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Paxcona, espejo de Tepetlixpa (parte 2 de 2)

(Embotado y errante en sus dominos: "La Primera Parada". Foto: M.S.)

           ¿Por qué Paxcona está así como está? Hay respuestas tantas como lectores de este blog, para uno de ellos, Oscar G.G. es casi la nostalgia: “allá por los setentas… sin ninguna prisa conversaba amplia y amablemente de sus andanzas (ingenuas creo yo tal vez), con los muchos amigos que todas las tardes ahí nos reuníamos…”. Unos tíos distinguen solo lo extravagante: por el camino de Paraje lo ven mirando a través de un vidrio y le preguntan por qué. Impávido les responde que el fondo de su caguama le servía para ver las estrellas. La explicación psiquiátrica está por demás frente a la explicación que se cuenta en las esquinas. Mis vecinos el análisis que más adelanto intento escribir, dicen que en realidad era dueño de propiedades en El Pueblito y que al morir sus padres se vio envuelto en los típicos problemas de las herencias. Algún familiar lo “embrujó” para poder privarlo de sus bienes; le robó la razón con algún “trabajito” y lo sacó de sí mismo. Desde entonces anda errando y vive en la primera parada.

       La historia es doblemente trágica. Los que me la contaron dicen que fue una chingadera porque saben que el destino del Paxcona fue cortado de tajo; que perdió su razón, su dignidad y su dinero a la mala. Pero es como digo doblemente trágica porque hemos teatralizado al Paxcona, ha terminado por representar un papel en el pueblo. Intentaré explicarme en esta última parte del artículo: su locura no es ya un problema personal sino un caso  ejemplar, un arquetipo, acrecentado por el hecho entre irónico y cruel de ser el único personaje de esta naturaleza que ronda Tepetlixpa. Aunque es complicado intentar historiar a los enfermos mentales de este pueblo hay que mencionar por lo menos dos casos: un hombre, mediados de los años 90, que fue abandonado por sus familiares y vivía en las accesorias de la familia Martínez, en la esquina de Hidalgo y avenida Nacional. Cuando no se vendía calabaza en el local el enfermo dormitaba y le hacíamos mil y una maldades. Era agresivo pero por provocación, ¿quién no lo sería al recibir un cuete en su cabecera?, pero este desconocido hombre perteneció a otra categoría, inexplicables, insondables, los que estaban sin estar y respondían a las agresiones, igual que el famoso Chunga, que vivía en las canchas de San Francisco y según los niños de la época, su simple nombre provocaba lluvia de piedras y de varillazos en el piso.

(El único no criminalizado en Tepetlixpa. Foto: M.S.)

            El rasgo común de estas personas era la agresión de que eran víctimas; en ellos recaía la respuesta violenta que toda sociedad da al Otro, al diferente.  Paxcona no, eso lo diferencia del resto. Tengo a la vista un documento de 1935 firmado por el presidente municipal Sotero Pérez, dirigido a las autoridades policiacas de Chalco: “el individuo Pedro Flores de esta vecindad… se encuentra demente, suplícole atentamente que se sirva ordenar su localización”. Las autoridades acuerdan en negativo, el sujeto como el derecho dicta, no tiene capacidad jurídica. El asunto se sepulta en los papeles y se pierde en la memoria, pero no debe perderse de vista que hay una criminalización de ese Pedro Flores por su condición, por ser Otro, por estar como decía el presidente Pérez: demente.

