(¿Nahuales? Foto: M.S.)
(¿Nahuales? Foto: M.S.)

Con gran expectación terminó la Exposición de fotografía antigua Tepetlixpa, un viaje por el tiempo, donde se produjo un interesantísimo “descubrimiento” pues hubo quien juró y volvió a jurar, que en algunas fotos aparecen fantasmas y una calavera con sombrero. Aunque ello tiene su explicación lógica, el ambiente de extrañeza y la imaginación son más interesantes que la técnica fotográfica y causaron sensación. Por eso, y ya que estamos en la puerta del otoño, comenzaremos un pequeño recorrido por las historias, mitos y leyendas de la Cara del Cerro.

Mucho se habla de Nahuales en todo México. No es para menos, la idea de la dualidad es rasgo común de nuestro pasado prehispánico, y el Nahual no es ni más ni menos que un doble del hombre: su compañero, su protector. El nahual es sobre todo un animal que aporta sus características a su compañero–hombre y que forman una entidad que desdoblada, sigue los mismos caminos homeopáticos que tan erudita y decimonónicamente ha escrito Frazer en su Rama Dorada. El nahual es entonces como un desdoblamiento del hombre y un préstamo animal, por eso el maestro Andrés Henestrosa decía que conocía perfectamente a su nahual, el alacrán…

Tepetlixpa no podía quedar fuera de esa tradición. Aquí el nahual es sin embargo una entidad, cuando no malévola, burlona.

Se cuenta que el nahual es quién ha pactado con demonios a través de ensalmos y brujerías para obtener las destrezas y habilidades de un animal en particular. Gatos, sigilosos y silentes; burros porfiados, emblemáticos quizá porque los animales de pezuña marcada se vinculan con la tradición bíblica del mal, y por extensión cualquier otro animal de señera apariencia, son las manifestaciones de los nahuales, que dicen los viejos del pueblo: “saltan el tlecuil sin quemarse los pies”.

En el Tepetlixpa de antaño, antes de la luz eléctrica, las espesuras de la noche eran tan profundas que la imaginación alimentó de estos seres a la comunidad. El nahual de Tepe por lo menos conserva la idea de dualidad porque el humano se convierte a voluntad en un animal. Las leyendas cuentan que se convierte para realizar sus fechorías, para robar niños, para no ser descubierto. Pocos o casi nadie dice que el nahual es nahual por tener una sabiduría incomprendida.

Lo cierto es que los nahuales corren por las calles después de la medianoche. Los que se transforman en burros echan carreras, para solaz de sus pezuñas quizá. Mientras tanto, otros (no sé si gatos o gallos) castigan, porque aquel que les ha hecho una afrenta sufre las consecuencias del mutado: lo patean, le destruyen sus pertenencias, lo “arrastran”. Contentos, y aterrando a los trasnochados, los nahuales corren después de su trabajo y sus competencias en las calles, por las azoteas y  los corrales de este pueblo.

Pero hay otra cuestión fundamental, las “pruebas” de su existencia. Igual que hace años, hoy se platica por  las noches (en los corrillos afuera de las tiendas y en las sobremesas) que fulano de tal es nahual. Yo mismo, de niño, salía a mi calle que en ese entonces era de arena, para contar con los vecinos las pisadas de los nahuales y luego, para señalar con el dedo, disimuladamente, a los presuntos implicados, sin contar que obviamente, oíamos las “carreras” después de medianoche.

Irrefutable, el poder del nahual adolece de ser falible, pues también he recogido historias de familias que cierta noche atravesaron a un descomunal gato que los molestaba con una varilla y por la mañana, se enteraron que un señor tenía una herida en el abdomen… ¡causada por una varilla!

A través de la historia de éste pueblo a las personas tachadas de ser nahuales sólo  se les ha permitido una ligerísima prueba de descargo que termina por convertirse en una condenación sin conceder: todo personaje con intenciones oscuras, de costumbres extravagantes, de hábitos nocturnos o con unos saberes intrincados sólo puede ser una y no otra cosa…

Claro, justo eso que estás pensando.