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La Fiesta de Enero: reinterpretando tradiciones

 

(Quema de cohetes. Foto: M.S.)

La Fiesta de Enero puede ser un alud de personas aplastándose en las calles; bailes y jaripeos con las estrellas del momento que dentro de un año no volverán a sonar. Puede terminar en una comparsa de chinelos o en una borrachera de miedo y comenzar en una fila para recibir el lazo bendito. Me gusta pensar en la Fiesta de Tepetlixpa como un prisma que tiene muchas caras pero siempre un asidero: la tradición.  En este blog he dejado algunos artículos sobre la Fiesta y no intento repetir nada de lo ya dicho. En estos momentos continuo mi ensayo de interpretación sobre las tradiciones y aunque difícil de resumirlo me gustaría compartir algunas opiniones. Bienvenido cualquier comentario.

1. Nuevas interpretaciones. En Tepetlixpa hay una leyenda que al explicar la llegada de la imagen y los modos de su permanencia se convirtió en sinécdoque: la parte explica el todo.  “Ser de Tepetlixpa es tener la familia ahí, estar construyendo una casa y saber que en el Calvario está el Dulce Nombre de Jesús” escribo en el ensayo. La imagen fuera de lo religioso es una forma de identidad porque la identidad no es llegar a ser algo sino estar siendo lo que somos. El problema es el deslinde: ¿somos lo que sucede?

Por eso considero necesario rescatar una interpretación profunda. Es algo temerario porque en un momento de pachanga no habrán muchos que decidan hacer reflexiones, pero pienso que si la Fiesta es tradicional la tradición debe conocerse. El tema que me ocupa primordialmente es el del Vítor, para indagar qué hay detrás de un reparto de imágenes que se entiende (o sobreentiende) como la “víspera” de la festividad.

El Vítor, como las demás tradiciones de la Fiesta (Altepetl, danzas y peregrinaciones) no tiene bases firmes para reconstruir su historia. Se perdieron los datos esenciales, se murieron los testigos y protagonistas y ya no queda sino realizar interpretaciones de lo que significan esas tradiciones.

 

(Recorrido del Vítor. Foto: M.S.)

Entonces, el Vítor es una manera de reafirmar la devoción a la imagen. Al entregar estampas se involucra al destinatario en un cierto compromiso para con su fe y por esa fe con todo lo que acompaña: el ser de este lugar, el contribuir a la ubicuidad de la imagen (se lleva la estampa en la complicidad de la cartera y en el tablero del autobús y el coche), el forzar a la protección y finalmente a festejarse a sí mismos, pues Vítor en su primera acepción significa “homenaje público”. La imagen deja de ser un objeto religioso para ser una objetivación de la fe, que por cierto no conoce de religiones, es decir de rituales, más que el respeto. Se vitorea a la imagen y al mismo tiempo se celebra el que esté aquí. Se anticipa una fiesta y sin embargo ya hay fiesta: ser de Tepetlixpa y tener por 51 semanas la oportunidad de manifestar esa fe y ese respeto, pues, dicho popular: “la Fiesta es para los visitantes… uno puede ir cualquier día del año”.

Otras interpretaciones son válidas desde luego siempre y cuando se justifiquen. El Vítor puede ser el recuerdo de una antigua anunciación. ¿De qué? es imposible saberlo sin datos confiables. Podría ser el recuerdo de la llegada de la imagen; el recibimiento que se hacía a las antiguas y primeras peregrinaciones que llegaban al pueblo. Lo cierto es que hasta podría ser el recuerdo de las procesiones que se hacían antes de los años cuarenta (esto por fortuna sí está documentado) cuando la imagen permanecía en la Parroquia de San Esteban y era transportada solemnemente hasta su capilla para “pasar la Fiesta”.

Más temerario pero no tan descabellado el Vítor podría haberse nutrido de las tradiciones más profundas de Tepetlixpa. Las “señoritas” (recordando que las mujeres del recorrido eran originalmente mujeres maduras, núbiles y no niñas) son madrinas al momento de regalar. Las señoritas llevan las estampas en bandejas y los hombres de a caballo en morrales. ¿No se trata de dos objetos que representan la prosperidad, la abundancia y la alimentación?, ¿no son las fuentes donde se transportan los bienes caracterizados por la actividad de cada género (semillas/masculino, alimentos/femenino)? Ya en el extremo, la boda típica de Tepetlixpa, ¿no tiene acaso un baile de prosperidad que se llama “La Bandeja”?

