El homenaje a moros y capitanes de Orlando Espinosa

(“El capitán no. 2”, óleo sobre tela, 140 x 120 cm. Fotografía cortesía de Orlando Espinosa)

Los moros también han atraído la atención de los artistas. Ya en los muros de la casa de Cultura se había experimentado, a finales del siglo pasado, una representación de esta danza; pero en realidad, el primero en proyectarlos como un objeto netamente artístico -y no solo decorativo o testimonial- es sin duda el pintor Orlando Espinosa.

Oriundo de Tepetlixpa, éste pintor tiene tras sí una historia circular e interesante. De natural vocación y talento, Orlando comenzó a pintar como una afición, aunque posteriormente se fue adentrando más en el siempre complejo mundo del arte. En sus propias palabras, se trata de un aprendizaje vital, no necesariamente académico: “a través del tiempo, practicando día a día, participando en algunos cursos en Casa de Cultura y hasta hace poco tiempo en el taller de un maestro restaurador; así como relacionándome con algunos otros pintores”. Lo que comenzó como un gusto, inmenso y desbordado por pintar, al paso de los años cimienta la conciencia del llegar a ser artista, no sólo por consenso o por los premios y el esfuerzo, como por la plena convicción de serlo: “porque estoy consciente que en el arte o para el arte no hay ningún obstáculo”

(Detalle. Fotografía cortesía de Orlando Espinosa)

Este no es espacio para abordar su perfil, sino para, a partir del mismo, echar una mirada a su última intención pictórica: el tema de los moros. Cabe decir que en ese trabajo converge, además de su gusto y amor por su pueblo, un espaldarazo del oficio. Es decir, sus cuadros ya han participado en subastas y bienales y muestran el mejor momento técnico y creativo de este artista tepetlixpense.

Veamos entonces su obra. De entrada, uno puede perderse en la factura del color más que en otro elemento. Son colores intensos de textura brillante en los que, la caricia de la luz al rozarlos, los convierte en objetos vivos.

(“Los danzantes”, óleo sobre tela, 130 x 110 cm. Fotografía cortesía de Orlando Espinosa)

En su homenaje a los moros, desde mi perspectiva, asistimos a un acto de fe, “una reivindicación a sus raíces”, como el pintor dice. Así que ahí están los cuadros, obras de formato medio y mucha técnica en los que el concepto “moro” se despliega con diversos matices. En Los danzantes, por ejemplo, la máscara del danzante de la derecha, despliega un contorno luminiscente que luego sigue por la figura del hombre, realzando la silueta de su chaqueta, el satín de su pantalón (un rojo brillante y plástico) y los adornos de papel picado repiqueteando encima del sombrero. Es el efecto de la luz, la afectación de una atmósfera excesivamente saturada, la que convierte al cuadro en un tema fuera de su aparente etnicidad. No es ya un danzante de pueblo: es un hombre con una máscara rosa, tan brillante que pareciera bruñida. La ocupa justamente como pensaban los griegos: una forma de ocultamiento de la persona, y al mismo tiempo, una forma de ser otra persona. Diablo, sarraceno, indio jugando a ser europeo y éste a su vez, queriendo ser árabe. Y la luz, inmanente, sale del cuadro para desperdigarse por el estudio del pintor.

Detalle. Fotografía cortesía de Orlando Espinosa)

Las comparaciones en la crítica no sirven, pero a veces funcionan como un truco que permite un cabal entendimiento de la primera vez. En ese sentido, la serie de pinturas sobre los moros de Orlando Espinosa, tal vez tengan algo del valenciano Joaquín Sorolla, sobre todo el de los cuadros a la orilla del mar. Una intensa luminosidad, un trabajo obsesivo con la tonalidad de su paleta, con el estudio de las fuentes lumínicas y los efectos que pueden conseguir se observan en ambos como vaso comunicante. Toda comparación es odiosa pero al menos tiende puentes, y la belleza del Moro, se hermana con el costumbrismo del artista valenciano, aunque Espinosa ha dejado ese costumbrismo a la zaga: ha elevado un objeto local a un rango de concepto universal.

(“Capitán no. 1”, óleo sobre tela, 130 x 110 cm. Fotografía cortesía de Orlando Espinosa)

Como no puedo etiquetar la propuesta de este pintor, trato de entenderla a la luz de analogías; sobre todo con Richard Estes y su hiperrealismo. En primer término porque el Moro de Espinosa tiende a una claridad que permite descubrirlo como un ser íntimo y reflexivo. Como se observa en El capitán no. 1 el signo del hombre, reposado en una silla, con su atuendo ritual a los pies y el gesto galante y despreocupado, muestra no solo un retrato bien ejecutado sino un signo que ya ha sido absorbido por lo simbólico. El crítico Hal Foster recalcaba, precisamente, que el sustrato del arte hiperrealista presenta la realidad como una superficie fluida y con reflejos múltiples, lo que significa que el arte de Estes, lo mismo que el de Rosenquit, Audrey Flack o Don Eddy (y en este caso, el de Espinosa), obliga a que el espectador recorra con la mirada toda la superficie de la pintura, que se deleite y esfuerce hasta el máximo de los extremos visuales, hasta “el punto de la implosión, el colapso sobre el espectador”. Barroco en el uso de perspectivas y juegos de visión, el Moro posa, es mirado, pero al mismo tiempo mira, taladra, exige. Se desnuda pero porque ya te ha desvestido; incluso antes de que llegues al estudio donde pende.

(Los juegos intertextuales. Fotografía cortesía de Orlando Espinosa)

Por si esto parecerá excesivo, el telón de fondo es un lienzo en proceso, precisamente, de muchas variaciones de la máscara de moros: el realismo mano a mano con lo intertextual, con ese antiguo pero siempre sugerente gesto de las correspondencias, del hacer que se está haciendo mientras todo se hace.

(Las manos. Fotografía cortesía de Orlando Espinosa)

Sea cual sea la filiación y el continente, la idea de Orlando Espinosa eleva y dignifica a los moros al saltar las trancas de lo étnico o folklórico y presentarlos como un modelo de significados que el espectador puede armar y construir. En esto, quizá hay un desplazamiento de la intención hacia el resultado, una ósmosis creativa que enriquece el cuadro, que se origina por un “tema regional” (“los temas son de tipo regional ya que me gusta retratar de alguna manera los costumbrismos de mi pueblo”) pero que en su estética resulta más abierto. Este no es el espacio para más especulación, pero el artista que Espinosa se reconoce, resulta más intenso que si solo persiguiera la documentación o el testimonio. Ahí está el óleo El capitán no. 2. Es propiamente un retrato pero no podría ser una ilustración ni solamente un estudio galante. En la vertical del cuadro, la mirada, perdida o apuntando a algún horizonte desconocido, la manos, excepcionalmente logradas, y el juego de luces, es un fragmento de la vida de un hombre. Como él sostiene, las motivaciones que tiene para pintar, al final de cuentas están en la vida misma, “pues creo que como artista tengo un deber con la vida, con mi pueblo y con mi patria”, incluso contra los obstáculos, contra lo difícil que es realizar un trabajo creativo y artístico en un pueblo,  “pues en realidad muy poca gente sabe que soy artista la mayoría me conoce por mi trabajo de siempre, los rótulos…”

(El pintor Orlando Espinosa. Fotografía de su página de Facebook)

Mientras el gran público local lo desconoce (pese a su relevancia, apenas han parado en su obra los medios informativos salvo generosas excepciones), sus moros recorren las galerías y exposiciones fuera del pueblo. Como homenaje cumplen un destino manifiesto que parece contundente: el espectador que mejor los aprecie será, casi por definición, el de fuera, el ajeno a Tepetlixpa. Para los enmascarados quizá así resulte mejor y en el camino alguien los valore y decida investigarlos (sin duda le prestarán entonces todas las facilidades para hacerlo). Para el artista, sus homenajeados le van ayudando en su crecimiento, en su técnica, en su interacción: “en muchos de los casos utilizo parte de mi trabajo con el arte”. Parte de su cultura con el arte, pudiera apuntalar.

Homenaje a los Moros y Tabaranes (II)

(Nuestro orgullo y talón de Aquiles. Foto: M.S.)

De máscaras y tabaranes

Aquí y en el libro he usado la misma fuente: en 1938, el coronel Vicente Trinidad Flores, presidente municipal, enviaba a Toluca un informe sobre los atractivos turísticos de Tepetlixpa donde enfatizaba además de las fiestas y jaripeos, a las danzas: “danza azteca, pastoras, pastorelas, negros, vaqueros, mixtecos, moros de careta, contradanza, carnaval, comparsa de disfraces…”. De la última, como en el libro señalo, no sabemos si se trataba ya de los chinelos, pero es muy significativo que de todas las enunciadas, hoy, casi ochenta años después, sólo sobrevivan los moros.

Alguna teoría antropológica y cultural nos podría explicar esta supervivencia, pero resulta más sabroso asomarse a la evidencia. Ochenta años documentados de estos enmascarados y sus travesuras, como eso de que el Sabario solía traer un animal disecado para espantar a la concurrencia, están labrados en el inconsciente colectivo de Tepetlixpa e imagino que también en el de los pueblos vecinos. “Los moritos”, dicen mis paisanos como para hacer tierno o llevadero lo solemne. Pero los “moritos”, con su máscara y ahora sin ella, se “pegan” a una procesión, a un castillo, a algún tipo de desfile y resultan imperdibles en el paisaje de esta cara del cerro. ¿Será que a todos los tepes, cuando fuimos niños teníamos miedo de los moros?, ¿luego superamos el miedo para convertirnos en moros sin máscara? Ochenta años, yo creo que de hecho, un poco más, y contra viento y marea se mantiene el grupo, aunque cada día más diezmado.

(Les dicen “los moritos” para restar solemnidad. Foto: M.S.)