    A Paxcona no lo hemos criminalizado pero hay muchas situaciones en torno a su figura. Si es cierto que hemos hecho de su vida una representación de la locura, lo que hemos hecho es una tragedia, pues como dice George Steiner “tragedia es una narración que cuenta la vida de algún personaje antiguo o eminente que sufrió una mengua de fortuna para llegar a un fin desastroso”.  El arruinado recupera su grandeza y dignidad por la misma injusticia que se le ha cometido, “el hombre es ennoblecido por el rencor vengativo o la injusticia de los dioses. No le vuelve inocente, pero le purifica como si hubiera pasado por las llamas”. En el degradado por la tragedia hay una suma de contrarios: pesar y dignidad, evidencia de lo más bajo y elevación del espíritu. Hay en el Paxcona el efecto misterioso y fascinante de saberlo caído pero sin embargo saber que esta por encima de nosotros y nuestras contingencias. Es un loco al que observamos con misterio, fascinación, miedo y atracción.

     Su tragedia lo ennoblece. ¿Cómo no pensarlo así? Un tipo buena gente al que le roban la razón para robarle su dinero es una historia trágica. No es lástima sino ese sentimiento tan elevado de la conmiseración lo que nos mueve para y con él. Hasta los choferes de las combis lo miran con esa conmiseración. ¿Qué decir de los que le regalan un taco y lo visten?

 * * *

   Confieso que llevo mucho tiempo meditando este texto. Al escribirlo pensaba honrar al personaje pero los acontecimientos de los últimos años me han llevado a reflexionar desde el Paxcona qué sucede con nuestras propias tragedias. Ojalá comenten esto para enriquecer la discusión.

   Vivimos un momento muy crítico en el que la delincuencia crece desmedidamente. Constantemente nos hacemos la pregunta de ¿por qué sucede esto?  y todos intentamos responderla, sin embargo parece que no podemos arremeter contra el origen de la violencia porque caemos en cuenta que es algo profundamente irracional; es incluso algo inhumano como mostró Javier Sicilia: “No podemos llamarlos animales, porque los animales no hacen esto”. Igual que con el Paxcona que no puede regresar a la “normalidad”, nosotros no podremos conocer el origen de la violencia porque la justicia, hija de la razón y del orden, está terriblemente limitada para nuestro intelecto. En el libro tan agudo de Steiner, La muerte de la tragedia están los argumentos: “No hay progreso científico que logre extender los dominios de las esferas de la razón”. En una parte de la naturaleza humana está escondida la “alteridad del mundo” que es el impulso destructor, ciego y absolutamente irracional que nos lleva a destruir a los demás. Si Paxcona ríe mientras pasan los coches puede que se esté riendo de la pretensión de querer dar una explicación a todo lo que nos sucede.

    Platicando con muchas personas sobre la violencia que vivimos en los pueblos, la mayoría de veces mostramos nuestra impotencia: alzamos los hombros, ya ni modo, así son las cosas, aquí nos tocó vivir, ya valió madre. Steiner insiste con sus argumentos filosos como navajas: “las cosas son como son, inexorables y absurdas. El castigo impuesto supera de lejos nuestras culpas”. Es un análisis devastador y pesimista que si bien nos sirve para ubicar a la violencia en su justa dimensión dentro de nuestras comunidades no da solución alguna. Por eso usar a Paxcona como una analogía y al igual que Steiner ahora nos toca alejarnos porque no podemos caer en su evasión.

  Podemos no saber qué es la violencia, pero sí cuáles son sus causas, porque se pueden rastrear, aunque es un trabajo colosal, tanto o igual como saber las causas precisas que llevaron al Paxcona de los botes de agua y costales de encino al ensimasmiento esquizofrénico. Como mis informantes dicen, la violencia y sus causas (y consecuencias) son chingaderas, pero se pueden desmenuzar. No sirve sólo la reflexión sin la acción, pero por uno de esos extremos se debe comenzar. ¿En qué momento se perdió Tepetlixpa? ¿Por qué surge la delincuencia? ¿Qué papel tienen los jóvenes en el cambio? ¿Qué lleva a la delincuencia? ¿Por qué aceptamos que las cosas sucedan?