 

(El broche de luces, otra vez. Foto: J.S.)

2. Nuevas preocupaciones. Hace pocos años una preocupación latente era que la Fiesta no fuera lo suficientemente vistosa para el visitante. Era una actitud de orgullo local pero también de entrega, de dar lo mejor de nuestra forma de ser para la gran semana del año. En la actualidad estas falsas preocupaciones se vuelven nada frente a los problemas que genera una Fiesta de grandes dimensiones. Se ha avanzado en materia de protección civil y se resguardan mejor los espacios para la quema de castillos y para el deambular de los visitantes. La Plaza de Toros, tan ambivalente por su alcance y funcionalidad no deja por ello de prestar un gran servicio y proteger a los que no gustan del jaripeo, pues antes era de lo más común que el toro rompiera el cercado e hiciera de las suyas en la calle (aunque, ¿un toro no tiene derecho a la diversión?).

Las nuevas preocupaciones ya que hablamos de tradición, es que precisamente terminen imponiendo prácticas que destruyan a la misma. Algún día platicaba con Jaime Estrada, un entusiasta promotor de la cultura y me dijo que si la danza de los negritos desapareció es porque así tenía que ser, que su ciclo había pasado. El chinelo se impuso y ahora nadie dudaría en darle su lugar de honor en esta festividad, pero ¿qué sucedería si el clima de intranquilidad (por no decirlo con su nombre: delincuencia) se adueñara de más espacios en este pueblo?, ¿qué sucedería si la violencia empañara la alegría de las comparsas? No es una pregunta fácil y no hay todavía una respuesta contundente. Cada quién es libre de disfrutar la Fiesta como mejor le venga en gana pero para terminar este post me gustaría decir al vuelo que no se olviden que hay toda una tradición y que el pellejo mismo del pueblo se apuesta en una semana de pachangas.

¡Bienvenida sea la Fiesta! por favor no deje de cuidar y de cuidarse.

 

Fiestas Patrias: tradición, pertenencia e identidad I

(Cartel promocional de las Fiestas Patrias de 1949. Foto: M.S.)

Ya en otros post he dejado una aproximación sobre el sentido que los tepetlixpenses otorgamos a las Fiestas. Pareciera ser que es un mero problema lingüístico, pero con cierta reflexión alcanzamos a ver el sentido, la representación y los simbolismos que hay detrás de toda fiesta que sucede en este pueblo. ¿Por qué no hablar entonces de las Fiestas Patrias?

Para este post intentaré hacer un análisis de dos celebraciones patrias realizadas en 1949 y en 1956 con el objeto de observar el sentido de las Fiestas en esos periodos de construcción e identidad social. En último caso, lo que intentaré es que tomemos conciencia sobre estas celebraciones.

Existieron Fiestas Patrias antes de 1949 evidentemente pero no hay muchas evidencias históricas. Sólo sabemos que existían objetos simbólicos como un estandarte de Hidalgo y una bandera conmemorativa que han desaparecido, y que se realizaban actividades de tipo cultural.

(Fiestas Patrias de 1941. Foto: Archivo Fotográfico Ollin Altépetl A.C.)

¿Qué sucedía en el Tepetlixpa de 1949? A grandes rasgos sabemos que se deslindaba el trazo de la actual carretera federal; que continuaban las gestiones para introducir el agua potable; que el proyecto de tianguis local había fracasado y que como parte de la historia nacional, Tepetlixpa entraba en una etapa de grandes oportunidades y profundas crisis económicas al mismo tiempo.

Las Fiestas comenzaban a despuntar en el inconsciente colectivo como partes importantes en la identidad del pueblo. Basta recordar que en 1946 se comenzó a remodelar la Capilla del Calvario para impulsar las fiestas de enero.

Pero es evidente que las Fiestas no se consolidan si no es por acción de la costumbre y de las legitimaciones. Desde los años 30 la figura de las Juntas de Mejoramiento Moral Cívico y Material, fungían como un vínculo entre la sociedad y los gobiernos municipales. En Tepetlixpa para ser precisos, la participación de la Junta (en ese entonces llamada “Patriótica”) fue vital en el conflicto religioso de 1938 y es el más lejano antecedente de una organización mixta (civil y gubernamental) que planteara la necesidad de rescatar para la posteridad a la Parroquia de San Esteban como un monumento artístico e histórico de importancia para Tepetlixpa.