Pese a todo, el moro ha sido espejo para el tepe. Los que aquí vivimos nos vemos con las caras exangües y con las tres ranuras expresivas muchos días del año y por ello, de tanto vernos nos hemos acostumbrado a la rareza de andar enmascarados. Para los fuereños, sin embargo, ese figurón del Sabario, con sus botines de media pieza, su sombrero bien tachonado de banderitas, su pulcro y brillante pantalón rojo y sobre todo, ¡sobre todo!, su elegante y lustroso saco negro, resulta ni mandado a hacer para descargar una respuesta que nivele la guerra verbal que intoxica todas las envidias naturales entre vecinos, sobre todo con nuestra histórica y divertidísima rivalidad con Ozumba. El moro es la apología del tepe y también su más excéntrica caricatura: la solemnidad de sus pretensiones y el escarnio de su pequeñez se reúnen en el moro. Son nuestro orgullo y también nuestro talón de Aquiles.

(El moro: espejo para el tepe. Foto: M.S.)

¿Han oído nuestros apodos? Escuche las tarolas y flauta con atención. Su melodía repetitiva tin-ti-ro-lin / ta-ba-ra-ba-rán es la broma más infalible, puesta en bandeja de plata, para que al tepe se le haga burla. En las divertidísimas esgrimas de orgullo pueblerino, ¿no es cierto que además de peruanos el apodo más común es el de Tabaranes? En la ronda de generaciones que ha poblado esta región, al de Ozumba se le dice con sorna tamalero y el aludido en el acto nos ha dicho y dirá “pinche tabarán”.

(“Peruanos” y “tabaranes” en este pueblo. Foto: M.S.)

¿Más señas de identidad?, creo que sobran las palabras. La cuestión en realidad es por qué no se ha dado el reconocimiento que esta danza merece. Qué tal ¿patrimonio cultural inmaterial de Tepetlixpa?, ¿qué tal si se construye una política pública para su salvaguarda?, ¿qué tal algún apoyo específico?, ¿qué tal si se promueve que no sólo los niños participen en la danza?

(Tepetlixpa: en la cara del cerro. Foto: M.S.)

Homenaje a los Moros y Tabaranes (I)

 

(De niño me daban miedo. Foto: M.S.)

¿Quién las trajo a estas tierras?

De niño me daban miedo, lo recuerdo perfectamente pero por más que intento no puedo explicarlo. Es que, vamos, se paraban frente a ti y movían lentamente la cabeza, de izquierda a derecha, luego al revés: un gesto tan raro que solo recordarlo me estremece.

De los dos me daba más miedo el negro que el rosa. Este último casi me caía bien, digo, el rosa está asociado a las cosas buenas, pero luego, cuando se acercaba ondeando su bandera, huía aterrorizado a mi casa.

La raíz del miedo quiero creer radicaba en sus máscaras. Absolutamente expresivas, con un sentido tan económico en sus recursos plásticos que podrían pasar por minimalistas o aún, primitivas. Tres ranuras (ojos y boca) y tres círculos de pintura roja sobre una base rosa o negra. Sólo eso. Pero de tal maestría que su expresividad es rotunda y ceremoniosa. Quien la porta no es un danzante sino un enmascarado, tan solo ataviarse, el hombre se convierte en un viajero por el tiempo, general de guerras antiquísimas, de otras regiones; en suma, un líder que prepara el ritual de las armas.

(Un patrimonio en riesgo de desaparecer. Foto: M.S.)

Desde luego hablo de los Moros con Garrote, la única danza tradicional que sobrevive en el Tepetlixpa de hoy en día. El miedo que vivía de niño se fue transformando por suerte en una forma de admiración y empatía. Al paso de los años uno concede que el Sabario ladeaba la cabeza para burlarse de quien lo veía, pero el efecto que provoca en los niños es como si de pronto, la madera se volviera contra el cuerpo y la talla cobrara vida. Ese gesto patético luce en realidad tan rotundo que en verdad da miedo. Pero quizá por ahondar ese miedo y por seguir la empatía, es que comencé la investigación sobre la danza que espero pueda concluir algún día.

(La historia que un día terminaré. Foto: J.S.)

Como describo en Tepetlixpa, una monografía colectiva, y hasta ahora no puedo desechar mis evidencias, la danza tuvo que venir de Veracruz, en las inmediaciones de Córdoba; en realidad, en toda la región centro. Es una variante de la danza de moros y cristianos pero muy similar en cuanto a la nuestra; comenzando por el gran Sabario, que comanda a los moros y existe en tierras calentanas como en esta cara del cerro; seguido por los elementos característicos de la danza, que enfatizan elegancia, colorido, sensibilidad y adaptación al medio. Me refiero  por lo menos a tres elementos: el sombrero con cuadros de papel de colores, el satín rojo (en delantal o pantalón) y las cabalgaduras talladas que se colocan en la cintura de los comandantes. Eso por no hablar de la música: tambor y flauta de carrizo.

(Moro veracruzano. Ilustración de René Espinosa Hernández)

(Detalle de la cabalgadura de un cristiano. Ilustración de René Espinosa Hernández)

Explorar estas evidencias no significa menospreciar lo propio ni forzarlas. Hablo de la máscara. No hay máscaras parecidas en Veracruz, ni siquiera en Naolinco, el paraíso para todo enmascarado. Las tres ranuras y sus mínimos adornos parecen ser únicas. Al menos no sé de otras parecidas y vaya que he buscado bastante. Eso me hace pensar, como también me ha sugerido Josué Serrano, no es tanto que sean “originales” ni “endémicas”, sino que acaso derivaron de otro modelo que ahora desconocemos, solo qué esa incógnita, de hecho, abre otras preguntas igualmente incisivas: ¿cómo sería ese modelo?, ¿cómo llegó a estas tierras?, ¿quién las trajo?

 

La máscara

Voy a regresar a la máscara que de niño me daba miedo. Asumiendo que fuera una copia mal lograda no por eso parece menos trabajada, ni su factura es menos expresiva que una más detallada y antropomorfa. En realidad, la máscara de moro es tan expresiva y al mismo tiempo tan impersonal, que cumple el cometido de toda máscara de fundirse con el que la porta y con-fundir los papeles. ¿Quién porta a quién?, ¿de quién es el rostro? Si en el chinelo sabemos de antemano que todo es una burla satírica hacia el español blanquito y barbón, en el moro renegrido y apenas inmutable, el personaje le ha dado un vaso comunicante a la máscara: la madera tallada ha sido encarnada, el personaje no es por cierto el hombre que la porta.

(Detalle de una máscara de moro de Naolinco. Ilustración de René Espinosa Hernández)

(¿Inspira a la máscara? Foto: M.S.)

 

Ahora quiero compartirles una pista que me permita des-enmascarar al moro. Si copió su máscara de las de Naolinco, en realidad consiguió una reinterpretación mucho más conceptual. Gracias al exquisito trabajo del joven artista René Espinosa Hernández podemos apreciar que las máscaras de moros y Pilatos, en Veracruz, son detallistas, eficientes y formalistas: se adaptan naturalmente al óvalo de la cara. En cambio, la de Tepetlixpa es cuadrada, tosca, de una proporción muy difícil de copiar. Pero es como digo, un concepto, algo que me recuerda al gesto hierático del mismísimo Popocatépetl: irónico y terrible, burlón e incendiario. Qué excelente artesano les talló las máscaras hace, qué, ¿cien, ciento cincuenta años?, ¿en qué se inspiró?, ¿qué sintió al ver al Sabario como un ser intemporal? ¿Se dio cuenta de que el espectador, más que el danzante, completaría el sentido de nuestra percepción?, incluso cabe preguntar, ¿cómo a mi otro yo niño, le dio miedo ver el resultado?

Esta historia, por supuesto, continuará…

4 maestros de Tepetlixpa

Ser maestro es un apostolado, un compromiso social que a lo largo del tiempo se ha mistificado por oscuras y luminosas razones. En un pueblo como el nuestro, es interesante recrear la vida cotidiana de los profesores y profesoras que han venido a dejar una semillita. Fuereños o locales, de grandes luces o mejores intenciones, el magisterio en Tepetlixpa es en sí mismo interesante y vale la pena conocerlo.

La siguiente lista es personal. Para mí son estos los maestros más representativos de la historia de Tepetlixpa atento a la forma en que ejercieron o ejercen su trabajo, al valor asociado a lo que ser maestro significa y por los valores personales que los identifican. Sin embargo, cada quién podría aumentarle o quitarle según sus preferencias. Para armarla traté de ser lo más objetivo posible, aunque sería grato que la lista continuara gracias a sus comentarios. Sin más, aquí los cuatro maestros de Tepetlixpa

(El interior según la lente de A. Briquet. Archivo Ollin Altepetl A.C.)

  1. Lorenza Gil

Hacia 1921 aparece en los registros escolares la señorita Lorenza Gil, que acumuló cerca de 28 años de experiencia docente en Tepetlixpa. Fue directora del plantel “Benito Juárez”, la escuela oficial de Tepetlixpa durante y después de la Revolución. Como he escrito en mi libro, el inspector escolar hacía constar que el pueblo y las autoridades la tenían en gran estima “por su gran dedicación y constancia”, pese a que estuvo en varias ocasiones cerca de ocho meses sin cobrar sueldo.

Además de ser directora, era la profesora de los primeros años, elaboraba material didáctico, recababa toda la papelería y era la intendente de aquella primera escuela pública.

(Temas desarrollados durante el ciclo escolar 1920. Foto: M.S.)

  1. José López Mendoza

Hacia 1924 aparece por primera vez como profesor de primer año este singular personaje, uno de tantos maestros que tuvieron que afrontar en el México de los años veinte y treinta, los cambios de enfoque de lo que el magisterio significaba.

López Mendoza fue pues maestro vasconcelista y luego parte de la educación socialista de Lázaro Cárdenas. Los testimonios orales que de él he recabado mencionan que era un hombre enérgico, voluntarioso, un líder en el término más legítimo que de esta palabra se puede hacer. Su labor entonces no sólo fue pedagógica sino política, y entre sus movilizaciones se cuenta ser uno de los promotores de que se construyera el mercado municipal, además de ser fundador y secretario de la Academia Pedagógica de Tepetlixpa, una junta de profesores de la región (por las actas que quedan de esa Academia se sabe, por ejemplo, que el profesor de Nepantla se llamaba Santiago Águila y que Margarita Espinosa, hacia 1924 era auxiliar).