     Las respuestas son muchas y no hay nadie que tenga la definitiva, si acaso tendrá propuestas. La mía en esta rara analogía, en este homenaje extrapolado al Paxcona es no permitir que la memoria se nos escape. Como seguramente hace Paxcona, hay que buscar nuevos lenguajes, hay que saber que las cosas no siempre fueron así.

 

La Fiesta de Enero: reinterpretando tradiciones

 

(Quema de cohetes. Foto: M.S.)

La Fiesta de Enero puede ser un alud de personas aplastándose en las calles; bailes y jaripeos con las estrellas del momento que dentro de un año no volverán a sonar. Puede terminar en una comparsa de chinelos o en una borrachera de miedo y comenzar en una fila para recibir el lazo bendito. Me gusta pensar en la Fiesta de Tepetlixpa como un prisma que tiene muchas caras pero siempre un asidero: la tradición.  En este blog he dejado algunos artículos sobre la Fiesta y no intento repetir nada de lo ya dicho. En estos momentos continuo mi ensayo de interpretación sobre las tradiciones y aunque difícil de resumirlo me gustaría compartir algunas opiniones. Bienvenido cualquier comentario.

1. Nuevas interpretaciones. En Tepetlixpa hay una leyenda que al explicar la llegada de la imagen y los modos de su permanencia se convirtió en sinécdoque: la parte explica el todo.  “Ser de Tepetlixpa es tener la familia ahí, estar construyendo una casa y saber que en el Calvario está el Dulce Nombre de Jesús” escribo en el ensayo. La imagen fuera de lo religioso es una forma de identidad porque la identidad no es llegar a ser algo sino estar siendo lo que somos. El problema es el deslinde: ¿somos lo que sucede?

Por eso considero necesario rescatar una interpretación profunda. Es algo temerario porque en un momento de pachanga no habrán muchos que decidan hacer reflexiones, pero pienso que si la Fiesta es tradicional la tradición debe conocerse. El tema que me ocupa primordialmente es el del Vítor, para indagar qué hay detrás de un reparto de imágenes que se entiende (o sobreentiende) como la “víspera” de la festividad.

El Vítor, como las demás tradiciones de la Fiesta (Altepetl, danzas y peregrinaciones) no tiene bases firmes para reconstruir su historia. Se perdieron los datos esenciales, se murieron los testigos y protagonistas y ya no queda sino realizar interpretaciones de lo que significan esas tradiciones.

 

(Recorrido del Vítor. Foto: M.S.)

Entonces, el Vítor es una manera de reafirmar la devoción a la imagen. Al entregar estampas se involucra al destinatario en un cierto compromiso para con su fe y por esa fe con todo lo que acompaña: el ser de este lugar, el contribuir a la ubicuidad de la imagen (se lleva la estampa en la complicidad de la cartera y en el tablero del autobús y el coche), el forzar a la protección y finalmente a festejarse a sí mismos, pues Vítor en su primera acepción significa “homenaje público”. La imagen deja de ser un objeto religioso para ser una objetivación de la fe, que por cierto no conoce de religiones, es decir de rituales, más que el respeto. Se vitorea a la imagen y al mismo tiempo se celebra el que esté aquí. Se anticipa una fiesta y sin embargo ya hay fiesta: ser de Tepetlixpa y tener por 51 semanas la oportunidad de manifestar esa fe y ese respeto, pues, dicho popular: “la Fiesta es para los visitantes… uno puede ir cualquier día del año”.

Otras interpretaciones son válidas desde luego siempre y cuando se justifiquen. El Vítor puede ser el recuerdo de una antigua anunciación. ¿De qué? es imposible saberlo sin datos confiables. Podría ser el recuerdo de la llegada de la imagen; el recibimiento que se hacía a las antiguas y primeras peregrinaciones que llegaban al pueblo. Lo cierto es que hasta podría ser el recuerdo de las procesiones que se hacían antes de los años cuarenta (esto por fortuna sí está documentado) cuando la imagen permanecía en la Parroquia de San Esteban y era transportada solemnemente hasta su capilla para “pasar la Fiesta”.

