vitor. Foto: M.S.)

(Niños participando en recorrido de El Vitor. Foto: M.S.)

He entrevistado a diversas personas y sus agrupaciones. La respuesta recurrente es, como me dijo un castillero, que su fe es tan grande que en ella depositan sus acciones y por ella hacen lo que hacen. Así cuadra en efecto para la parte religiosa, principal motor de una festividad tradicional. Basta ver las procesiones, los momentos previos, las personas haciendo fila para ingresar al templo. Setenta años en este 2015 de una tan enorme como la de Chimalhuacán que sigue introduciendo sus formas de expresión y cultura. En este año son crecientes las peregrinaciones de Cuijingo, Ozumba, de San Miguel de Allende y otros lugares del país. En ese estricto sentido religioso la fiesta lejos de disminuir se acrecienta.

(Castillo de la "Pro Corporación de la Juventud". Foto: M.S.)

(Castillo de la “Pro Corporación de la Juventud”. Foto: M.S.)

Pero como un gran momento de Tepetlixpa puede que lo importante sea lo adyacente. Y es ahí cuando la crónica no basta. Ya en los siguientes días se sabrá el balance de éxito de eventos, las situaciones puntillosas, los datos duros de ingresos económicos, de las pérdidas, el saldo criminal y puede que hasta el dato necrológico. Ahora sería pura especulación o falsa moralidad. La Fiesta profana, en las comidas de cada casa, en la comparsa, en el recorrido del domingo es lo que para muchos mueve estos días y basta: les invito a hacer una somera revisión en Facebook para ver la cantidad de videos, fotos y sobre todo las expresiones de un orgullo local desmedido de aquí terminó la Fiesta ahí queda.

(Recorrido de Estandartes. Foto: M.S.)

(Recorrido de Estandartes. Foto: M.S.)

(Gude. Foto: M.S.)

(Gude. Foto: M.S.)

Pero me pregunto ¿qué le queda a cada fiesta después de enero? Ya en los años cuarenta se decía que los meses de menos trabajo eran precisamente, de febrero a abril. Vienen los días de todas las resacas y de las observaciones, sobre todo las críticas feroces y las envidas. Hace unos veinte años los abuelos se ensoberbecían de reconstruir “hasta donde había llegado la Fiesta este año”. Ahora con tristeza se reconstruyen latrocinios, los asaltos y las desgracias. Una buena crónica de la fiesta requeriría el lapso que va de febrero a los primeros días del siguiente enero y la participación de todos los que sobre ella tengan algo que decir.

(Flores de estate como regalo para el templo de El Calvario. Foto: M.S.)

(Flores de estate como regalo para el templo de El Calvario. Foto: M.S.)

(Danzantes de Los Moros. Foto: M.S.)

(Danzantes de Los Moros. Foto: M.S.)

(Castillo del sr. Dionisio Hernández. Foto: E.S.)

(Castillo del sr. Dionisio Hernández. Foto: E.S.)

(Banda Azteca del sr. Carmelo Andrade. Foto: M.S.)

(Banda Azteca del sr. Carmelo Andrade. Foto: M.S.)

(Dos chinelos. Foto: M.S.)

(Dos chinelos. Foto: M.S.)

(Danza Azteca en el Atrio de El Calvario. Foto: M.S.)

(Danza Azteca en el Atrio de El Calvario. Foto: M.S.)

(Personas cargando ruedas de castillo. Foto: M.S.)

(Personas cargando ruedas de castillo. Foto: M.S.)

Entonces, desde este papel de “registrador” de eventos, lo único que quisiera es llamar la atención sobre dos o tres puntos. El primero es la urgente necesidad de que cada agrupación garantice una seguridad más eficiente. Cuando los actos violentos (falso que sean imputables solo a los foráneos) arranquen espacios a las familias, a los niños y a los viejos, todo acto masivo será vano.

La segunda, que se dé una más estricta regulación de la venta de alcohol. Lo digo sin moralismo ni autoridad, simplemente con afán de lo que observé, del más exceso que pachanga.

La tercera sería más desmedida, pues no es para un grupo o una autoridad específica sino para todo el que quiera leerla: no dejemos que nuestra festividad en su sentido de esparcimiento, cultura, tradición y sentido familiar desaparezca en los próximos años.