Las rencillas que tuvo con el entonces secretario municipal, Manuel Mario Escalante, hicieron que en julio de 1935 se desarrollara el conocido “zafarrancho” que le costó la vida al funcionario municipal. No es que López Mendoza lo promoviera, sino que el secretario, al lesionar físicamente al maestro, desencadenó la incendiaria respuesta de la población que veía en el profesor a un gran líder, como ya en otros lugares he comentado ampliamente.

(José López Mendoza, secretario de la Academia Pedagógica de Tepetlixpa. Foto: M.S:)

  1. Alberto Espinosa Urueña

Sin duda alguna, el profesor de generaciones en Tepetlixpa. Hombre férreo pero divertido, de pura disciplina pero que gustaba vivir la vida. En el caso de este emblemático profesor, su propia vida lo definió. Perdido en el archivo municipal se encuentra un viejo papel donde consta que al jovencísimo Alberto, de 17 años, le es conferido el nombramiento de maestro de la escuela elemental. Desde entonces, este hombre amante del dibujo, de la poesía, excelente orador y declamador, se convirtió en un referente del magisterio local.

Si bien el profesor Alberto, como era conocido por propios y extraños, alcanzó reconocimiento social, su papel debe situarse en el contexto de su familia. Simón, Ana, Margarita e Isaura Espinosa, fueron otros profesores de distintas épocas en Tepetlixpa. Carlos Espinosa por ejemplo, consta como uno de los primeros maestros de la comunidad, en 1919.

Reconocido en un pueblo que poco para en sus propios talentos, una calle de Tepetlixpa lleva su nombre.

(Documentación oficial de la escuela elemental en 1922. Foto: M.S.)

  1. Esteban Cortés Faz

Alrededor de ese noble proyecto que fue la creación de una secundaria técnica agropecuaria, Tepetlixpa vio llegar a distintos profesores de otros ámbitos y estados del país. En el caso de este profesional, dentro de un grupo amplísimo de maestros que por cuestiones formativas y de intereses podríamos considerar como una Generación, es sin duda el más representativo. Amante de la Historia como forma de la realidad social, pero también de un amplio abanico de temas, de la geografía, el espacio, las artes, los sistemas políticos y en general de la cultura, hacen de este profesor un hombre esencialmente universal.

En Gude, digo de él: “él es quien podría demostrar el relativo valor del dinero y la enorme falacia en la que han vivido los hombres”, pues ya no es común ver a un profesor erogar de su propio bolso para que sus alumnos tengan materiales o conozcan nuevas tecnologías; y más adelante, de forma entre testimonial y descriptiva, que “cuando el maestro camina no hay quien no le salude con respeto y él les devuelve el saludo a cada uno por su nombre…” (p. 66). Pese a ello, Esteban Cortés Faz no busca los reflectores ni el reconocimiento; evita que se le vincule con las buenas obras que hace. Las hace y punto.

Quizá de saberlo, no le hubiera gustado que se le incluyera en esta lista de pura modestia.

El día que murió sor Juana

(Sor Juana: trescientos años y un piquito de inmortalidad. Foto: Web)

Sor Juana murió en domingo. Día grande en la ciudad más grande de los virreinatos en las Américas. Pero ni una entrada rebuscada como esta nos libra del cómo aprendimos el evento a través de esas perniciosas efemérides que se recitan en las escuelas: se murió por ayudar a otras monjitas. Entonces la imaginamos como una señora muy mayor, avinagrada, con el ceño abstraído y cierto rictus de dolor, pero muriendo plena en su fe, en su renovada fe que le hizo abjurar de la perniciosa literatura.

Solo que esa imagen, ¿no es la del sabio Méndez y Plancarte, que quiso ver a sor Juana moribunda como una casi beata?, ¿no es la imagen idealizada del buen don Tarsicio Herrera, que hubiera retado a duelo al que llamara lesbiana a su inmaculada doña Juana?

Como las respuestas pueden ser infinitas, apelaré a una imagen sobre doña Juana Inés que en 1695 tenía sus buenos 47 años de edad y que evidentemente, imagino más fúrica y dueña de sí que la almibarada monja casada con Cristo de los autores arriba citados. Solo advierta, estimado lector, que eso de imaginar hechos históricos ya de por sí es peligroso, cuanto más al hacer proyecciones sobre la personalidad.

(Ni santa ni mística. Foto: M.S.)

En lo personal, recuerdo y comenzaré con un estudio sorjuaniano, La décima musa de México, de Ludwig Pfandl, donde haciendo uso del psicoanálisis aventura una indagación (¿la primera?), sobre la intrincada personalidad de la monja. La crítica en realidad ha sido durísima con esta obra y su (¿des?)afortunada conclusión: “el alma masculina en cuerpo femenino”; pero como dice Heinrich Merkl, al menos Pfandl puso en evidencia que sor Juana no fue una santa ni una mística. Al margen de saber si sor Juana era mujer casta, hermafrodita espiritual (Octavio Paz dixit) u otras linduras como las de Mónica Lavín, yo en lo personal imagino que era demasiado fuerte, orgullosa y altiva como para morir alicaída y entregada de corazón al prójimo. No quiero decir que fuera solipsista, o que mirara por encima del hombro, pero como buena dama del siglo XVII, sus ideas sobre sí misma debieron ser si no interesantes, al menos bastante genuinas.

Entonces, imagino a esta sor Juana moribunda, que el lunes 10 estaba trajinando con verdadero furor las labores que solo ella supo que hizo. Qué más da lo que haya sido. Limpiar camas, sacar escupideras, vaciar bacinicas, llevar escudillas de comida o entregarse a los ejercicios espirituales para el bien morir, todo debió hacerlo con esa convicción espartana del que hace una faena por puro desenfado con el mundo. Si hubo penitencia y contrición eso sería accesorio. Para mi imagen final de sor Juana preferiría a una monja orgullosa que hace en silencio, atiende con cierto desdén y pruritos y en el silencio de su alma dice un “¡Dios mío!” para no soltar una palabrota.

(La Banda de Santa María Tepantlali, homenajeando a sor Juana en su tierra, abril del 2008. Foto: FARO Oriente)

Sobre la semana fatal, me gustaría especular que su decaimiento fue más que nada sorpresivo, como todo mal infeccioso. Una mañana estaría regañando a las timoratas que no querían lavar las franelas del menstruo y por la tarde ya estaría en cama, aterida de un frío insospechado para abril. Acechada por sus fantasmas literarios e intelectuales, por sus demonios personales y por algún postrer recuerdo que gracias a Dios, no supimos, que de haberlos conservado hoy sería el canon panóptico de santa Sor Juana, ortodoxo a más no poder.

Total. El domingo fue el último y apesumbrado día, aunque atenido a los únicos datos históricos de su necrología sabemos que la agonía se cebó sobre ella la noche del sábado, para venir a expirar a las tres de la mañana del domingo 17 de abril de 1695.

Antonio de Robles, cronista de la ciudad de México en su Diario de sucesos notables 1665-1703 relató la muerte de Sor Juana, que me permito citar en extenso:

 Muerte de una insigne monja de San Jerónimo. Domingo 17, murió a las tres de la mañana la madre Juana Inés de la Cruz, insigne mujer en todas las facultades y admirable poeta; de una peste han muerto hasta seis religiosas; imprimiéronse en España dos tomos de sus obras, y en esta ciudad muchos villancicos; asistió todo el Cabildo en la iglesia y la enterró el canónigo Dr. D. Francisco de Aguilar.

 

 

Termino. Hay que leer evitando caer en esa peculiar forma de exégesis que termina interpretando lo que uno quiere ver. Me refiero a los últimos datos. “Han muerto hasta seis religiosas”. No tengo el celo historiográfico ni es este el lugar para indagar cuántas monjas ocupaban el basto convento de San Jerónimo y ponderar así el impacto de la peste, pero, salvo que fueran 10 monjas, acaso la mortandad no era motivo alarmante ni escandaloso, al menos yo no encuentro manera de entender la parquedad del cronista al referir el hecho (siendo que otros “sucesos” son realmente vívidos).

(Una imagen más del 1 Festival Musa de los Volcanes. Abril de 2008. Foto: FARO Oriente)

Por último, genio y figura hasta la sepultura, como dice el refrán. Aunque pensamos en que los últimos años de sor Juana fueron de un silencio y obediencia sin par, habría que advertir en la necrológica, el hecho de que todo el Cabildo y un canónigo asistieran su funeral. No es poca cosa por cierto, que en medio de una epidemia, los jerarcas salieran de sus palacios y fueran al convento. Que sor Juana ya no tuviera sus armas y sus valedores no disminuyó su importancia social, que siguiera pesando como insigne mujer en todas las facultades y se le reconociera como admirable poeta. La aguerrida madre Inés encaró su último día con firmeza y yo creo, con la conciencia del escritor que se sabe ya famoso, haga lo que haga. En fin, si usted prefiere seguir imaginando a la monja silente, castigada y beata, resignada a no tomar nunca jamás la pluma, al menos coincidiremos que murió, sin embargo, con el aura de gente principal e importante de la Nueva España.

 

Chineléticas I: “Chinelos de Tepetlixpa”

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(Si llaman la atención. Foto: M.S.)

(Si llaman la atención. Foto: M.S.)

En realidad sí llaman la atención. Todo el lugar bulle de personas que quieren entrar al templo pero ellos están estáticos, mirándose mutuamente mientras acomodan sus trajes y sombreros. La atención que generan orbita en torno al colorido y parafernalia que despliegan; a esa sensación de que algo está a punto de comenzar explosivamente. Pero la calma se prolonga y desconcierta. ¿Por qué?, se preguntan los peregrinos que hacen fila, ¿por qué se tardan? ¿Acaso van a brincar?, ¿va a salir de aquí mismo la comparsa?, pero entonces, ¿dónde está la banda?, ¿por qué no se acaban de vestir? La fila avanza y no los fieles no pueden saber la respuesta.