(Carta de designación de un Vocal, 1956. Foto: M.S.)

La Junta funcionaba de manera mixta. El ayuntamiento insaculaba o nombraba de forma directa a un grupo de ciudadanos que por sus características eran, a consideración del Cabildo, idóneas para desarrollar las labores de gestión, organización, administración y captación de recursos para realizar las acciones que el larguísimo nombre describe bien: proponer mejoras al inmobiliario público, sugerir actividades culturales, promover campañas de algún beneficio social y claro, realizar las festividades cívicas.

El primer cliché que debemos quitarnos es pensar que las Juntas se ajustaban a un modelo previo e inamovible. Hacia 1934, por ejemplo, la Junta realizó un programa de eventos para las fiestas patrias que incluía música en vivo al estilo de las grandes bandas norteamericanas, poesía, bailables y brindis de honor con vino tinto. La Junta respondía desde luego a las actitudes y gustos particulares de sus miembros, pero en la realización del evento, incidía en ese inconsciente colectivo que ya he mencionado más arriba.

Los miembros seleccionados, regresando al tema, eran notificados y citados para que rindieran protesta de ley. En términos jurídicos, esa formalidad sirve para consignar públicamente el compromiso en un acuerdo de voluntades. Al tomar protesta de ley, el compromiso va más allá del abstracto valor que llega a tener la palabra empeñada.

(Formato de nombramiento de recaudadores, 1954. Foto: M.S.)

Los miembros, Presidente, Secretario y Vocales, no percibían salario alguno, desde luego. Entres sus atribuciones estaba el nombrar recaudadores (nótese el cargo, tan arraigado en nuestra tradición) para conseguir los fondos que fueran necesarios para llevar a cabo la festividad. Hubo casos desde luego de miembros que desistieron del nombramiento, pero igualmente hubo casos en que una negativa de asistir a la cita era procedida por una orden de presentación ejecutada por la flamante policía municipal: un comandante y un policía.

 

Fiestas Patrias: tradición, pertenencia e identidad II

Las Fiestas Cívicas a mi parecer, han cumplido en Tepetlixpa una función social que corre el riesgo de caducar. Me explico. Entre 1920 y 1950 proyectaron una identidad social de manera continuada. Algo así como refrendar que Tepetlixpa se reconstruía y que tenía que entrar en la “modernidad” tan proclamada por las políticas nacionales y estatales. Se enriquecía esa función al poner de relieve elementos que cohesionan la idea de pertenencia: los primeros “héroes”, surgidos de la cantera de la Revolución, que luego fueron sistemáticamente olvidados y, quizá la más importante: el simbolismo del espacio público.

Antes de continuar es necesario hacer un breve paréntesis y entender la dinámica de las Fiestas religiosas. En el mismo periodo que analizamos las danzas tradicionales, el teatro y el jaripeo se afianzaban como una triada para hacer que los tepetlixpenses de aquel entonces canalizaran sus necesidades de diversión y liberación. No sé si en algún lugar se haya planteado el hecho de que las fiestas religiosas se realizan en los meses en que no hay actividad agrícola que requiera mucho tiempo o esfuerzo. Diciembre y enero son más bien épocas de cosecha, de descanso, de necesidad pues de hacer algo y simbolizar que el año termina y comienza de manera alegre.

Por eso las Fiestas Patrias tuvieron un simbolismo especial. Se sitúan a medio año, cuando las faenas agrícolas entran en el letargo desesperante de la espera. Claro, me estoy refiriendo a la agricultura de hace 60 años, cuando el cultivo de hortalizas era una quimera y hectáreas de haba se alzaban desafiantes en los terrenos altos de Cuecuecuauhtitla…

Imaginemos entonces la necesidad de desfogue, de pertenencia y de relajación. El empeño a una gran Festividad Patria era un asunto no sólo de patriotería, sino de pertenencia.