(Grupo de danzantes en el atrio. Foto: M.S.)

(Grupo de danzantes en el atrio. Foto: M.S.)

(Perspectiva de puestos y asistentes desde calle 5 de febrero. Foto: M.S.)

(Perspectiva de puestos y asistentes desde calle 5 de febrero. Foto: M.S.)

A todos muchas gracias y seguimos con este trabajo de difusión cultural.

 

 

Recorrido de estandartes

(La salida del recorrido en la Ermita. Foto: M.S.)

(La salida del recorrido en la Ermita. Foto: M.S.)

La Fiesta de Enero, de la que ya he escrito en este blog (https://enlacaradelcerro.wordpress.com/2011/01/21/580/), sigue creciendo en virtud de que festeja una tradición, y éstas, como todo lo contingente, puede aumentar o desaparecer. Un buen ejemplo de ello está en el recorrido de estandartes, una actividad que no se remonta a los orígenes de la Fiesta pero que involucra aspectos muy interesantes por cuanto a los nuevos significados que le otorgan sus participantes. En esencia es un desfile, un desfile de estandartes cuyos contingentes usan de ese símbolo para identificarse miembros de una organización, en este caso, miembros de una agrupación de creyentes.

(La chirimía, instrumento colonial arraigado en Tepetlixpa. Foto: M.S.)

(La chirimía, instrumento colonial arraigado en Tepetlixpa. Foto: M.S.)

(Mayordomía del Dulce Nombre de Jesús. Foto: M.S.)

(Mayordomía del Dulce Nombre de Jesús. Foto: M.S.)

Ver el desfile recuerda los despliegues de poder simbólico del pasado: en la época virreinal como es sabido, las grandes corporaciones como el Cabildo o la Universidad hacían desfiles para mostrar su poder y el de sus agremiados, y cosa admirable, iniciando con la música de las chirimías, lo que al menos en este pueblo subsiste. Las procesiones, aún y cuando provienen de un asunto religioso, también se insertan en ese símbolo visual. Pero, ¿será el mismo caso en el Tepetlixpa del siglo XXI?

(El recorrido implica quizá el realizar ofrendas al templo. Foto: M.S.)

(El recorrido implica quizá el realizar ofrendas al templo. Foto: M.S.)

(Los estandartes en recorrido. Foto: M.S.)

(Los estandartes en recorrido. Foto: M.S.)

Como ya he escrito en este espacio el Vítor deviene en celebración de la misma comunidad: una fiesta para los que van a hacer la fiesta. En el caso de esta actividad no es así. Los que participan del largo recorrido (comienza en la Ermita y termina en El Calvario) lo hacen por su fe, por las creencias y devoción a la imagen capitalizada en la suma de personas que presentan sus exvotos e imágenes al templo. Cada demandito e imagen, así como los estandartes y arreglos florales son una suerte de ofrendas que se colocan en el templo mientras la Fiesta se celebra. Si el Altepetl, que es una ceremonia para “pedir permiso” de la celebración involucra a una pequeña réplica de la imagen original, en este curioso desfile con cientos de imágenes, el significado puede ser confuso y múltiple: ¿será una petición comunitaria para hacer la fiesta?, ¿se debe entender como una mera ofrenda?, ¿es señal de un respeto ajeno, toda vez que muchos de los participantes son de comunidades fuera de Tepetlixpa?, eso en realidad no se puede responder, quizá esta nueva tradición imbrique la misma fe y devoción de todas las tradiciones que existen junto al deseo, que por cierto tampoco se puede explicar, de que el respeto y la fe se manifiesten de manera solemne e indubitable.

(Como en la época virreinal, las chirimías abren el recorrido. Foto: M.S.)

(Como en la época virreinal, las chirimías abren el recorrido. Foto: M.S.)

No puedo decir nada más; los viejos tepetlixpenses decían con emoción que la Fiesta cada año crecía más y en el ánimo de los habitantes de este pueblo sucede otro tanto: este año quizá es el año con más cantidad de asistentes al recorrido. ¿Usted, qué opina?

 

¿Qué con el patrimonio cultural de Tepetlixpa? III

(Espacio donde su ubicaba la Capilla de San Miguel Arcángel, Nepantla, México. Foto: M.S.)