Más temerario pero no tan descabellado el Vítor podría haberse nutrido de las tradiciones más profundas de Tepetlixpa. Las “señoritas” (recordando que las mujeres del recorrido eran originalmente mujeres maduras, núbiles y no niñas) son madrinas al momento de regalar. Las señoritas llevan las estampas en bandejas y los hombres de a caballo en morrales. ¿No se trata de dos objetos que representan la prosperidad, la abundancia y la alimentación?, ¿no son las fuentes donde se transportan los bienes caracterizados por la actividad de cada género (semillas/masculino, alimentos/femenino)? Ya en el extremo, la boda típica de Tepetlixpa, ¿no tiene acaso un baile de prosperidad que se llama “La Bandeja”?

 

(El broche de luces, otra vez. Foto: J.S.)

2. Nuevas preocupaciones. Hace pocos años una preocupación latente era que la Fiesta no fuera lo suficientemente vistosa para el visitante. Era una actitud de orgullo local pero también de entrega, de dar lo mejor de nuestra forma de ser para la gran semana del año. En la actualidad estas falsas preocupaciones se vuelven nada frente a los problemas que genera una Fiesta de grandes dimensiones. Se ha avanzado en materia de protección civil y se resguardan mejor los espacios para la quema de castillos y para el deambular de los visitantes. La Plaza de Toros, tan ambivalente por su alcance y funcionalidad no deja por ello de prestar un gran servicio y proteger a los que no gustan del jaripeo, pues antes era de lo más común que el toro rompiera el cercado e hiciera de las suyas en la calle (aunque, ¿un toro no tiene derecho a la diversión?).

Las nuevas preocupaciones ya que hablamos de tradición, es que precisamente terminen imponiendo prácticas que destruyan a la misma. Algún día platicaba con Jaime Estrada, un entusiasta promotor de la cultura y me dijo que si la danza de los negritos desapareció es porque así tenía que ser, que su ciclo había pasado. El chinelo se impuso y ahora nadie dudaría en darle su lugar de honor en esta festividad, pero ¿qué sucedería si el clima de intranquilidad (por no decirlo con su nombre: delincuencia) se adueñara de más espacios en este pueblo?, ¿qué sucedería si la violencia empañara la alegría de las comparsas? No es una pregunta fácil y no hay todavía una respuesta contundente. Cada quién es libre de disfrutar la Fiesta como mejor le venga en gana pero para terminar este post me gustaría decir al vuelo que no se olviden que hay toda una tradición y que el pellejo mismo del pueblo se apuesta en una semana de pachangas.

¡Bienvenida sea la Fiesta! por favor no deje de cuidar y de cuidarse.

 

El Gude, “Pequeño Guerrero” de Tepetlixpa

("El primer gran caminante de Tepetlixpa" (Foto: M.S.)

Tiene un nombre, es evidente. Lo más seguro es que sea Gudelio, pero da igual. Lo mismo sería si fuera Francisco, Ramón o Blas. Su persona no necesita de un artificio tan desgastado como el nombre. En él, la personalidad se siente y la va impregnando por todas las calles y avenidas. El Gude es un personaje entrañable de Tepetlixpa. El único personaje ubicuo, al que puedes encontrar a las once de la noche comiendo un taco en La Colonia o a las tres de la tarde tocando su guitarra en El Mercado (guitarra sin cuerdas hay que decir). Mayordomo emérito, músico de todas las bandas, el  primer  gran caminante de Tepetlixpa. Y sin embargo todo eso no es ni la mínima parte de El Gude.