            Las mujeres y hombres parados pertenecen a un grupo llamado Chinelos de Tepetlixpa. La convocatoria que lanzan es interesante: venir, la víspera del día mayor, a tomarse una foto enfrente del santuario; y resulta interesante porque más allá del lucimiento, lo que hacen permite divulgar una de las prácticas más reconcentradas de las fiestas de Tepetlixpa desde por lo menos hace sesenta años: el chinelo. No hay nada que los pueda caracterizar y dado que el gusto es algo profundo e intangible hay que estar atentos a los signos sutiles que rondan en las poses. Por ejemplo, el modo de alzar el sombrero, o ese gesto afectado para acomodar las máscaras para que no se maltraten. Los trajes vienen en cubiertas de plástico, como objetos de especial cuidado, como el artefacto de un mago que no quiere descubrir sus trucos antes de tiempo. Sus marcas, en cambio, las lucen sin embagues: una playera de color metálico con un diseño bien logrado les pone rúbrica como “Chinelos de Tepetlixpa”.

(Los nuevos tiempos del chinelo. Foto: M.S.)

(Los nuevos tiempos del chinelo. Foto: M.S.)

            Son los nuevos tiempos de la organización, o si se quiere ver así, la época digital y en línea del chinelo. Su comunidad de Facebook¸ cuenta siete mil doscientos seguidores, que obviamente no son exclusivamente del municipio, pero eso mismo proyecta su alcance de penetración. Según el censo poblacional de INEGI, Tepetlixpa tiene alrededor de 18 300 habitantes. La comunidad, si estuviera integrada exclusivamente por habitantes, representaría casi el 40% de la población, una legitimidad ni siquiera tienen las autoridades municipales, que se hacen de unas elecciones con un promedio de 5 o 6 mil votos.

Evidentemente el chinelo es una fuerza que arrastra con voluntades y contagia un ánimo furioso hacia elementos poco definidos pero sin duda presentes: la cooperación, la unión, la camaradería, el festejo popular. No tiene, desde la perspectiva de las fiestas, ningún competidor, salvo acaso los bailes masivos; pero el baile es cerrado y el chinelo es abierto, de recorrido por las calles; no se requiere ninguna invitación previa para sumarse a una comparsa y la felicidad que proponen es directa e inmediata. Incluso para los que organizan el brinco, que no andan entre los de traje, que no todo el tiempo van danzando y sin duda sufren por reunir los faltantes de dinero, la felicidad que muestran es absoluta.

(En busca de un estilo. Foto: M.S.)

(En busca de un estilo. Foto: M.S.)

            Los Chinelos de Tepetlixpa encuentran al fin un momento idóneo para posar en su foto; parece ser que porque una misa ha terminado. Días antes, Radio Mexiquense retransmitió con motivo de la Fiesta, una entrevista que realizó a Francisco Gochicoa, un joven artesano que ha elaborado buena parte de los trajes que en la foto van a lucirse. El artesano explicaba en la entrevista que además de sus objetivos de difusión, el grupo busca mostrar el traje característico de Tepetlixpa, una frase que ilustra sobre un proceso tal vez inconsciente, de identidad. Néstor Keer, uno de los administradores del grupo, señala por su parte, que buscan la difusión del chinelo, en abstracto, pero también en sus pequeñas grandes diferencias, es decir, entre el chinelo de Tepetlixpa y los de otros pueblos, en lo que cada comparsa propone en música, trajes, invitados o jolgorio; en lo que el “movimiento del chinelo” hace en otros confines, incluso en el mismísimo estado de Morelos, tierra natal de la danza. El grupo surgió por alguna razón concreta, pero se desmesura. Ha tendido puentes de comunicación con otros amantes de esta pasión. Trabajo titánico pero que fluye rápido y por inercia. En Facebook el grupo va generando una agenda y un foro. Reviso sus publicaciones al azar y encuentro fotografías, invitaciones para compartir eventos, muchos videos que se viralizan tan pronto son subidos a la plataforma y hasta me topo con un debate sobre si son pertinentes los “chinelos rasta” (un diseño de chinelo absolutamente bizarro, mezcla de reggae, alusiones jamaicanas y el peculiar estilo de las coletas que le dan nombre) dentro de una comparsa. Los comentarios son explosivos, hirientes, divertidos e inentendibles. Pero una usuaria (de Tepetlixpa) lo abrevia mejor: “Vénganse para acá. Aquí son bienvenidos”.

(Crear un foro para la discusión. Foto: M.S.)

(Crear un foro para la discusión. Foto: M.S.)

            Hay ciertas poses que terminan lugares comunes en la fotografía. Entonces, estos jóvenes amantes del chinelo, se colocan en una fila y muestran sus trajes de frente y luego hacen una media vuelta para lucir la parte trasera. Resalta el conjunto pero se pierden objetos específicos (algunos muy buenos para ser sincero); la masa compacta de chinelos ataviados se ve homogénea por un cierto estilo de colores y por una combinación que salta de un traje a otro con una amigable continuidad. ¿Será el estilo de Francisco Gochicoa el que marca el estilo del traje de Tepetlixpa? Un día, prometo, intentaré hablar del peculiar estilo de Francisco, que tiene una notable solución de profundidad y de técnica para conseguir relieves y claroscuros en sus figuras de chaquira. No todos los trajes son de él, pero quizá si sea cierto que va forjando un estilo propio, sea por los colores, por la intención o por el tipo de adornos que prevalecen, que luego hace sinestesia con sus amigos y compradores.

(los lugares comunes para una fotografía. Foto: M.S.)

(los lugares comunes para una fotografía. Foto: M.S.)

Como sea. Observo con calma mientras alisto mi cámara. Me percato que en realidad, el estilo de los Chinelos de Tepetlixpa es más subjetivo: es la misma prestancia de estos apasionados del chinelo que vinieron a tomarse una foto, que tienen tiempo para administrar un grupo virtual monstruoso y que, parafraseando a Eric Hobsbawm, quizá estén dando nacimiento a una tradición (aunque no lo sepan, aunque su nombre quede en el anonimato). Eso puede no preocuparles. No importa que acabe la Fiesta, seguirán buscando otra forma de seguir adelante, todo con tal de tener un nuevo carnavalito, otra comparsa, una invitación para salir, y resulta tan oportuno que la Fiesta en Tepe se acabe cuando prácticamente comienza la temporada de carnavales en Morelos.

(Las plumas, como de mercenarios alemanes. Foto: M.S.)

(Las plumas, como de mercenarios alemanes. Foto: M.S.)

            Me alejo del lugar de la foto. A la distancia los chinelos quedan empequeñecidos por la marea humana que se apretuja por entrar al templo, pero entonces regalan una estampa singular. Las plumas de sus sombreros flotan en el aire. Caminan sobre la marea humana, como naves que se abren paso en su levedad, hacia la euforia. Si los chinelos ridiculizan a los españoles, estas plumas parecen confirmarlo, remedan a las cimeras de aquellos mercenarios alemanes que sembraron el terror y el saqueo en la Europa del siglo XVI. Las plumas se mecen suavemente, como el vaivén del brinco. Los Chinelos de Tepetlixpa se encasquetan un casco que también convulsionará todo, pero por diversión, a favor de la alegría. Ahí están, se alistan para ir con sus respectivas comparsas y ejecutar su guerra contra el tedio y la monotonía que caracterizan al pueblo

La Fiesta en cinco crónicas

(Ganarse un poquito del cielo. Foto: M.S.)

(Ganarse un poquito del cielo. Foto: M.S.)

Subir por Granera

-A cada quien le pesa la subida según los pecados que tenga.

            -¡Ah caray!, ¿y eso?

            -¿Qué nunca lo has oído?, ¿Qué la subida te pesa según tus pecados?

            -No.

            -¡Cómo es posible! Es un dicho bien viejo…

            -Pues sí, pero no lo había oído.

            -¡Caray! Te falta conocer mucho todavía.

            -Sí. Aunque eso me recuerda que mi amigo David Morales escribió algo parecido, que te ganas un pedacito de salvación a costa de subir esta calle.

            -Bueno… espérame, tengo que descansar un poco. ¡Está terrible esta subida!

            -¡Es la más alta del pueblo! Cuando éramos niños hasta aquí llegaban los más temerarios de la bicicleta. No para subirla sino para bajarla

            -¡Para bajarla! ¡Qué locos!

            -Es la parte más empinada. ¿Te imaginas antes, cuando era un empedrado más bruto?

            -Bueno… creo que ya podemos seguir subiendo. ¡Está pesadísima!, es más alta que la subida del Sacromonte.

            -Pero es la subida al Santuario. No sé, algo tiene que costar.

            -Pues no veo mucha gente que digamos.

            -Ha de ser porque cambiaron la circulación de las calles, o porque no sé, a lo mejor les da miedo subir por aquí.

            -Pues yo no podría vivir aquí. Estar subiendo y bajando todos los días. ¡A lo mejor me da un infarto!

            -Jajaja. Ya estamos viejos. Cuando era más chico subía por aquí con mis amigos para ir a jugar básquetbol a la unidad deportiva. Y no solo subíamos rápido, casi corriendo, sino que hasta íbamos platicando. No parábamos nada para descansar. Uno de esos amigos, que aún sigue jugando, para entrenarse, sube corriendo esta calle y baja por la Sidar, no sé… unas cuatro o cinco veces.

            -Ya estamos viejitos… ¡Uf! ¡Por suerte ya llegamos!

            -Sí. Ya de aquí hasta la iglesia es pura bajadita.

(El "Señor de los Dulces". Foto: M.S.)

(El “Señor de los Dulces”. Foto: M.S.)

El Señor de los Dulces

Es morelense, desde luego. Pero no se sabe por los huaraches o la camisa desabotonada hasta el pecho, ni por el inimitable acento. Vamos, ni siquiera porque lleva una carretilla llena de palanquetas, jamoncillos, alegrías y camotes. Se sabe por su aura, una llaneza y modo de ser que a nosotros los alteños nos resultan  inconfundibles. “¿Aquí viene algo sobre la Fiesta?”, pregunta mientras hojea el libro. “Sí. Sobre las tradiciones, los eventos que se hacen. Sobre la llegada del Dulce Nombre de Jesús”. Deja su carretilla más cerca y se concentra en el libro. Es muy joven y tiene gran expresividad, la misma que se requiere para caminar con huaraches y parecer que flota. Está concentrado y repasa las hojas como si dentro hubiera una mercadería y no palabras.

