(“El capitán no. 2”, óleo sobre tela, 140 x 120 cm. Fotografía cortesía de Orlando Espinosa)

Los moros también han atraído la atención de los artistas. Ya en los muros de la casa de Cultura se había experimentado, a finales del siglo pasado, una representación de esta danza; pero en realidad, el primero en proyectarlos como un objeto netamente artístico -y no solo decorativo o testimonial- es sin duda el pintor Orlando Espinosa.

Oriundo de Tepetlixpa, éste pintor tiene tras sí una historia circular e interesante. De natural vocación y talento, Orlando comenzó a pintar como una afición, aunque posteriormente se fue adentrando más en el siempre complejo mundo del arte. En sus propias palabras, se trata de un aprendizaje vital, no necesariamente académico: “a través del tiempo, practicando día a día, participando en algunos cursos en Casa de Cultura y hasta hace poco tiempo en el taller de un maestro restaurador; así como relacionándome con algunos otros pintores”. Lo que comenzó como un gusto, inmenso y desbordado por pintar, al paso de los años cimienta la conciencia del llegar a ser artista, no sólo por consenso o por los premios y el esfuerzo, como por la plena convicción de serlo: “porque estoy consciente que en el arte o para el arte no hay ningún obstáculo”

(Detalle. Fotografía cortesía de Orlando Espinosa)

Este no es espacio para abordar su perfil, sino para, a partir del mismo, echar una mirada a su última intención pictórica: el tema de los moros. Cabe decir que en ese trabajo converge, además de su gusto y amor por su pueblo, un espaldarazo del oficio. Es decir, sus cuadros ya han participado en subastas y bienales y muestran el mejor momento técnico y creativo de este artista tepetlixpense.

Veamos entonces su obra. De entrada, uno puede perderse en la factura del color más que en otro elemento. Son colores intensos de textura brillante en los que, la caricia de la luz al rozarlos, los convierte en objetos vivos.

(“Los danzantes”, óleo sobre tela, 130 x 110 cm. Fotografía cortesía de Orlando Espinosa)

En su homenaje a los moros, desde mi perspectiva, asistimos a un acto de fe, “una reivindicación a sus raíces”, como el pintor dice. Así que ahí están los cuadros, obras de formato medio y mucha técnica en los que el concepto “moro” se despliega con diversos matices. En Los danzantes, por ejemplo, la máscara del danzante de la derecha, despliega un contorno luminiscente que luego sigue por la figura del hombre, realzando la silueta de su chaqueta, el satín de su pantalón (un rojo brillante y plástico) y los adornos de papel picado repiqueteando encima del sombrero. Es el efecto de la luz, la afectación de una atmósfera excesivamente saturada, la que convierte al cuadro en un tema fuera de su aparente etnicidad. No es ya un danzante de pueblo: es un hombre con una máscara rosa, tan brillante que pareciera bruñida. La ocupa justamente como pensaban los griegos: una forma de ocultamiento de la persona, y al mismo tiempo, una forma de ser otra persona. Diablo, sarraceno, indio jugando a ser europeo y éste a su vez, queriendo ser árabe. Y la luz, inmanente, sale del cuadro para desperdigarse por el estudio del pintor.

Detalle. Fotografía cortesía de Orlando Espinosa)

Las comparaciones en la crítica no sirven, pero a veces funcionan como un truco que permite un cabal entendimiento de la primera vez. En ese sentido, la serie de pinturas sobre los moros de Orlando Espinosa, tal vez tengan algo del valenciano Joaquín Sorolla, sobre todo el de los cuadros a la orilla del mar. Una intensa luminosidad, un trabajo obsesivo con la tonalidad de su paleta, con el estudio de las fuentes lumínicas y los efectos que pueden conseguir se observan en ambos como vaso comunicante. Toda comparación es odiosa pero al menos tiende puentes, y la belleza del Moro, se hermana con el costumbrismo del artista valenciano, aunque Espinosa ha dejado ese costumbrismo a la zaga: ha elevado un objeto local a un rango de concepto universal.

