(Castillos 2009. Foto: M.S.)

La última semana de enero se celebra en Tepetlixpa la devoción al Dulce Nombre de Jesús, imagen de un nazareno que se venera en la capilla del Calvario. Sin embargo no es por un calendario religioso que la fiesta sea en enero sino por tradición: un martes, perdido en el tiempo pero martes, de la última semana de enero, la imagen llegó a Tepetlixpa bajo condiciones rarísimas: trayéndola de la ciudad de México donde se había restaurado, sus porteadores pernoctaron en Tepetlixpa en un mesón. Cuando la población se enteró, acudió al lugar, pidió que fuera mostrada la imagen y en común acuerdo la llevaron a la capilla de Panchimalco, antiguo barrio del siglo XVIII, porque “una imagen tan bella no puede dormir en un mesón”.

Por la mañana operó el milagro: la imagen no se quiso ir. Cargaron, empujaron, tomaron fuerzas. Nada; la imagen se quería quedar. Cuenta la historia que fueron a su pueblo (para no entrar en debate es mejor así “su pueblo”, que es una discusión bizantina saber si provenía de Huazulco, Huitzuco, Chilacachapa, etc.) para traer más porteadores y aún así, la imagen se quería quedar en Tepetlixpa, que se hizo tan pesada que nunca la pudieron cargar de regreso.

Y desde entonces se celebra la Fiesta, un acontecimiento singular que ha llamado la atención de muchas personas. Ya desde los primeros post de este blog había señalado el trabajo de Sonia Comboni y José Manuel Juárez, sin contar con la infinidad de trabajos, escritos, folletos e incluso materiales audiovisuales que existen al respecto.

La Fiesta es un gran acontecimiento desde el punto de vista que se quiera ver. Para los pobladores es un momento de alegría, diversión y esparcimiento; también de compromisos económicos, de cumplir obligaciones con comparsas, grupos organizadores, corporaciones, mayordomía e incluso con compadres y amigos. Cada persona sabe cómo y en qué proporción se involucra en la Fiesta, pero es seguro que todos lo hacen. Una trasposición de la novela La Feria del gran Juan José Arreola nos ahorra el describir cómo se celebra el evento, pero vale la pena hablar de sus particularidades, que aquí no hay feria, hay Fiesta.

("Broches de luces". Foto: J.S.)

Religiosamente es un evento de primer orden para el catolicismo por la cantidad de celebraciones y sacramentos que se verifican; lo mismo por la devoción de peregrinaciones que acuden al templo. Sin entrar a fondo en las mismas, que no es la intención, todo puede resumirse con el valor que adquiere el hecho de venir a este pueblo para rendir respeto a una devoción y el nombre con que fuera de tecnicismos se bautiza a la imagen, sea “El Señor de Panchimalco”, “el viejito que me cuida” o como hace poco oí magistral: “El Señor que sale a caminar por su pueblo”.

Socialmente, la Fiesta es el detonante para la movilidad del pueblo y la zona. Los compromisos significan gastos, y surge el detonante económico en nexos aparentemente insignificantes pero que equilibran la economía regional: insumos que se compran en el mercado, pago de ayudantes para hacer las comidas, compra de materias primas, aumento de ventas en las tiendas de abarrotes y en primer lugar, la inyección de recursos a las fábricas de cohetes de la región que proveen cohetones y hacen los “castillos”, el broche de luces para las noches de Feria.

La Fiesta en un cálculo aproximado estaría por cumplir 200 años de celebrarse, pues hay razones de peso para creer que la llegada de la imagen sucedió en el primer cuarto del siglo XIX. Desde entonces, las relaciones afectivas que provoca la Fiesta crecen. Se invitan a conocidos a las comidas que se hacen en las casas, se crean compadrazgos, se afianzan las relaciones o bien, se formalizan.

Su importancia se puede medir al analizar el grado de participación de las autoridades municipales en la organización. He tenido la oportunidad de seguir documentalmente esta participación, justificada hace 70 años, por ejemplo, bajo la premisa de “ser esta nuestra tradición”; respaldada porque los ingresos municipales en enero eran más importantes por el pago de derechos con motivo de la Fiesta que por el pago de impuestos; por las delicadas intromisiones de presidentes ex revolucionarios que organizaban y lo que es más, garantizaban la realización de las danzas tradicionales, facultados ex profeso para multar a los danzantes que no acudieran el día del evento al atrio o incluso, a los días de ensayo.

Luego, los jaripeos, cuya organización se distribuía entre las 5 secciones del pueblo: un jaripeo por cada una de las secciones, a costo de los pobladores. Nombramientos para recaudar cooperaciones, para vigilancia del ruedo, para contratar ganado y jinetes… una tradición elevada a norma. Luego, para demostrar que la Fiesta es una celebración de impacto social y antropológico, los préstamos culturales y la franca aculturización: las Mesas de la danza azteca que venían a rendir respeto a los capitanes de la región y la llegada triunfal y orgiástica del chinelo, danza típica del Estado de Morelos, a finales de los años 50.

Comercio, derroche, impacto económico, necesidad de seguridad pública, devoción religiosa, celo de las autoridades, organizaciones comunales, historia amasándose, tradiciones hechas ley… un poco de todo es la Fiesta de enero. Lo más importante es que cada quién le pone su tono y cada quién la disfruta a su manera. Quedan todos cordialmente invitados.