Pero ya en concreto, ¿qué se realizaba? La Junta podía intercambiar los programas o sugerir novedades, pero al menos hay elementos que resaltan esa pertenencia que enuncié arriba. Las Reinas de las Fiestas Patrias incluyen a la mujer en la dinámica social de Tepetlixpa. Parece una mera banalidad pero no hay que soslayar su importancia. Al concursar, las mujeres hacen suyo un sector de la celebración que también moviliza aspectos económicos y políticos antes que la mera fruslería de decir que una mujer es más bella que otra por un cabello o ceja mejor o peor arreglados. Además hay que mencionar que para 1956, tres años después de que se concediera el voto a las mujeres en México, Trinidad Herrera y Guillermina Rojas alcanzan por primera vez en la historia de Tepetlixpa un cargo de representación (no elección) popular: séptima y octava vocal respectivamente de la Junta de 1956, encargadas de recaudar fondos para construir la Escuela Primaria Cuauhtémoc.

(Madrinas y concursantes de una carrera de cintas. Circa 1969. Foto: Archivo Fotográfico Ollin Altépetl A.C.)

Otro elemento es el famoso concurso de las Carreras de Cintas. Hay reminiscencias de este juego en el que un jinete a toda velocidad debe introducir una lanceta en un anillo para desprender un listón, en culturas tan dispares como los gauchos argentinos y los talibanes afganos. Pero ni uno ni otro. Jinetes locales y jinetes invitados daban vueltas al Mercado Municipal. Era digamos, un ejercicio de destreza que no sé si sería correcto enmarcar plenamente en la necesidad de desfogue de un periodo de por sí estresante en el campo. Lo que sí es seguro, es que el estrés estaba en la montura. Ganar, además del prestigio, era la oportunidad de que una “madrina”, “guapas damitas de la localidad” como las describe un programa, hiciera algún regalo al “charro”, y que en la noche, al amparo del Padre Hidalgo, tuvieran una oportunidad, quizá, de bailar en el “lucido baile” efectuado en su honor una canción… o una danza que termina en el amor sin cortapisas ni compases.

(Equipo "Águilas del Caribe", mediados de los años 50. Foto: Archivo Fotográfico Ollin Altépetl A.C.)

Pero si mujeres y hombres tenían su papel, ¿qué hay de los “no-charros”? El otro sector que ni bailaba ni gustaba de montar un caballo, tenía entonces otra oportunidad de pertenencia, desfogue y arraigo en el deporte. El basquetbol merece por sí mismo una historia aparte en Tepetlixpa, pero nos basta saber qué fue gracias a cuestiones religiosas que el deporte del Dr. James Naismith se quedó en Tepetlixpa para siempre. En las fiestas patrias de 1949 se habla de un “club deportivo de este lugar” lo que se debe interpretar como una selección representativa de Tepetlixpa, pero en 1956 se pormenorizan encuentros específicos: Llaneros vs Atlautla; Halcones vs Tiburones; un número especial Tepetlixpa vs Xalostoc (Morelos) de sextetas femeninas, y como broche de oro encuentros que me imagino eran los grandes clásicos de la época: Llaneros vs Cocotitlán y Gavilanes vs Coahuixtla (Morelos). ¿Volveremos a ver un equipo de tal raigambre?

 

Fiestas Patrias: tradición, pertenencia e identidad III

Finalmente, ¿qué encontramos en las Fiestas Patrias? Ya visto el lado simbólico es justo centrarse en los divertimentos. Hay que considerar claro, la escala de valores de hace 60 años, pero el hombre es el mismo a lo largo del tiempo. En 1949 se programaron cuatro días de festividades: homenajes, desfile, repique de campanas y la parafernalia oficial el día 15 y 16. Los dos restantes se destinaron a darle gusto al gusto como dice el dicho: baile en el Salón de actos y carreras de cintas en el Mercado (nótese además de la evidente funcionalidad, la importancia simbólica del lugar). La nota común es el adjetivo: “lucido”. ¿Lucido porque era más interesante que los bailes de enero? ¿Por qué eran eventos de paga? o ¿por qué se realizaban en el recinto más oficial y formal de Tepetlixpa?

Si eso fue en 1949, ¿qué hay siete años después? Para responder tenemos que retroceder a 1954, un año que debería celebrarse como verdaderamente revolucionario en nuestra historia local, pues fue el año en que la Misión Cultural No. 39, dependiente del gobierno federal, realizó una labor social exhaustiva en Tepetlixpa enseñando oficios, deportes, trabajos, manualidades etc. Actividades tan comunes hoy en día como la apicultura o entrenar básquetbol en la cancha de San Francisco no existirían si la Misión no hubiera intervenido en ese 1954.