“Yo sé la historia de la imagen”, dice de pronto. Su voz es alegre pero no oculta la profundidad: va a hablar de algo serio. Como comerciante ha de ser bastante convincente: ahora captura nuestra atención. Lo que cuenta vendría a ser el otro extremo de la madeja en la tradición sobre nuestra imagen, puesto que es lo que a mí mismo me contaron mis abuelos, salvo que ésta es la versión de los otros, la de Morelos.

            “Yo soy de Huazulco. Nuestros abuelos contaban que la imagen del señor era de allá, pero que cuando la traían de vuelta se quiso quedar aquí. Por eso es que le hacen su misa y venimos. Le tenemos mucha fe al Señor de los Dulces”.

(Más que el hipérbaton. Foto: M.S.)

(Más que el hipérbaton. Foto: M.S.)

            Cuando dice eso, las palanquetas de su carretilla parecen adquirir un brillo luminoso. El Señor de los Dulces. No es un hipérbaton (la figura retórica que altera el orden lógico de la oración), ni siquiera un error en la transmisión oral sino una muestra cultural de su fe: en Huazulco, el pueblo morelense donde se hacen dulces, donde se veneraba una imagen que ahora se denomina con la inimitable alegoría de “Dulce Nombre”, ¿por qué no iba a permitirse tener por patrón a un nazareno protector de los dulces y los dulceros?

            “Bueno, me voy a vender. Si puedo luego regreso…” Aunque de hecho, según su tradición, sí lo está haciendo, regresando al pueblo donde su imagen decidió quedarse hace muchos años para siempre.

 

(Un descanso en la batalla. Foto: M.S.)

(Un descanso en la batalla. Foto: M.S.)

Cuando Fierabrás y Oliveros almuerzan juntos

La luenga barba del cristiano le da una dignidad señorial que sin embargo, contrasta con el pañuelo. No es que un pañuelo sea signo plebeyo sino que le aprieta la cara. El azul satinado de su traje es brillante y el papel de líder lo hace muy bien, pero está bañado en sudor, su celestial traje parece ahogarlo y no lo deja morder a gusto. En cambio, el mahometano mantiene su corona sobre la cabeza, que se balancea al ritmo de su masticada y a cada momento parece que va a caerse. Nada. Ambos comen chicharrón en salsa verde con arroz. Huele delicioso y se antoja. Los sorprendo a medio plato pero no por ello se apuran, de todos modos la batalla ya se sabe que siempre la ganan los cristianos.

No se inmutan mucho porque esté ahí. “Bueno, es que esto es muy viejo, tenemos como cincuenta años de representarlo”. El mahometano tiene 73 años y un poco menos el cristiano. Son como los viejos héroes de gesta, solemnes y de pocas palabras. “Pero empezamos como esos chiquillos”, me dicen mientras me señalan a los bisoños soldados de su parcialidad, un par de niños que se olvidan del rigor marcial y corren y gritan por el atrio. “Somos entre 32 y 50”, me precisan, pero su contingente es aún mayor y bien provisto de logística: vienen señoras, ancianos, niños, fieles, las mamás de los niños soldados e incluso un camarógrafo que entiendo es oficial, pues trae un chaleco que dice San Matías Cuijingo y no deja de hacer tomas de todo.

            Por la mañana han salido de su pueblo (a unos siete kilómetros de aquí) para venir caminando a Tepetlixpa. Ocupaban media carretera y un contingente inconmensurable. “No es por presumir, pero de todas las peregrinaciones que vienen, la nuestra es la más grande y llamativa. Figúrese: adelante venimos el reto y atrás la gente. Venimos bailando”. Los enemigos detienen la plática para merecer su chicharrón. “Somos muchos. Pero así nos podemos repartir, porque tenemos tres cuadros. Unos salen en uno, otros en el otro y así. Ahorita nos tocó a nosotros, pero siempre hay quien salga en el reto”. El mahometano es alto, lo que le permite distinguirse de sus compañeros, pero además, tiene gran apostura, con su cara curtida y su bigote canoso en verdad parece un general. Setenta y tres años y sigue metido ahí. Pero el cristiano no se queda atrás. Como émulo de los cruzados, mientras sostiene por debajo del plato de unicel una tortilla, el enorme machete tintinea como cascabel. Cuando nota que observo su arma comienza a rememorar. “La verdad es que solo por aquí luce más el reto. Porque por ejemplo, vamos a la Villita y nos quitan esto”, empuña el machete como el buen Oliveros que ha de ser, “y pues la verdad no luce, ¡no luce!”.

(Sin machete no luce. Foto: M.S.)

(Sin machete no luce. Foto: M.S.)

            Platico a media tinta entre sus bocados (suculentos para ser sinceros) y la premura que tengo para ir a instalar el stand, pero todavía hay tiempo para que el cristiano me comente que salen a muchos lados, “hemos ido a Chalco, a Juchitepec, a Ozumba, con don Juan; también a Milpa Alta, a Topilejo, a Mixquic y a Cuecue”. Curiosidad, en todos estos pueblos aún subsiste la tradición de los Doce pares de Francia, tan extendida y fuerte en México… salvo en Tepetlixpa, donde desapareció de plano. Se los hago ver, pero no necesitan muchas explicaciones. “Porque vamos, el chinelo es diferente. Es puro desmadre con perdón de la palabra. Uno se mete al brinco y pues ya nadie lo para. Esto es otra cosa”, dice el cristiano, del que sé que es el representante del reto, pero no si en efecto es el bravo Oliveros, o el mismísimo Carlomagno, sin corona ni barba pero con el mismo afecto por la comida (Carlomagno fue sin saber el fundador de la gastronomía francesa).

El mahometano asiente de vez en vez. Su chicharrón es suculento, apenas un “taquito” pero que los tiene sumamente satisfechos con sus anfitriones. Dicen que los recibían por la calle Guerrero, para darles el almuerzo, y que apenas el año pasado murió uno de sus más caros anfitriones. “Nos dio mucha pena, porque estaba tendido el 20 de noviembre pero pues teníamos nuestro compromiso y no lo podemos tirar así como así. Le pedimos disculpas a la señora. ¡Cuándo se puede se puede!, ¡Ha!, ¡Si la muerte nunca avisa!”. Luego les pregunto si les gusta venir a Tepetlixpa. “Sí. Verá, antes que nada, está el Jefe”, dice refiriéndose al Dulce Nombre de Jesús, “pero la verdad nos gusta venir aquí a Tepe. Siempre somos bien atendidos y recibidos”.

            El taquito se ha hecho eterno y el tiempo apremia. No sé si debo decirle Balán o si es Fierabrás, pero tengo enormes ganas de mostrarles mis respetos.

            Por lo mismo, les dejo almorzar en paz y me retiro de su –por ahora- tranquilo y despejado campo de batalla.

 

(Difundir la Cultura, trabajo insólito. Foto: M.S.)

(Difundir la Cultura, trabajo insólito. Foto: M.S.)

 Un stand informativo

Ya de por sí es insólito dedicarse a difundir cultura, pero más si se hace en medio de la algarabía de la Fiesta. Doble si se considera que no es asunto oficial sino al contrario, de la más estricta sociedad civil. Primero causa duda el por qué poner cajas de madera. ¿Será acaso para el enésimo negocio de micheladas?, ¿asunto de comida, de dulces típicos? Luego, los pocos curiosos del inicio se percatan de que el contenido es tan raro como no lo pensaron. Artesanías, fotos, cuadros, libros. Durante el día los asistentes son variopintos, desde los músicos de chinelo que pasan tocando sus instrumentos y entre nota y nota se asoman al contenido de las fotos; los propios y extraños que se dejan convencer y se quedan con un pedacito de este lugar, hasta los francamente asombrados y en el fondo, escandalizados, de semejante proposición.

(Flores de inmortal. Foto: M.S.)

(Flores de inmortal. Foto: M.S.)

            Desfilan tantos personajes que todos merecerían su crónica, pero nos quedamos con nuestros clientes estrella, los fieles asistentes de esta y la anterior aventura: los niños. Cuando reconocen el stand preguntan qué nuevas cosas hemos traído. “Algo de papel maché, fotos”. “Al ratito los mando”, dice su mamá, apurada con su propio negocio.

            Otros niños llegaron antes, claro; sin penas, sin vergüenza. Nos preguntaron de las fotos antiguas, les hicimos ver cómo se ha transformado su pueblo. Abren los ojos y se entusiasman. “¿Entonces, aquí es la Colonia?”. Y sí, ese páramo lleno de árboles, con el volcán resplandeciente porque aún no perdía sus glaciares al fondo es La Colonia.

(Clientes estrella. Foto: L.R.)

(Clientes estrella. Foto: L.R.)

            Pero nuestros clientes estrella llegan más tarde. Mi esposa los atiende con verdadero placer. Juegan con las pequeñas artesanías, preguntan sobre las esculturas de madera que hemos exhibido y se dedican a analizar un cuadro abstracto. “A ver, ¿para ti qué cosa es este cuadro, qué ves en él?”. Laura les ha explicado que lo abstracto les permite ver lo que ellos quieran, lo que más les convenza. “Yo veo ojos. No, yo veo unas manos. No, no. Yo veo como a una persona”. Una niña un poco más grande que los otros dos se atreve: “¿y de qué material están hechos?, ¿acuarela?”. “No, es óleo”, le digo desde mi lugar. La niña se acerca como el más templado curador de museo, como una crítica experta y exquisita. “Yo también tengo óleos”. Lo dice como cualquier cosa, lo que sin duda significa muchísimo más de lo que Laura y yo podamos apreciar. ¿Estará viendo ojos, un paisaje lunar o la abstracción definitiva de la Fiesta de Enero? Se toma su tiempo. Sonríe. “Cuando alguien sonríe así es porque le has tocado las fibras más profundas de su sensibilidad… porque el Arte lo ha tocado, le ha despertado algo dentro de sí”, me dice mi esposa más tarde.