3. Una reflexión sobre las pérdidas culturales

Pero no es posible hablar de una pérdida a secas sin caer en el juicio de valor y el anacronismo. Nuestra perspectiva de darle valor a lo intangible es como he mencionado, muy reciente. Los habitantes de Tepetlixpa fueron sufriendo los embates de diversos factores que deberíamos analizarlos con calma y profundidad para reconstruir nuestra conciencia cultural. Debemos pensar en los procesos aculturizadores, es decir, a fenómenos que introducen la cultura de otros lados y desplazan la local. Falta una buena monografía sobre la danza de los chinelos para saber qué efecto tuvo la cadenciosa danza morelense, carnavalesca y burlona, para acabar con la seriedad y patetismo de las danzas autóctonas; parece ser que los músicos que trabajaban en Morelos indirectamente fueron introduciendo la danza (considerando dos factores: las comparsas más antiguas no se crearon antes de 1940 y los informes de los atractivos turísticos de 1938-39 no la mencionan en absoluto como práctica habitual) pero falta un estudio más serio. Sería deseable también que algún visionario rescate las recetas tradicionales del mole, champurrado y otros guisos que si bien no son exclusivos del pueblo pueden moldear un panorama sobre el gusto y la cultura gastronómica de la región de los volcanes entera.

(Campana consagrada por Alberto Fernández de Haro. Foto: M.S.)

Por cuanto al patrimonio cultural tangible también se deben analizar los contextos. El conflicto religioso que vivió Tepetlixpa en 1938 cobró su buena cuota de destrucción cultural. El doctor Alberto Fernández de Haro se dio a la tarea de remodelar la parroquia a causa de un incendio que años antes había maltratado el retablo original. Colocó una campana “de esquilón nuevo”, que aún se usa para llamar a misa, puso tablones y remozó varias partes del templo. A su llegada al pueblo en 1934, con una sensibilidad que aún emociona por su simpleza y amplio alcance, levantó un inventario de las “obras de arte” del templo que reseña objetos que ya no existen, como los “óleos de San Esteban” que adornaban el altar principal, las esculturas de San Antonio, San Isidro Labrador, San Pedro, la Purísima Concepción, de San Mateo o el cuadro de San Esteban frente al templo. En 1938 el desafortunado obispo de Tepetlixpa, fue expulsado por orden del gobernador y la insania de sus detractores destruyó su archivo que constaba, según inventario, de 43 libros (desconocemos su contenido), seis libretas más muchos documentos sueltos que amparaban su labor diocesana de la Iglesia Católica Mexicana o cismática como le conocían popularmente. Los anónimos defensores del tradicionalismo católico no solo desaparecieron su archivo arrancando los registros y quemando las partidas y asientos sino que desaparecieron sus fotografías e imágenes incluso hasta en los documentos municipales. Esa falta de sensibilidad de un patrimonio cultural por encima de las ideas nos ha privado de conocer qué influencia tuvo el obispo y su Iglesia en tiempos de los Cristeros en nuestra zona y qué proyectos culturales formales desarrolló, considerando por ejemplo, que el primer grupo de música religiosa (música, no coro) fue obra del presbítero Arnulfo Martínez, secretario del obispo.

(El doctor Alberto Fernández de Haro, obispo de la ICAM en Tepetlixpa. Foto: Archivo Ollin Altépetl A.C.)

No podemos culpar ni exigir respuestas a nuestros antepasados. Su obrar estaba condicionado por factores más poderosos que la sensibilidad, pero no dejamos de lamentar esas pérdidas. Una pérdida tan lamentable como la de los archivos del obispo De Haro fue la del mismo Archivo Municipal hace 100 años. El afán de destruir los registros de las deudas y los contratos leoninos llevo a las facciones revolucionarias a quemar los archivos municipales desapareciendo una parte considerable de la memoria del siglo XIX, no digamos de asuntos complicados o del sentir de los habitantes en esa época, sino incluso para conocer la lista completa de nuestras autoridades. Escuetamente sabemos que en la época de don Porfirio existió un cierto cacique local llamado Luis Rosales.