(Acta que constituye el Comité Pro-Festejos Patrios, 1956. Foto: M.S.)

Por eso, para 1956 el programa se incrementó notablemente. Abarca del día 15 al día 23 de septiembre. Involucra a un sector muy importante como lo es sin duda el escolar. Con una rimbombante prosa de mediados del siglo XX, justifica el amplio programa en estos términos:

Conciudadanos:/ Hidalgo, apóstol de la iniciación de la causa libertaria, viendo oprimida a la Patria mexicana por la opresión ibera, se reveló (sic) su alma de buen sacerdote y con la fe sublime en la grandiosa obra, hizo sonar la histórica campana de Dolores, cuyas sonoridades marcaron el  principio de la libertad mexicana; haciendo remembranza de tan fausto acontecimiento y para rendir justo en el CXLVI aniversario a quienes con su vida nos dieron Patria y Libertad, el H. Ayuntamiento, la Junta de Mejoramiento Moral, Cívico y Material, el H. Comité Pro-Festejos Patrios y el personal docente, de este lugar han elaborado el siguiente/ programa:”

Y vienen las actividades: homenaje, recitaciones, poesía coral, discursos y velada literario-musical.

En lo que respecta al acontecimiento central, el “Grito”, en 1956 se sigue mencionando una tradición aún vigente pero modificada en el tiempo, el “paseo de las antorchas”, siempre recordando y venerando el poder de un motín. Al día siguiente, desde luego, el desfile y el programa cultural. Por la tarde, los encuentros de básquetbol ya mencionados. Pero sin lugar a dudas algo emocionante y esperado: el primer gran baile de las Fiestas Patrias, amenizado por la “Marimba Orquesta” de Cuautla, Morelos.

17, 18 y 19 fueron los días deportivos. Además del básquet, las carreras de cintas, el día 19 a partir de las ocho de la noche, gran baile amenizado “por el formidable Conjunto Tropical a cargo  del maestro filarmónico Marciano García”.

20, 21 y 22 continuaron el eje deportivo, pero el día 22 a partir de las cuatro de la tarde, el ludismo familiar con los llamados “juegos de cucaña” se adueñó de la Plaza Cívica (¿siguen el recorrido espacial?): palo encebado, marrano encebado, barril encebado, etc.

Finalmente, el día 23 el gran “broche de oro” con las carreras de cintas y con un baile de tipo formal que destaca por el tipo de propaganda que lo describe: “a las 20 hrs. dará principio un elegante y animado baile, con la orquesta Casino, quién le deleitará con las mejores notas musicales de su repertorio”.

(Última página del programa de festejos de 1956. Foto: M.S.)

En conclusión, tenemos una panorámica sobre la importancia de las Fiestas vistas más allá del mero acto y de una suma de eventos. Tenemos que recordar la función simbólica del espacio en Tepetlixpa y la ruptura de toda linealidad que se da en la búsqueda de un centro virtual dónde se realicen actos de esta naturaleza.

Tenemos finalmente que considerar que una Fiesta siempre es arraigo y origina identidad, por lo que debe en la medida de lo posible fomentarla, aunque, visto a través de los testimonios, que no son sino vida encapsulada en papel, lo trascendente (para bien o para mal) será una sola y simple (aparentemente) pregunta:

¿Y usted, cómo vive las Fiestas Patrias?

Gracias por la atención a este larguísimo post. Espero sus comentarios.

 

Fiesta, personajes, estampas

Aquí una pequeñísima muestra de la Fiesta de Tepetlixpa desde sus personajes. Toda muestra es arbitraria, e insistir tanto en los Moros es para concientizar de que es nuestra última gran danza tradicional (más de 80 años de existencia, cuando no 100) y que hay que preservarla antes de que desaparezca. Aprovecho para invitarles a que visiten las “Galerías del Cerro” donde encontrarán más fotos de esta Cara del Cerro, Tepetlixpa.

(Un descanso antes del castillo. Foto: J.S.)

(50 años de la "Corporación de la Juventud". Foto: J.S.)

(Luces y nubes. Foto: J.S.)