Si invertimos los signos de la vida podríamos hacer el bosquejo del Gude, que no su biografía. Por principio de cuentas él nos ha superado en la Historia, trasciende en vida y trascenderá porque no se ocupa de cultivar su nombre sino de cargar con su personalidad en todo lo ancho de su mochila. Sordo y mudo, sus discapacidades son en realidad unas riquezas insondables, y no lo digo por convencionalismo, porque El Gude domina el delicado arte del no-lenguaje. No necesita conocer el español, ni preocuparse por los cientos de idiomas que existen en este mundo. Le basta conocer los misterios del silencio, desgarrarlos con un guiño oportuno o gesticular como si en el aire garabateara signos con ayuda de su risa desdentada.

("Mayordomo emérito". Foto: J.S.)

Gude es un personaje, un testigo mudo del cambio, uno de esos individuos a los que apenas mortifica la contingencia. En todo caso se desprende de su hogar (que evidentemente tiene hogar y familia) para entregarse como no existe otra persona en este pueblo a recorrer lo suyo. Inversión de órdenes como digo: no es que el Gude sea de Tepetlixpa, Tepe es en todo caso del Gude.

¿Quién no lo ha visto en el rincón más insospechado? Nuestro personaje lleva como el sombrero sus bondades, que no hay quien considere al Gude un inoportuno. Es agradable verlo. De las legiones de estos personajes, que usualmente son la burla de los niños o la representación en tierra del famosísimo Coco, El Gude inspira todo, menos miedo. Para el Gude siempre hay un taco, una chamarra, una mochila. Ciertamente, Gude es el único sobreviviente de otros personajes que tuvieron su reinado en Tepetlixpa.

Pero Gude tiene una ventaja que quizá sus camaradas de antaño no tuvieron. No provoca miedo; y eso porque El Gude es dueño del lenguaje del silencio. En todo caso, el idioma de las personas de buena voluntad: la sonrisa. En algún momento girará la cabeza hacia su costado y encerrado en un gesto mostrará toda la bondad de la humanidad.

Pero a veces Gude se enoja. En su caso también invierte los signos de su mundo e intenta romper la belleza de su idioma. Gesticula, se enerva, alza los brazos. En una fiesta de San Esteban vi que un borracho le dio un zape y le aventó el sombrero. Gude volteó a verlo con esa sonrisa que ablanda piedras, pero el borracho, inoportuno e ignorante, empujó a Gude que rodó por el suelo. No el atrio, que sería una hipérbole, pero la parte donde quedó el círculo se paralizó. Llovieron las groserías, las bofetadas, los movimientos de desaprobación,  las mentadas de madre sobre el borracho: “¡serás pendejo, no ves que es El Gude!” dijo alguien. Gude, solemne, se levantó de entre el polvo y caminó.

Todo esto, insisto, es un bosquejo. Gude sonríe, no niega la cámara; Gude observa. Con nuestro método de invertir el mundo quizá debamos preguntarnos quién puede decir qué lado es el correcto. Gude camina por la carretera, con un desvencijado violín colgando, con unas botas vaqueras que deben ser mágicas, pues nunca he visto que se queje de cansancio. De pronto se detiene. Algo rompió la tranquilidad del asceta. Mueve la cabeza de un lado a otro, pareciera que percibe con todos los poros de la piel, que puede captar la más pequeña vibración del aire en los agujeros donde algún día tuvo dientes. Gude voltea, me mira. Tiene la mirada fija en un punto invisible de mí (o del universo) que ninguno de nosotros, “normales” según la opinión general, es capaz de advertir. Se diría que Gude ve los colores de las cosas, o el movimiento de los átomos, o que podría, si quisiera romper su mágica ensoñación, reescribir parte por parte el poema De rerum natura de Lucrecio o escribir los versos más tristes esta noche…

(El Jefe dwamish "Pequeño Guerrero")

Estoy hojeando un hermoso libro, Indian Spirit, editado por Michael O. Fitzgerald, para una colección de sabiduría del mundo. Tiene hermosas fotografías de jefes indios de los Estados Unidos, que posan hieráticos con sus atuendos tradicionales. Los textos son de una sabiduría abrumadora. Veo la foto del jefe Dwamish “Pequeño Guerrero”, que parece me está viendo a través del tiempo y el espacio en la fotografía color ocre. Dice su viñeta que los sueños de sus ancestros son obtenidos en las solemnes horas de la noche por el Gran Espíritu, pero que las visiones de su sagrada medicina están grabadas en los corazones de los hombres.