(Uno de los documentos más antiguos del Archivo Municipal. Expedientes de Educación. Foto: M.S.)

Otras pérdidas también se debieron a las contingencias de la guerra y la violencia social. Una imagen del Dulce Nombre de Jesús, reproducción bastante fiel, sufrió un periplo cuando, según las versiones orales, los mayordomos encargados de su culto murieron en la Revolución y el encargo fue pasando de familia en familia hasta que vino a parar en manos de la familia Arellano que para fortuna de todos aún la preserva. Según la versión oral del sr. Marcelino Buendía, la imagen original de la Virgen de los Dolores habría desaparecido por otro de esos periplos cuando sus encargados originales murieron y los responsables no quisieron continuar el encargo de hacer el rosario y cuidar a la imagen. Según esa versión, que aquí consigno con reservas con la finalidad que circule, la imagen habría sido vendida en Ozumba al anticuario empírico mejor conocido como Santo Prieto.

Entonces lo que no se puede tolerar y ciertamente indigna es que en ésta época sucedan pérdidas y destrucciones intencionadas. Nuestra conciencia sobre el patrimonio cultural es más firme y hay instrumentos legales que lo reconocen. No hay justificaciones para permitir la pérdida de nuestra cotidianidad: la Parroquia va entre el deterioro y una mala idea de remodelación que amenaza acabar con sus formas originales; seguir subiendo y bajando a la imagen del Dulce Nombre de Jesús en las fiestas religiosas es una amenaza para la integridad de la escultura. A propósito de la imagen, patrono de Tepetlixpa por tradición, su base, la “piaña” como se le conoce, tenía unos oleos fechados en 1896 en recuerdo de una remodelación de antaño y ha sido deteriorado por meterle unas barras de aluminio que faciliten su descenso.

Las pérdidas tienen una dimensión dolorosa por lo afectivo y la memoria de los involucrados que los lleva al lamento, la reflexión o lo literario (citar ruinas), sin embargo eso no logra paliar la realidad que usualmente es brutal. Tetepetlac es un paraje del campo de Tepetlixpa que mostraba hasta hace poco las extensiones agrícolas de la época colonial delimitadas por hermosas tecercas de más de 300 años de antigüedad (véase https://enlacaradelcerro.wordpress.com/?s=tetepetlac). La nueva carretera que pasara por el poniente del pueblo ha destruido buena parte de esos objetos históricos. Antes de que la litografía hiciera magia al reproducir fielmente imágenes, el Calvario tenía sus propias matrices de sellos de goma que les permitían hacer una reproducción artesanal de la imagen del Dulce Nombre de Jesús. Los sellos y el material si existen están arrumbados en las sacristías junto a diversos objetos que podrían dar cuenta de como se ha ido gestando una fe religiosa si se montara un mínimo museo comunitario. Pero no solo en el catolicismo hay destrucción. La Iglesia Evangélica fue constituida en su domicilio actual en 1945, en una casa del siglo XIX ubicada en la avenida Morelos. Hacia 2009 fue derruida para construir un edificio de dudoso gusto ecléctico.

Sin embargo una de las pérdidas más emblemáticas por los significados que tiene es la ausencia de la banda filarmónica en la fiesta de enero. Además de ser cultura formal (el repertorio era estrictamente interpretado con notas y abarcaban compositores de música clásica) su presencia explica el gusto por la música, la supervivencia de un gremio de viejos maestros que se aferran a sus gustos e indirectamente un proyecto para educar musicalmente. Las bandas eran contratadas por el difunto Salvador Quiroga, mejor conocido como El General, un melómano local de Tepetlixpa que junto a sus compañeros disfrutaban y permitían disfrutar el gusto por la música clásica. La indiferencia de los mayordomos, la terquedad de las demás organizaciones y una absoluta falta de sensibilidad hizo que los maestros decidieran no seguir contratando el evento porque sucedían absurdos y groserías como ponerles enfrente un sonido escandaloso o que mientras interpretaban una banda sinaloense comenzara su propio espectáculo enfrente y con un sonido aterrador. La memoria del difunto General y su labor de traer esa música formal parece que se ha echado a un bote de basura.