            Los otros niños, sus primos, piden precios con gran propiedad y se divierten con la máscara de jaguar. Laura, siempre infatigable con los niños, les hace repasar además de su pueblo, sus leyendas e historias más profundas, por ejemplo, cuando les dice que la mascarita de la mesa es una cara de nahual. “¡Huy!, ¡de nahual!”, brincan. Luego se echan mutuamente quién es el nahual y eso los tiene entretenidos como nunca.

            En eso, el más pequeño se va y regresa con una calavera de tezontle que compró el año pasado. “Es de mi colección”, dice ufano y a todos nos da alegría, pero también sorpresa, porque no la ha tenido abandonada, no la ha perdido; incluso, ya que no tiene polvo, se ve que la ha conservado en un lugar importante para él dentro de su casa. Vuelven a negociar sus adquisiciones, su colección es exigente y terminan al final con un pequeño lagarto de papel maché. Se toman fotos y nos dicen adiós con sus manitas.

            El próximo año tendremos que ofrecerles algo novedoso. Ojalá que sigan perseverando en eso que les gusta.

("¡Bien atendidos!". Foto: M.S.)

(“¡Bien atendidos!”. Foto: M.S.)

Anfitriones

“Esta es su pobre casa y está abierta para usted cuando quiera y necesite”. Más o menos así es la fórmula sacada de una costumbre que se hereda de generación en generación. Tan arraigada al ser del pueblo que es como su nota distintiva, lo que los caracteriza, lo que les da gran orgullo. “Disculpe usted si no le hemos atendido como se debe, pero ya ve, ¡cuántos invitados tenemos!”. Y ciertamente, hay cientos de sillas ocupadas por todo tipo de cuerpos, caras desconocidas pero exigentes, o demasiado supinas y timoratas para pedir más; ese “otro poquito” que puede ser desastroso para el estómago no precavido. “¿Un poquito más?” en realidad es otro plato rebosante. Y siempre se debe de terminar.

            Dejar la comida no solo rompe la cortesía sino que es una verdadera afrenta. Me platica una señora: “en realidad las personas no es que no quieran dar la comida [se refiere a las pantagruélicas comidas para una comparsa de chinelos: entre 1000 y 1500 comensales, todo incluido], porque de buen gusto la dan. Lo que pasa es que ya no les gusta que la gente tire la comida, que la desperdicien, porque luego nomás la pican un poco y dejan tirados los platos. Eso es lo que ya no le gusta a la gente”. Llevan a sus niños, a sus conocidos y a todos los que se puedan. Les sirven su plato y el anfitrión espera que barra con él y pida más. No que lo tire. Es ofensivo. “Eso es lo que pasa, por eso luego se enoja la gente”.

            “¿No te echas un tequilita?”. Las evasivas funcionan. No puedes decir abiertamente, “gracias, gracias, es que fíjese que soy abstemio”, aunque hay cierta comprensión, porque acaso, menos burros más olotes y el anfitrión encontrará otros compañeros que le acepten el trago. En realidad no importa sino el que estés ahí, disfrutes, te dejes consentir y vengas al pueblo. Eso último resulta perentorio: la Fiesta se hace con personas, mientras muchas sean, mejor. ¿Cómo pensar en una fiesta vacía, con las calles apenas malamente recorridas y sin puestos qué ver? ¿Cómo sería Tepetlixpa sin sus casas abiertas para que todos entren a comer? En el último rincón de este pueblo, en los lugares donde va creciendo la mancha urbana, pero lo mismo en sus calles más viejas, en los recodos cercanos al templo de El Calvario, en la ruta por donde andan las comparsas y donde se estacionan los autobuses de los peregrinos. Por todos lados hay una comida y sus invitados. Palabra ambigua como ninguna. El invitado llega a serlo por cualquier pretexto que fomente las cortesías y amplíe las amistades. Don Carlos Serrano, mi tío abuelo, hace su comida (a la que cada año me invita formalmente) porque algún año hace muchos años, una pareja le pidió permiso de entrar a su casa para cambiarle el pañal a su bebé. Ahora siguen viniendo los hijos y la extensa parentela de aquel bebé que sigue siendo en esencia un desconocido, pero en día de fiesta merece todos los respetos y todas las atenciones. Esto, se entiende, puede ser recíproco.

(Cortesías de pueblo. Foto: M.S.)

(Cortesías de pueblo. Foto: M.S.)

Una señora mayor, doña Pascuala Galván, le estuvo dando todo tipo de datos sobre Cuijingo a mi esposa. No tenía recelo ni estaba prevenida contra el mal uso que se pueda dar a las cortesías de pueblo (que como muestra de respeto, las personas te dan su nombre completo, una indicación breve al linaje de su familia y su dirección completa, por si gustas visitarla “en su pobre casa”). Se sentía cómoda y hasta diría que feliz hablando de sus tradiciones, de su fe, de lo que significa para ella venir a Tepetlixpa. Y luego, al despedirnos, nos dijo con una alegría bañada de la melancolía de sus más de ochenta años: “yo ya soy solita… ¡si no los invitaba a mi casa en la fiesta!”. Uno se siente agradecido porque esta bondad siga soportando los embates de la maldad y la violencia.

“¿Otro poquito?, ¿le falta algo?”. Entonces uno pudiera pedir otro estómago por favor, o alguna forma de poder llevarse en el cuerpo trescientos gramos de carnitas humeantes o cuatro tamales de frijol abundantemente bañados en mole. Pero decimos gracias, no, ya nada, muchísimas gracias, y nos sumamos al coro de fuereños que solo tienen una frase para celebrar tanta cortesía: “¿De los de Tepe?, bueno… pues que siempre nos reciben bien, nos dejan bien atendidos”.

            ¡Bien atendidos!. Hasta dentro de un año, primero Dios.

 

 

 

¿Qué podemos entender en el Altépetl?

(Del cerro de agua a muestra de identidad y orgullo colectivo. Foto: M.S.)

(Del cerro de agua a muestra de identidad y orgullo colectivo. Foto: M.S.)

El Altépetl es la celebración de mayor resonancia religiosa e histórica que tiene la Fiesta pero igualmente la más desconocida. Los mayores solían decir que se trataba de “una demandita” que iba a pedir permiso a la Parroquia, para que se hiciera la Fiesta de Enero. “Demandita” o “demandito”, como en otros pueblos se conoce, es una imagen vicaria que puede llevarse en andas, en este caso la reproducción del Dulce Nombre de Jesús que sale a la calle y que pide permiso al patrón del pueblo. ¿Qué puede significar toda esta tradición?

Para ello acudí a la misa de Altépetl que se celebra el domingo anterior a la Fiesta. Parafraseando al sacerdote, efectivamente resulta significativo que sea una misa menor cuando debiera de ser grande, llena a reventar, pues se pide permiso y se encomienda la Fiesta, para que no haya violencia, para que transcurra en paz, “para que sea muestra de amor entre hermanos”, como dijo. El fondo espiritual resulta obvio pero también el eclesiástico, el orden que debe primar en una festividad religiosa que incluye por eso mismo, actos sacramentales y no solo profanos. Es decir, que será una fiesta donde habrán confirmaciones, misas, se recibirán peregrinaciones y limosnas así como actos devocionales.

En ese sentido la “petición” resulta fundamental, pues un templo dependiente debe tener la venia de su parroquia para poder hacerlo (piénsese por ejemplo, en los permisos para que se puedan hacer bautizos y bodas en parroquias foráneas a la que pertenecen los feligreses durante cualquier época del año).

(Pedir permiso y encomendar la Fiesta. Foto: M.S.)

(Pedir permiso y encomendar la Fiesta. Foto: M.S.)

Hasta ahí la explicación es lógica. Y cuando se agregan peticiones espirituales, resulta obvia. El sacerdote por ejemplo, pide porque no haya actos violentos, ni desmanes ni conflictos. Porque las sombras sean conjuradas por la luz de Cristo. Igualmente, porque no se le dé más peso a los actos profanos que a los espirituales. El sacerdote insistía por ejemplo, en que para el grueso de la población (y se refería a la católica, a su propia feligresía), iba a ser más importante el baile (se presentó el chiapaneco Julión Álvarez) en la plaza de toros, que los aspectos eucarísticos. Pero esa señal de balance entre lo profano y lo sagrado siempre ha sido tirante. En las providencias de 1901, que el propio archivo de la Parroquia custodia, hay por ejemplo un edicto del arzobispo que prohíbe que durante la Semana Santa se permitan “sayones u otra cualesquiera clase de enmascarados o personas con trajes de figuras que exciten a dejar o distraigan a la veneración y respeto debidos a las santas imágenes o a los misterios que se celebran” (abril de 1901). Lo verdaderamente ilustrativo entonces, es que el sacerdote ocupara la homilía en hacer hincapié en que las tradiciones, lo mismo que la cultura, no debieran pasar desapercibidos para el pueblo quien, por otra parte, debe ocuparse en conocer más a fondo el origen de esas tradiciones; sobre todo los jóvenes, que apenas tienen idea de por qué se hace esta misa o qué significado tiene el Altépetl.

Una vez agotado el sentido religioso podemos observar las bases históricas de esta tradición.

(El orgullo provinciano de contar Parroquia propia. Foto: M.S.)

(El orgullo provinciano de contar Parroquia propia. Foto: M.S.)

Por principio, la palabra Altépetl que literalmente significa “cerro de agua” (representación simbólica de los mantenimientos) era el término que se usó durante las épocas prehispánicas y coloniales para referirse a los “pueblos”, que a diferencia de los barrios (calpullis, altepemes), tenían mayor autonomía y peso administrativo. En el Chalcáyotl o señorío de Chalco, los Altépetl eran 4: Amecameca, Tlalmanalco, Tenango y Chimalhuacán, siendo el último la cabecera de Tepetlixpan. Por tanto, cualquier actividad que se hiciera en el pueblo dependiente, era necesario tener la venia del Altépetl, en este caso, repito, de Chimalhuacán. En mis investigaciones he encontrado un ejemplo que me parece contundente cuando en 1613, los indios principales de Tepetlixpan solicitaron a las autoridades españolas la dotación de tierras. Entonces, abreviando el expediente, el actuario del juzgado fue a Chimalhuacán y les dio aviso a los indios mediante su intérprete del alcance de la diligencia. Ahora bien, lo interesante es que dicho acto procesal se desahogó ahí en el templo, después de la misa mayor, y no en sus casas, lo que habla de la importancia de Chimalhuacán.