(“Capitán no. 1”, óleo sobre tela, 130 x 110 cm. Fotografía cortesía de Orlando Espinosa)

Como no puedo etiquetar la propuesta de este pintor, trato de entenderla a la luz de analogías; sobre todo con Richard Estes y su hiperrealismo. En primer término porque el Moro de Espinosa tiende a una claridad que permite descubrirlo como un ser íntimo y reflexivo. Como se observa en El capitán no. 1 el signo del hombre, reposado en una silla, con su atuendo ritual a los pies y el gesto galante y despreocupado, muestra no solo un retrato bien ejecutado sino un signo que ya ha sido absorbido por lo simbólico. El crítico Hal Foster recalcaba, precisamente, que el sustrato del arte hiperrealista presenta la realidad como una superficie fluida y con reflejos múltiples, lo que significa que el arte de Estes, lo mismo que el de Rosenquit, Audrey Flack o Don Eddy (y en este caso, el de Espinosa), obliga a que el espectador recorra con la mirada toda la superficie de la pintura, que se deleite y esfuerce hasta el máximo de los extremos visuales, hasta “el punto de la implosión, el colapso sobre el espectador”. Barroco en el uso de perspectivas y juegos de visión, el Moro posa, es mirado, pero al mismo tiempo mira, taladra, exige. Se desnuda pero porque ya te ha desvestido; incluso antes de que llegues al estudio donde pende.

(Los juegos intertextuales. Fotografía cortesía de Orlando Espinosa)

Por si esto parecerá excesivo, el telón de fondo es un lienzo en proceso, precisamente, de muchas variaciones de la máscara de moros: el realismo mano a mano con lo intertextual, con ese antiguo pero siempre sugerente gesto de las correspondencias, del hacer que se está haciendo mientras todo se hace.

(Las manos. Fotografía cortesía de Orlando Espinosa)

Sea cual sea la filiación y el continente, la idea de Orlando Espinosa eleva y dignifica a los moros al saltar las trancas de lo étnico o folklórico y presentarlos como un modelo de significados que el espectador puede armar y construir. En esto, quizá hay un desplazamiento de la intención hacia el resultado, una ósmosis creativa que enriquece el cuadro, que se origina por un “tema regional” (“los temas son de tipo regional ya que me gusta retratar de alguna manera los costumbrismos de mi pueblo”) pero que en su estética resulta más abierto. Este no es el espacio para más especulación, pero el artista que Espinosa se reconoce, resulta más intenso que si solo persiguiera la documentación o el testimonio. Ahí está el óleo El capitán no. 2. Es propiamente un retrato pero no podría ser una ilustración ni solamente un estudio galante. En la vertical del cuadro, la mirada, perdida o apuntando a algún horizonte desconocido, la manos, excepcionalmente logradas, y el juego de luces, es un fragmento de la vida de un hombre. Como él sostiene, las motivaciones que tiene para pintar, al final de cuentas están en la vida misma, “pues creo que como artista tengo un deber con la vida, con mi pueblo y con mi patria”, incluso contra los obstáculos, contra lo difícil que es realizar un trabajo creativo y artístico en un pueblo,  “pues en realidad muy poca gente sabe que soy artista la mayoría me conoce por mi trabajo de siempre, los rótulos…”

(El pintor Orlando Espinosa. Fotografía de su página de Facebook)

Mientras el gran público local lo desconoce (pese a su relevancia, apenas han parado en su obra los medios informativos salvo generosas excepciones), sus moros recorren las galerías y exposiciones fuera del pueblo. Como homenaje cumplen un destino manifiesto que parece contundente: el espectador que mejor los aprecie será, casi por definición, el de fuera, el ajeno a Tepetlixpa. Para los enmascarados quizá así resulte mejor y en el camino alguien los valore y decida investigarlos (sin duda le prestarán entonces todas las facilidades para hacerlo). Para el artista, sus homenajeados le van ayudando en su crecimiento, en su técnica, en su interacción: “en muchos de los casos utilizo parte de mi trabajo con el arte”. Parte de su cultura con el arte, pudiera apuntalar.

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