Para acotar esta lista que sería interminable (y dolorosa) hay que mencionar el caso más dramático de pérdida cultural porque involucró a buena parte de la población de Nepantla. En este año algunos pobladores de Nepantla echaron abajo la Capilla de San Miguel, histórica construcción de adobe y tejamanil que fue construida en 1845 por don Juan de los Santos. La pérdida en este caso es irremediable.

 

La Fiesta de Enero: reinterpretando tradiciones

 

(Quema de cohetes. Foto: M.S.)

La Fiesta de Enero puede ser un alud de personas aplastándose en las calles; bailes y jaripeos con las estrellas del momento que dentro de un año no volverán a sonar. Puede terminar en una comparsa de chinelos o en una borrachera de miedo y comenzar en una fila para recibir el lazo bendito. Me gusta pensar en la Fiesta de Tepetlixpa como un prisma que tiene muchas caras pero siempre un asidero: la tradición.  En este blog he dejado algunos artículos sobre la Fiesta y no intento repetir nada de lo ya dicho. En estos momentos continuo mi ensayo de interpretación sobre las tradiciones y aunque difícil de resumirlo me gustaría compartir algunas opiniones. Bienvenido cualquier comentario.

1. Nuevas interpretaciones. En Tepetlixpa hay una leyenda que al explicar la llegada de la imagen y los modos de su permanencia se convirtió en sinécdoque: la parte explica el todo.  “Ser de Tepetlixpa es tener la familia ahí, estar construyendo una casa y saber que en el Calvario está el Dulce Nombre de Jesús” escribo en el ensayo. La imagen fuera de lo religioso es una forma de identidad porque la identidad no es llegar a ser algo sino estar siendo lo que somos. El problema es el deslinde: ¿somos lo que sucede?

Por eso considero necesario rescatar una interpretación profunda. Es algo temerario porque en un momento de pachanga no habrán muchos que decidan hacer reflexiones, pero pienso que si la Fiesta es tradicional la tradición debe conocerse. El tema que me ocupa primordialmente es el del Vítor, para indagar qué hay detrás de un reparto de imágenes que se entiende (o sobreentiende) como la “víspera” de la festividad.

El Vítor, como las demás tradiciones de la Fiesta (Altepetl, danzas y peregrinaciones) no tiene bases firmes para reconstruir su historia. Se perdieron los datos esenciales, se murieron los testigos y protagonistas y ya no queda sino realizar interpretaciones de lo que significan esas tradiciones.

 

(Recorrido del Vítor. Foto: M.S.)

Entonces, el Vítor es una manera de reafirmar la devoción a la imagen. Al entregar estampas se involucra al destinatario en un cierto compromiso para con su fe y por esa fe con todo lo que acompaña: el ser de este lugar, el contribuir a la ubicuidad de la imagen (se lleva la estampa en la complicidad de la cartera y en el tablero del autobús y el coche), el forzar a la protección y finalmente a festejarse a sí mismos, pues Vítor en su primera acepción significa “homenaje público”. La imagen deja de ser un objeto religioso para ser una objetivación de la fe, que por cierto no conoce de religiones, es decir de rituales, más que el respeto. Se vitorea a la imagen y al mismo tiempo se celebra el que esté aquí. Se anticipa una fiesta y sin embargo ya hay fiesta: ser de Tepetlixpa y tener por 51 semanas la oportunidad de manifestar esa fe y ese respeto, pues, dicho popular: “la Fiesta es para los visitantes… uno puede ir cualquier día del año”.

Otras interpretaciones son válidas desde luego siempre y cuando se justifiquen. El Vítor puede ser el recuerdo de una antigua anunciación. ¿De qué? es imposible saberlo sin datos confiables. Podría ser el recuerdo de la llegada de la imagen; el recibimiento que se hacía a las antiguas y primeras peregrinaciones que llegaban al pueblo. Lo cierto es que hasta podría ser el recuerdo de las procesiones que se hacían antes de los años cuarenta (esto por fortuna sí está documentado) cuando la imagen permanecía en la Parroquia de San Esteban y era transportada solemnemente hasta su capilla para “pasar la Fiesta”.