En segundo término, hay que recordar que el 7 de febrero de 1894, ante la petición hecha por el sacerdote Mario Hernández, San Esteban se erigió como Vicaría Fija, y el 26 de septiembre de ese mismo año, recibió del bachiller don José Pilar Sandoval, cura de Chimalhuacán, la posesión económica del templo. Es decir, que como templo, antes de esas fechas, no contaba con la autoridad para realizar actos religiosos por sí misma sin el visto bueno de su parroquia, de modo que cualquier festividad, por fuerza debía contar con la venia de Chimalhuacán, el antiguo Altépetl. La erección de la parroquia, por cierto, se dio hasta 1905.

(La primera procesión documentada se realizó en 1874. Foto: M.S.)

(La primera procesión documentada se realizó en 1874. Foto: M.S.)

¿Cómo podemos leer estos datos? Para 1874 ya hay noticias de procesiones religiosas durante enero, lo que nos permite estimar que antes de esa época ya se realizaba la festividad. Entonces quiero pensar así: la generación que vivió la elevación de rango de la capilla a vicaría fija, también pudo ver la consagración de la vicaría como parroquia y plausiblemente, la llegada de la imagen al pueblo (o tener conocimiento porque sus padres o abuelos se los hayan contado). Pero el Dulce Nombre de Jesús, según la tradición oral, se quedó pero no era de aquí. Entonces, en el ánimo de aquellos abuelos y de sus sacerdotes, era obvio que se debía contar con un permiso para que se realizara una fiesta en una de las capillas. Solo que aquí, la tradición pudo dar el giro a una cierta forma de orgullo provinciano: el permiso, en todo caso, se pediría en el mismo pueblo, en la nueva y flamante parroquia, sin tener que ir a Chimal. Para apoyarme en estas ideas pienso en lo que los estudios históricos han revelado: que muchísimos pueblos, Tepetlixpan, entre ellos, durante el siglo XVII ya tenían toda la intención de alcanzar autonomía administrativa y ser erigidos en Altépetl. Luego entonces: la Fiesta de Enero revitalizaba ese orgullo autónomo, renovaba la energía comunal necesaria para alcanzar toda intención segregacionista, aceptaba a la imagen foránea y la incluía en su propia identidad. Una Tradición con todo el peso de su palabra.

(La eficacia de lo colectivo. Foto: M.S.)

(La eficacia de lo colectivo. Foto: M.S.)

Concluyo con una apretada crónica. Después de la misa, el sacerdote bendijo a las familias que tuvieron al Altépetl y las que lo tendrán en este año. Luego, los nuevos tenedores, salieron con la “demandita” hacia su domicilio particular, en el rumbo de la Texcalera. Ahí ya se aprestaba la comida para convidar a los asistentes y acompañantes. Todo el tiempo con su infaltable sahumerio, flores, música de banda y con la aparición espontánea de mirones que salen de sus casas para observar el recorrido. Por el rumbo de la vía algunos señores, al pasar la imagen, se descubrían la cabeza con ese ya rarísimo gesto de cortesía y de respeto que se veía en un pueblo. Incluso aparecieron, como por generación espontánea, una serie de vendedores ambulantes que nadie sabe cómo logran llegar hasta el preciso lugar donde una fiesta se realiza. Pero de esos datos me interesa el hecho de que el receptor del Altépetl fuera un regidor y que en el recorrido diversos miembros del ayuntamiento lo acompañaran. Lo traigo a cuento por razón de observar el cómo funciona la organización comunitaria de manera muy eficaz si se desarrolla dentro de lo religioso o espiritual que por ejemplo, en lo político o cívico. Las tradiciones religiosas son más fuertes que las cívicas evidentemente.

(La fusión de lo social y lo religioso en lo colectivo. Foto: M.S.)

(La fusión de lo social y lo religioso en lo colectivo. Foto: M.S.)

El regidor cargando una imagen religiosa. Es su día de asueto, usa su libertad constitucional de creencias. No hay falta alguna en el hecho pero si un profundo significado de colectividad, de pertenencia al pueblo y claro, de función social, pues recibir a una imagen acarrea un compromiso que también es social (una comida para muchas personas, a su costo, por ejemplo) y hay momentos en que las funciones políticas se funden con las funciones de conciencia religiosa. Haré analogía con la procesión de 1874 que mencioné antes. En ese entonces, la ley prohibía que se realizaran actos religiosos fuera de los templos. Alguien denunció en Chalco que en Tepetlixpa se infringía la ley. El Jefe Político apremió al alcalde y este entró en dilema: violaba la ley, sí, pero, ¿no era parte de su pueblo y no era también devoto del Dulce Nombre de Jesús? ¿No sería que hasta él mismo participó en la procesión ilegal? ¿Pesa más el respeto a la ley o la integración a la comunidad? El alcalde (del que desconozco su nombre porque el archivo municipal no tiene registros anteriores a 1920) actuó con verdadera sagacidad y colmillo político. Cuando se enteró de que debía prohibir la procesión pidió a las autoridades de Chalco, por oficio, que le enviaran fuerza pública para impedirla. Ese trámite, como siempre, implicaba un trámite burocrático que tardaría días. En tanto, como diligente servidor público, impuso una multa de diez pesos para todo aquel que participara en la procesión. Solo que, nos ilustra La Voz de México, dio a conocer la sanción por oficio, es decir, en un papel pegado en las paredes de la antigua presidencia municipal. Con ello, cumplió las formas políticas, aplicó la ley, respetó la tradición y quién sabe, igual hasta participó de su fe religiosa y fue a comer un delicioso mole. ¡Vaya usted a saber!

Seguimos desarrollando este trabajo de difusión cultural y de literatura. Muchas gracias por leernos, comentarnos y re-comendarnos.

(Mi agradecimiento al padre Leopoldo Domínguez, párroco de Tepetlixpa. Foto: L.R.)

(Mi agradecimiento al padre Leopoldo Domínguez, párroco de Tepetlixpa. Foto: L.R.)

[Agradezco profundamente al padre Leopoldo Domínguez Sánchez, párroco de Tepetlixpa, por su inesperada invitación para que compartiera al final de la misa, algunos de estos datos con los asistentes.]

Don Nicho y su veladora

(Los niños se harán esferas. Foto: J.S.)

(Los niños se harán esferas. Foto: J.S.)

Los niños parecen seres a punto de convertirse en esferas, o quizá en poliedros, de tantas caras que dejan ver a contraluz. También las señoras, pero ellas le imprimen más gravedad a la caminata. No pueden faltar la música, los colores, y como dicta la tecnología, la masa de mirones que sacan el celular de inmediato para fotografiar todo y luego no ver nada. El grupo pasa compacto, deslizándose sobre la avenida como emulando agua, aunque sobre hombros llevan al fuego, en cartuchitos, empotrado en ruedas de madera que han de girar vomitando luces.

Cuando era niño no faltaban nunca los moros, su monótono tin ti ro lin- tabara barán, que según, hiciera fama para que nos dijeran Tabaranes. Algunas cosas se van, las más permanecen. Por suerte. Como la frase canónica: “los que gusten acompañar”. No es solo festiva sino muy de pueblo, como que hasta en el sepelio se dicta solemne, impertérrita: “los que gusten acompañar”. Gustábamos ir al recorrido y a comer. Aunque a mí me daba pena entrar a esas casas que parecían ser de otro planeta pese a compartir el mismo cielo. El patio, las ventanas bien cuadradas, los pisos de color verde; el desfile de personas que fueron, ciertamente, por gusto. Luego la comida, humeante y basta. Luego, otra vez el lento deslizar, la caminata llena de orgullo y sobre todo de la particular devoción de ir con el castillo para el Dulce Nombre de Jesús. ¿Cuántos desastres ha habido en Tultepec que parezcan anunciar el fin de la pirotecnia?  Los castilleros del Jueves, los Jóvenes, me contaron que una vez, uno de sus maestros perdió el polvorín y a sus asistentes en una explosión trágica; sin embargo cumplió y repuso el castillo, no faltó a su cita para que el atrio se vea iluminado, para que por un momento, la noche ceda al día eléctrico.

(Cargar fuego deslizándose como agua. Foto: J.S.)

(Cargar fuego deslizándose como agua. Foto: J.S.)

(Castillos. Foto: J.S.)

(Castillos. Foto: J.S.)

Los castillos no han de terminar jamás, aunque deseamos que nunca nos toque probar el amargo sabor de una desgracia.

Don Nicho pasaba a la casa casi indefectiblemente por la mañana. Lo recuerdo como una estampa, como una figura y no solo como señor. Güero y con su sombrero de pasta, con su camisa perfectamente planchada y con sus compañeros. Recaudar, como en tiempos medievales, es asunto gallardo y serio, por eso los señores siempre iban bien aliñados, bien planchados, con su mejor cara de domingo. “¿Estará tu tía?”, “sí, ya voy”. Tenía aplomo. Entre lo que me dejaban oír se colaban las bombas que iban a quemar, las estructuras, los ensartes. Alguna vez también fui a comer en esos recorridos, y en la noche, puntual, a ver el castillo.

Este año ya no está físicamente. Nadie, de entre los más sinceros castilleros escatima su fe ni su devoción tratándose de su imagen milagrosa, nadie tiene más o menos interesante historia de por qué comenzaron, pero la de don Nicho, como me la contó para ponerla en mi libro, me emociona: “Había estado soñando al Señor que estaba aquí en un terreno que se llama Chimalaca. Entonces yo fui a dar allá y dije ‘¿por qué le vienen a dejar acá, y a oscuras?’ Y digo, ahorita voy a traer una veladora y vengo. Entonces desperté…”

(La veladora en el atrio. Foto: J.S.)