(Nuevas generaciones "moras". Foto: J.S:)

 

7 datos históricos sobre la Feria de Tepetlixpa

1. Aunque mucho se ha mencionado en este espacio: el barrio de Panchimalco existe desde finales del siglo XVII. En ese lugar se construyó una capilla en donde, más de 100 años después según la tradición, los pobladores de Tepetlixpa colocaron la la imagen del Dulce Nombre de Jesús. Al mismo tiempo se reconstruía la parroquia de San Esteban agregándole torre y cúpula.

2. Entre 1942-1944 se decide construir un templo más amplio que la antigua capilla. La imagen del Dulce Nombre de Jesús permanecía en la parroquia mientras se realizaban las obras. Cerca de la fiesta, la imagen era llevada a su templo en solemne procesión y las peregrinaciones de la época traían materiales de construcción como “limosna” para que el templo fuera terminado rápidamente.

(Capilla del Calvario. Años 40. Foto: D.R. de la Colección Particular E.C.F.)

3. La importancia económica de la fiesta fue un factor importante para que las autoridades intervinieran directamente en su organización. Datos contables de 1935 son un claro ejemplo: la recaudación por pago de derechos y licencias en el mes de enero arrojó un total de $385. En febrero, por concepto de predial, $119. (Salario del presidente municipal $1.75 al día).

4. El ayuntamiento emitía nombramientos para que ciudadanos de cada Sección realizaran la “recaudación” destinada a cubrir los gastos originados por la fiesta, sobre todo por concepto de jaripeos. Los Jefes de Manzana (antigua figura administrativa) tenían el encargo de velar por la integridad del ganado, procurarles alimentos y vigilar que no fueran a ser robados: “pues deben de tener en cuenta que en estas fiestas solamente nosotros como Ciudadanos y Vecinos de esta estamos obligados a hacerlo”.

(Nombramiento de recaudadores para Jaripeo. Foto: M.S.)

5. Por lo mismo, se vigilaba el estricto cumplimiento de las obligaciones surgidas con motivo de la Fiesta. Leamos, enero de 1950: “El señor Asencio Galván… está comprometido para el día de la fiesta del veinte de enero para tocar con los danzantes de vaqueros. Por lo mismo se suplica a las autoridades de esa jurisdicción que la presente vieren se eximan de otros compromisos que puedan haber”.

(Constancia para el músico Ascencio Galván. Foto: M.S.)

6. Danzas… regresemos al año de 1935 para conocer lo que volvía locas a las personas antes de que hubiera chinelos: “Danza “azteca”, “Pastoras”, “Pastorela”, “Negros”, “Vaqueros”, “Mixtecos”, “Moros de Careta”, “Contra-Danza de Vals”, “Música Azteca del Estado de Puebla”. Firma, C. Vicente Trinidad Flores, presidente municipal de Tepetlixpa.

7. Pero una fiesta no solo son danzas. Para la diversión de chicos y grandes, una “Fiesta Titular” como la que describe el presidente  Vicente Flores incluía también: “Chirimía, Bailes Públicos, Jaripeos, Circos, Volantines, fuegos artificiales y toda clase de juegos permitidos por la ley. “CARNABAL” [sic] comparsas de disfraces, amenizados estos actos con la Banda de Música Municipal”.

 

Fiesta de Tepetlixpa

(Castillos 2009. Foto: M.S.)

La última semana de enero se celebra en Tepetlixpa la devoción al Dulce Nombre de Jesús, imagen de un nazareno que se venera en la capilla del Calvario. Sin embargo no es por un calendario religioso que la fiesta sea en enero sino por tradición: un martes, perdido en el tiempo pero martes, de la última semana de enero, la imagen llegó a Tepetlixpa bajo condiciones rarísimas: trayéndola de la ciudad de México donde se había restaurado, sus porteadores pernoctaron en Tepetlixpa en un mesón. Cuando la población se enteró, acudió al lugar, pidió que fuera mostrada la imagen y en común acuerdo la llevaron a la capilla de Panchimalco, antiguo barrio del siglo XVIII, porque “una imagen tan bella no puede dormir en un mesón”.

Por la mañana operó el milagro: la imagen no se quiso ir. Cargaron, empujaron, tomaron fuerzas. Nada; la imagen se quería quedar. Cuenta la historia que fueron a su pueblo (para no entrar en debate es mejor así “su pueblo”, que es una discusión bizantina saber si provenía de Huazulco, Huitzuco, Chilacachapa, etc.) para traer más porteadores y aún así, la imagen se quería quedar en Tepetlixpa, que se hizo tan pesada que nunca la pudieron cargar de regreso.