Más temerario pero no tan descabellado el Vítor podría haberse nutrido de las tradiciones más profundas de Tepetlixpa. Las “señoritas” (recordando que las mujeres del recorrido eran originalmente mujeres maduras, núbiles y no niñas) son madrinas al momento de regalar. Las señoritas llevan las estampas en bandejas y los hombres de a caballo en morrales. ¿No se trata de dos objetos que representan la prosperidad, la abundancia y la alimentación?, ¿no son las fuentes donde se transportan los bienes caracterizados por la actividad de cada género (semillas/masculino, alimentos/femenino)? Ya en el extremo, la boda típica de Tepetlixpa, ¿no tiene acaso un baile de prosperidad que se llama “La Bandeja”?

 

(El broche de luces, otra vez. Foto: J.S.)

2. Nuevas preocupaciones. Hace pocos años una preocupación latente era que la Fiesta no fuera lo suficientemente vistosa para el visitante. Era una actitud de orgullo local pero también de entrega, de dar lo mejor de nuestra forma de ser para la gran semana del año. En la actualidad estas falsas preocupaciones se vuelven nada frente a los problemas que genera una Fiesta de grandes dimensiones. Se ha avanzado en materia de protección civil y se resguardan mejor los espacios para la quema de castillos y para el deambular de los visitantes. La Plaza de Toros, tan ambivalente por su alcance y funcionalidad no deja por ello de prestar un gran servicio y proteger a los que no gustan del jaripeo, pues antes era de lo más común que el toro rompiera el cercado e hiciera de las suyas en la calle (aunque, ¿un toro no tiene derecho a la diversión?).

Las nuevas preocupaciones ya que hablamos de tradición, es que precisamente terminen imponiendo prácticas que destruyan a la misma. Algún día platicaba con Jaime Estrada, un entusiasta promotor de la cultura y me dijo que si la danza de los negritos desapareció es porque así tenía que ser, que su ciclo había pasado. El chinelo se impuso y ahora nadie dudaría en darle su lugar de honor en esta festividad, pero ¿qué sucedería si el clima de intranquilidad (por no decirlo con su nombre: delincuencia) se adueñara de más espacios en este pueblo?, ¿qué sucedería si la violencia empañara la alegría de las comparsas? No es una pregunta fácil y no hay todavía una respuesta contundente. Cada quién es libre de disfrutar la Fiesta como mejor le venga en gana pero para terminar este post me gustaría decir al vuelo que no se olviden que hay toda una tradición y que el pellejo mismo del pueblo se apuesta en una semana de pachangas.

¡Bienvenida sea la Fiesta! por favor no deje de cuidar y de cuidarse.

 

¿Música tradicional?

(Música acompañando peregrinación. Foto: J.S.)

Tepetlixpa es un pueblo de larga tradición musical. Las primeras agrupaciones surgieron a inicios del siglo XX y se consolidaron después de la Revolución, cuando incluso, se dio una cooperación mutua entre las autoridades y los “maestros filarmónicos” como dicen los documentos, para que los acontecimientos públicos fueran amenizados musicalmente; además de que la cantidad de bailes que se organizaban en esa época era mayor de la que podemos imaginar.

El momento “cumbre” de la música (y los músicos) de Tepetlixpa se dio desde mediados de dicho siglo, cuando surgieron agrupaciones de música tropical y orquestas que trascendieron regionalmente. Fue su época de bombo y platillo en la que alternaban con las agrupaciones consagradas como la de Carlos Campos; en la que los músicos en lo individual lo mismo tocaban danzones que ese nuevo ritmo del “rock and roll”; incluso que se colocaran en bandas y orquestas más sofisticadas, y la referencia es obligada: el maestro Filiberto Ortiz de la banda filarmónica de la Secretaría de Marina en gira por Europa.

Después de las orquestas, la música de Tepetlixpa siguió un recorrido adecuándose a las pautas de la moda: los conjuntos tropicales en los 80, las primeras bandas de estilo sinaloense en los 90, el movimiento sonidero (una de las minorías más interesantes de Tepetlixpa) y los grupos musicales del ámbito religioso.