Gude camina sin rumbo fijo. Cuando voltea y se deja ver pareciera que Gude, dueño absoluto de Tepetlixpa, es el jefe Pequeño Guerrero que ha dejado Seattle y a su pueblo Dwamish para caminar bajo el volcán. Lo es sin duda. Los pasos de El Gude también están grabados en los corazones de los hombres.

 

Tepetlixpa, un viaje por el tiempo

(Panorámica de Tepetlixpa, 1950. Foto: ing. Esteban Vergara/Ollin Altépetl A.C.)

(Panorámica de Tepetlixpa, 2010. Foto: M.S.)

Como estoy procesando mucha información para escribir post más serios, quisiera compartirles algunos datos que de manera comparativa nos muestren diversas caras de Tepetlixpa en su historia.  Eso de Tepetlixpa, un viaje por el tiempo, es a propósito de los cambios que vivimos y por la muestra fotográfica que Cultura Ollin Altepetl A.C. ha venido trabajando y exponiendo en diversos foros (actualmente en la Presidencia Municipal). Los invito a visitar dicha muestra y a  seguir mandando comentarios y sugerencias.

  • Antes de 1935 no existía una policía fija. En agosto de ese año, a raíz del Zafarrancho, la población convino en cooperar con 25 centavos diarios por persona para contratar a 3 policías y un comandante en servicio fijo. El primer comandante así elegido fue el antiguo soldado zapatista Albino Álamos.
  • En 1938, una relación de obras de arte de la Parroquia, señala la existencia de un “óleo representando a San Esteban” y otro del mismo santo “siendo apedreado”. No hay manera de comprobarlo, pero podrían ser pinturas que pertenecían al retablo, hoy perdidas.
  • En la misma época Nepantla y Cuecuecuauhtitla se consideraban, respectivamente, parte de la Tercera y la Segunda Sección del pueblo de Tepetlixpa, de tal modo que en las elecciones, los ciudadanos de ambas delegaciones tenían que votar en la cabecera. El padrón electoral, por cierto, era de 301 ciudadanos con derecho al voto.
  • En 1958, los cultos religiosos en Tepetlixpa se dividían en dos grupos: católicos apostólicos romanos, atendidos religiosamente por el sacerdote Jacobo Hernández, y cristianos evangélicos, con un templo sin denominación y atendidos por el pastor Daniel Guerrero.
  • Antes de la flamante nomenclatura de nuestras actuales calles, entre 1920 y 1930 sólo se utilizaba como referencia el nombre del barrio: Tepehualco, Huehuetepetl, Crustitla, Tlayelpa, San Juan, Xolalpa, Pozotitla, Tlatempa, Axotla, Cuahnalá, Xochitla, Buenavista, Xocotla, etc. (¿reconoce su barrio?). Luego a inicios de los años 40, quizá como una política del simbolista y reconocido pronazi Wenceslao Labra, algunas calles se llamaron “Berlín”, “Zeppelín” o más poéticamente “De las Flores”.
  • Finalmente veamos a una generación de niños de la revolución. En 1920, la maestra Lorenza Gil, directora de la escuela elemental de Tepetlixpa “Presidente Benito Juárez” (no confundir con la actual escuela federalizada) al aplicar el examen colectivo de conocimientos, reconoce el brillantísimo papel de las alumnas y suplica al inspector, Dr. Alfonso Domínguez, que para estimularlas, se les obsequie juguetes como premio, para “que se hagan dichosas a esas inocentes, que después de tanta desolación y aún en medio de tanta calamidad no conocen un juguete”.
 
 
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