Y desde entonces se celebra la Fiesta, un acontecimiento singular que ha llamado la atención de muchas personas. Ya desde los primeros post de este blog había señalado el trabajo de Sonia Comboni y José Manuel Juárez, sin contar con la infinidad de trabajos, escritos, folletos e incluso materiales audiovisuales que existen al respecto.

La Fiesta es un gran acontecimiento desde el punto de vista que se quiera ver. Para los pobladores es un momento de alegría, diversión y esparcimiento; también de compromisos económicos, de cumplir obligaciones con comparsas, grupos organizadores, corporaciones, mayordomía e incluso con compadres y amigos. Cada persona sabe cómo y en qué proporción se involucra en la Fiesta, pero es seguro que todos lo hacen. Una trasposición de la novela La Feria del gran Juan José Arreola nos ahorra el describir cómo se celebra el evento, pero vale la pena hablar de sus particularidades, que aquí no hay feria, hay Fiesta.

("Broches de luces". Foto: J.S.)

Religiosamente es un evento de primer orden para el catolicismo por la cantidad de celebraciones y sacramentos que se verifican; lo mismo por la devoción de peregrinaciones que acuden al templo. Sin entrar a fondo en las mismas, que no es la intención, todo puede resumirse con el valor que adquiere el hecho de venir a este pueblo para rendir respeto a una devoción y el nombre con que fuera de tecnicismos se bautiza a la imagen, sea “El Señor de Panchimalco”, “el viejito que me cuida” o como hace poco oí magistral: “El Señor que sale a caminar por su pueblo”.

Socialmente, la Fiesta es el detonante para la movilidad del pueblo y la zona. Los compromisos significan gastos, y surge el detonante económico en nexos aparentemente insignificantes pero que equilibran la economía regional: insumos que se compran en el mercado, pago de ayudantes para hacer las comidas, compra de materias primas, aumento de ventas en las tiendas de abarrotes y en primer lugar, la inyección de recursos a las fábricas de cohetes de la región que proveen cohetones y hacen los “castillos”, el broche de luces para las noches de Feria.

La Fiesta en un cálculo aproximado estaría por cumplir 200 años de celebrarse, pues hay razones de peso para creer que la llegada de la imagen sucedió en el primer cuarto del siglo XIX. Desde entonces, las relaciones afectivas que provoca la Fiesta crecen. Se invitan a conocidos a las comidas que se hacen en las casas, se crean compadrazgos, se afianzan las relaciones o bien, se formalizan.

Su importancia se puede medir al analizar el grado de participación de las autoridades municipales en la organización. He tenido la oportunidad de seguir documentalmente esta participación, justificada hace 70 años, por ejemplo, bajo la premisa de “ser esta nuestra tradición”; respaldada porque los ingresos municipales en enero eran más importantes por el pago de derechos con motivo de la Fiesta que por el pago de impuestos; por las delicadas intromisiones de presidentes ex revolucionarios que organizaban y lo que es más, garantizaban la realización de las danzas tradicionales, facultados ex profeso para multar a los danzantes que no acudieran el día del evento al atrio o incluso, a los días de ensayo.

Luego, los jaripeos, cuya organización se distribuía entre las 5 secciones del pueblo: un jaripeo por cada una de las secciones, a costo de los pobladores. Nombramientos para recaudar cooperaciones, para vigilancia del ruedo, para contratar ganado y jinetes… una tradición elevada a norma. Luego, para demostrar que la Fiesta es una celebración de impacto social y antropológico, los préstamos culturales y la franca aculturización: las Mesas de la danza azteca que venían a rendir respeto a los capitanes de la región y la llegada triunfal y orgiástica del chinelo, danza típica del Estado de Morelos, a finales de los años 50.

Comercio, derroche, impacto económico, necesidad de seguridad pública, devoción religiosa, celo de las autoridades, organizaciones comunales, historia amasándose, tradiciones hechas ley… un poco de todo es la Fiesta de enero. Lo más importante es que cada quién le pone su tono y cada quién la disfruta a su manera. Quedan todos cordialmente invitados.

 
 
 
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