(La veladora en el atrio. Foto: J.S.)

Entonces, desde ese sueño de 1955 (curioso: el mismo año en que se fundó la Corporación de la Juventud). Don Nicho y sus compañeros llevaron la veladora para prenderla en el atrio.

Enhorabuena para sus familiares y amigos que han decidido continuar con ese sueño.

(Conservar el sueño. Foto: J.S.)

(Conservar el sueño. Foto: J.S.)

Fotografías viejas: mentir bien la verdad

(La fuente de las constancias. Foto: M.S.)

(La fuente de las constancias. Foto: M.S.)

Primero les cuento. En una de mis investigaciones encontré una serie de constancias de residencia de los años sesenta del siglo pasado que me sorprendieron porque tenían un notable grado de conservación. Este tipo de documentos son mucho muy comunes. Si uno necesita demostrar su domicilio, hasta el día de hoy, hay que acudir al Ayuntamiento para que expida tal constancia. Las que localicé tenían poco que ofrecer en términos históricos. Eran parte de un intento para colocar a nuestros paisanos en aquel legendario programa “Bracero”, que fue el origen de la imponente migración a Estados Unidos que ahora vivimos. Desconozco el resultado del trámite. Sin embargo, tenían una información mucho más relevante en términos culturales. En primer lugar porque conservaban la fotografía del solicitante. Pareciera absurdo hacer de este detalle una gran particularidad pero resulta que la mayoría de repositorios locales están mutilados, destruidos o en pésimos estado de conservación. Así que valor agregado: en los certificados habían sendos retratos, y muy buenos hay que decirlo.

(Los certificados. Riqueza patrimonial de nuestro archivo histórico municipal. Foto: M.S.)

(Los certificados. Riqueza patrimonial de nuestro archivo histórico municipal. Foto: M.S.)

Ahí comienza el deseo de compartir esta experiencia, pues además de la calidad, los retratos tenían la característica no menos importante de pertenecer a oriundos de Cuecuecuautitla.

Así que me propongo analizar lo que las fotografías-retrato muestran. Son hombres jóvenes, alguno de ellos en su madurez. No tienen rasgos específicos y por tanto, podrían pasar desapercibidos en la masa de sus vecinos. Solo que esa masa ya no existe. No tenemos por supuesto fotografías de toda la ciudadanía, ni siquiera fotos de aquella época donde pudiéramos apreciar a un conjunto más o menos grande de vecinos de Cuecuecuautitla, ni siquiera de la propia cabecera municipal. Nos quedan apenas recuerdos, testimonios, la plática de los jóvenes entonces retratados que si ahora viven deben tener entre 80 y 90 años en promedio. Sus rostros tan comunes, acaso tan faltos de notoriedad social se convierten de inmediato en los únicos referentes de una época; y entonces, estos ciudadanos que nunca pensaron retratarse para otra cosa que no fuese un trámite legal, adquieren el rango de ejemplaridad, ventanas al mundo que les tocó vivir.

(El joven Delfino Lima. Foto: M.S.)

(El joven Delfino Lima. Foto: M.S.)

Al convertirse en testimonios, sus retratos pueden leerse con muchos enfoques. Hay que ponderar de entrada la notable labor del fotógrafo, una casta en peligro de extinción puesto que los viejos fotógrafos de estudio están siendo reemplazados por las cámaras digitales y la inmediatez de las instantáneas o las placas mate de pésima calidad. La nobleza de los retratados se debe en gran medida al trabajo compositivo y técnico del maestro fotógrafo. Porque todos los hombres reflejan gallardía y presencia. La placa logró capturar detalles insignificantes que realzan su pose y les da profundidad. Incluso lo que en términos cosméticos serían fallas (el cabello mal peinado o con excesiva humedad, la brillantez de la piel, la saturación de luz sobre sus camisas) terminan por subvertir y convertirse en signo de una gran individualidad. Sobre todo en un detalle que la antigua fotografía lograba en grado casi perfecto: el punto focal sobre los ojos. Ese pequeño gran detalle que permite tener la sensación de que el fotografiado nos observa directamente. En realidad es un truco, pero no es incidental, antes bien termina siendo un motivo: la mirada traspasa la cámara, busca observarnos, taladrarnos; precisamente porque son retratos y no meras fotografías, el maestro sabía de ese efecto tan necesario para animar una simple placa: para convertirla en una extensión de su retratado, que no solo su cliente.

Después de la perfección de su mirada no hay rasgos comunes en estos hombres sino una amigable diversidad: uno usa bigote a la mosca, anacrónico estilo de los años treinta. Los más traen los largos cuellos de camisa que fueron tan usuales en esa época. Pero mientras en la mayoría las camisas son de una blancura inmaculada, en el más joven la camisa es informal, de color y estilo parecido a la guayabera.

(Retrato de don Pablo Leyva. Foto: M.S.)

(Retrato de don Pablo Leyva. Foto: M.S.)

Cuando las encontré estuve largo rato observándolas, tratando de encontrar lo que su mirada quería decir. Lo que sigue es una simple apreciación, aclaro. En el retrato de Pablo Leyva, encuentro un porte de gran ecuanimidad e incluso de estilo, con un abrigo de solapas anchas –seguramente parte del estudio fotográfico- y el tronco como indica el canon, ligeramente movido a la derecha para obtener su mejor perfil. Es un hombre adulto al que se le notan los años y las experiencias sobre los hombros y sin embargo su constancia dice que es un ciudadano sano pero que no tiene ocupación ni terrenos propios y por eso solicita trabajo en otro país. En lo personal me parece tan profunda su mirada y su gesto que más pasaría por un exiliado que por campesino.

Si el retrato de don Pablo refleja lo vivido, los retratos de los jóvenes Epifanio Álvarez y Miguel Alvarado, también vecinos de Cuecuecuautitla, reflejan por el contrario la sombra de su inexperiencia. No solo es que sean jóvenes sino que no pueden ocultar las emociones que les provoca esta aventura. Eso, en la estética de la fotografía, consigue un efecto evocador, porque al ver sus retratos no solo están dos muchachos queriendo trabajar sino dos mentalidades: hay nervio, hay duda, muchas trazas de inseguridad pero también de candor, incluso de una hilaridad que los focos, la lente, el estudio y el fotógrafo les causan. Son los retratos de una risa congelada, de una carcajada a punto de nacer.

(El joven Miguel Alvarado. Foto: M.S.)

(El joven Miguel Alvarado. Foto: M.S.)

Más, ¿no es cierto que aparecen adustos, bastante serios? Evidentemente. Convierten su duda en una negación de ella misma. No muestran su flanco débil. Pienso que sobre ellos, en esos años como ahora, pesan las sombras de la incomprensión y el auténtico racismo que se ha tenido para los vecinos de Cuecuecuautitla. Cuando encontré las fotografías pensé que cualquiera que las viera diría que ahí se comprueba ese adjetivo tan funesto y agresivo de llamar a los cuecuecuautitlenses (perdón el gentilicio, pero de hecho no sé que exista uno “oficial”) mechudos. Obviamente responden con un gesto duro, de desconfianza, una pose tan fuerte y expresiva que no pude evitar imaginar que se enfrentaron al retrato como ante un asalto, ante una esgrima de conceptos e ideas desconocidos.

Pero eso no sería nada sin la intervención del fotógrafo. Gran madurez y práctica para capturar ese gesto, para encontrar la pose adecuada y conferir o mejor, traspasar, la dignidad humana. Actualmente ese estilo se ha perdido y cuando nos tomamos una foto para un trámite el resultado es poco menos que aberrante, una mera copia de la realidad, una faena de reproducción que nos vuelve cosas antes que personas: “trabajos” como se dice. Pero en fin. ¿No es esto un dilema eterno en la fotografía? ¿Son copias de la realidad o representaciones? ¿Las fotos deben ser más un documento o una poética?

(El joven Epifanio Álvarez. Foto: M.S.)

(El joven Epifanio Álvarez. Foto: M.S.)

El dilema de las fotografías viejas es que nos con-mueven desde la raíz y nos hacen proyectar fantasías. Aunque esta afirmación es chocante o bastante reductora, lo cierto es que no importa mucho el grado de tiempo de una foto, siempre tiene la virtud de generar en los espectadores sendos cuestionamientos y lecturas, incluso da lugar a una entronización del documento, pues la foto antigua se convierte al ser expuesta, en prueba infalible de lo que fue y por tanto de lo que es el pasado. Abreviemos: toda fotografía nos conlleva a formar una interpretación de los retratados.

Roland Barthes consideraba que ese “algo” que encierran las fotografías se podía considerar o conceptualizar como un punctum: “el azar que nos afecta”, o sea, los valores que proyectamos sobre la imagen pero que no son de la imagen misma. En ese sentido, este texto es un claro ejemplo del punctum barthesiano que me hace proyectar una estética, una antropología y una filosofía empíricas sobre mis respetados conciudadanos del pasado.

Muchísimos se han expresado en términos de esos debates sobre la veracidad, sobre la función y la condición misma de la fotografía, en un arco que va de su cualidades ontológicas (lo que es) a sus cualidades estéticas (lo que representan), pero el gran dedo en la llaga lo pone el catalán Joan Fontcuberta al decir que en pocas palabras, la fotografía miente:

“Toda fotografía es una ficción que se presenta como verdadera… pero lo importante no es esa mentira inevitable. Lo importante es cómo la usa el fotógrafo, a qué intenciones sirve. Lo importante, en suma, es el control ejercido por el fotógrafo para imponer una dirección ética a su mentira” (El beso de Judas. Fotografía y verdad. Barcelona, Gustavo Gilli, 1997, p. 15).

(El joven Crecencio Arenas. "El buen fotógrafo es el que miente bien la verdad". Foto: M.S.)

(El joven Crecencio Arenas. “El buen fotógrafo es el que miente bien la verdad”. Foto: M.S.)

 

Usted dirá. En todo caso, el maestro Fontcuberta, estoy seguro, hubiera podido usar como ejemplo de su frase lapidaria al anónimo maestro fotógrafo de la gente de Cuecuecuautitla: “El buen fotógrafo es el que miente bien la verdad”.