Con estos antecedentes hay que preguntarse, ¿entonces, hay música tradicional en Tepetlixpa? Para intentar una respuesta tenemos que considerar que la cercanía con Morelos y los préstamos culturales (cuando no la franca aculturización) han contribuido a definir el panorama. Por ello, la primera música “tradicional” sería la que provino de la tradición del corrido, llena de noticias y hechos de la Revolución. Para nuestra desfortuna, los últimos trovadores de este pueblo se murieron sin que fueran realmente rescatados. Desconozco si se han perdido las letras, pero existió un “Corrido de la Batalla de Nepantla”, directamente surgido de la época y luego, usando la técnica de las cuartetas octosílabas, se escribieron algunos corridos sobre el Zafarrancho (en los años 30 tan mentados en este blog) y muchísimos más sobre la Feria de Tepetlixpa, los montadores de toros (“El corrido del Titiasca” es muy famoso) y desde luego, sobre el Dulce Nombre de Jesús.

El segundo grupo de música “tradicional” tiene que ver con los procesos afectivos y el imaginario trascendental de las personas de este pueblo (que equivaldría a la “función de representación simbólica” de la que habla Alan Merriam). Música para danzas, para amenizar las representaciones de teatro, música religiosa. Es en este grupo donde se inserta la música más original de Tepetlixpa porque no responde a un criterio de moda, ni a un fin económico sino a sus, precisamente, representaciones de la vida y del universo.

Pero a esta declaración tan enfática debemos oponer muchas salvedades. La música religiosa se basa en las necesidades litúrgicas y muchas han sido adaptaciones de pasajes bíblicos. Las danzas, tomando en cuenta que la mas importante, el chinelo, no es originario de Tepetlixpa, han tomado ritmos más jocosos o interpolado canciones comerciales para cumplir su fin orgiástico. Quedaría entonces un estrechísimo reducto para hablar de una música tradicional de Tepetlixpa, presente en las poquísimas danzas que aún subsisten, sobre todo la de los “Moros con Garrote”. Música de chirimía, violín y tambora, flauta transversa o de carrizo es la que inunda el pueblo con cara de cerro en ocasiones especiales. Quedaría por indagar si las melodías en efecto son típicas de esta región o son otros préstamos culturales, pero dejo abierta esa solución para voces más autorizadas. Lo que me interesa compartirles es que aquellos músicos pasan desapercibidos en las grandes fiestas porque su música no cuenta con estruendosas bocinas ni tiene un ritmo y una melodía emocionante. Los sonidos son repetitivos, nostálgicos, llenos de patetismo y de historias que no a muchos interesan; pero finalmente se trata de una música original que ha subsistido años y años por personas que se preocuparon de heredar su oficio a algún interesado. Y digo interesado y no hijo, que hay una anécdota que oí un día a uno de nuestros viejecitos. Contaba que un músico de violín, que tocaba en la Danza de las Pastoras, siempre quiso enseñarle a su hijo el oficio y éste jamás aceptó. El día que murió el músico le preguntaron al hijo si seguiría tocando el violín y les respondió airado: “después del cajón, lo que aventé al hoyo fue el pinche violín”.

Así la música tradicional. Quizá no vayamos a crear una tradición sin antes cimentar bien nuestra cultura como pueblo, pero es muy importante rescatar la que aún sobrevive. Les comparto un pequeño video con una muestra de esta música. Se trata de los músicos que recorren las calles de Tepetlixpa antes de la Semana Santa para “anunciar” que vienen los días de guardar. Tiene un gran parecido con la música de los Moros y resulta enternecedor ver a los dos hombres caminando bajo el sol tocando para el que los oiga…

Y como colofón, los mismos músicos, pero en Viernes Santo y con una variante de la música:

 

Fiesta, personajes, estampas

Aquí una pequeñísima muestra de la Fiesta de Tepetlixpa desde sus personajes. Toda muestra es arbitraria, e insistir tanto en los Moros es para concientizar de que es nuestra última gran danza tradicional (más de 80 años de existencia, cuando no 100) y que hay que preservarla antes de que desaparezca. Aprovecho para invitarles a que visiten las “Galerías del Cerro” donde encontrarán más fotos de esta Cara del Cerro, Tepetlixpa.

(Un descanso antes del castillo. Foto: J.S.)

(50 años de la "Corporación de la Juventud". Foto: J.S.)

(Luces y nubes. Foto: J.S.)

(Nuevas generaciones "moras". Foto: J.S:)

 
 
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