
(foto extraída de la Red)
“Las personas que leen no tienen límites, las que no leen no son más que ellas mismas”. La frase, del poeta español Benjamín Prado es de las más sinceras declaraciones que puede haber sobre la literatura. Ya que pulula una sombra y que seguramente hay que estar más tiempo en casa, me gustaría aventurarme a hablar de mi pasión por la lectura por la oportunidad que hay para ocupar mejor el tiempo y para no cargar el espacio de notas tan tristes.
Debo confesarme como un asistente continuo a la biblioteca de Tepetlixpa, y por eso es que voy a ceñirme a lo que ahí hay. Creo que toda biblioteca es un descubrimiento, y es apenas justa la metáfora de Borges con la Biblioteca de Babel que es un laberinto y un universo simultáneamente. La literatura en sí misma es eso, la oportunidad de ir hasta donde queramos, hasta donde la imaginación permita y en una de esas hasta potencializa al lector para invitarlo a escribir sus propias historias, tal como dice Benjamín Prado.
La biblioteca “Brígida García” (a mi me parece sinceramente un nombre que no dice nada y que no remite a nada para el pueblo) es aún un descubrimiento, pero sus carencias son también un llamado para el momento en el que la cultura es una prioridad. Sus catálogos están muy rezagados, sobre todo en el área de la divulgación, las ciencias exactas o los libros de consulta. Afortunadamente cuenta con Internet y eso puede tamizar un poco las carencias, pero por sus contenidos, se convierte en un centro de referencia un tanto pobre a no ser para los alumnos de la educación básica.
Pero esto suena muy duro. He sido lector usando el préstamo domiciliario por 3 años y siempre he encontrado sorpresas y sobre todo, un excelente trato por parte de sus trabajadoras. Así que, con lo que sigue, pretendo hacer una invitación a que usen los servicios bibliotecarios y que aprovechen el tiempo que se ha generado por causa de la alerta epidemiológica, además de cuidarse, leyendo, por qué no.
Toda lista propuesta es arbitraria (y los críticos lo reconocen) porque siempre mediará la subjetividad, los valores intrínsecos de cada persona y hasta la imparcialidad por eso que no nos gusta, así que, ya que no soy sino un lector apasionado, para mí los libros que valen la pena de ser rescatados de los libreros y desempolvarse serían los siguientes: 1. Toda la colección “Clásicos”, de Océano, que casi por lo general son antologías, pero muestran la cultura universal clásica. 2. Toda la colección “Narrativa Mexicana Contemporánea”, porque es una manera de acercarse a la literatura de los últimos tiempos de nuestro país (desde luego, hay autores que serían criticados, pero en sí la colección es buena hasta por su presentación física). 3. Los tomos sueltos que hay de la “Biblioteca del Estudiante Universitario”, editados por la UNAM, porque siguen siendo buen manual de divulgación en muchas áreas. 4. Los tomos sueltos de la sección de “Obras”, pero aquí es importante mencionar que no todo es material de frontera. Pero hay ediciones bonitas, aunque escasas, de Paz, Reyes, Marx, etc. 5. Los manuales y libros editados en primera intención para los bibliotecarios, porque ahí se congregan textos muy difíciles de encontrar y que además, son referencias obligadas para el mundo de la promoción de la lectura. 6. Los poemarios editados por el Gobierno del Estado de México, que aunque son mínimos, dan un panorama de la poesía que se genera en nuestra entidad.
Es importante señalar que urge, pero en verdad urge, la renovación de los materiales científicos, porque no ofrecen un acontecer novedoso. Yo no sé en los demás, pero a pesar de la indiscutible importancia del maestro Isidro Fabela, encuentro chocante que la biblioteca tenga sus obras completas y apenas haya un solo libro (la Inundación Castálida) de Sor Juana.
En la biblioteca hay libros geniales por su lugar en la historia de sus disciplinas y eso quizá sea una invitación a introducirse en otras áreas. Reconozco que así me ha sucedido con, por ejemplo, la Introducción a la Psicología, de William James, Concepto de la Historia, de Johann Huizinga, Historia de las Matemáticas, de T.E. Bell y algunos otros. Están por ejemplo, El círculo roto, de Elías Trabulse, y una Historia de la Cultura, de Alfred Weber, pero es indudable que se necesitan materiales contemporáneos.
Ahora, confieso que no me gusta usar los ficheros y me encanta leer siguiendo a mi intuición frente al librero. De esas “búsquedas” recomendaría (porque en lo personal me han encantado) Seda, de Alessandro Barico, Versos a Esperanza, que es una increíble antología de Carlos Pellicer, Las Mil y una Noches, en la excelente versión de Rubén Chuaqui que corrige y anota la traducción clásica de Rafael Cansinos Asséns; Allá donde ves la neblina, de Nedda G. de Anhalt, que sigue siendo un muy buen estudio a la obra del jalapeño Sergio Galindo y hasta La máquina de pensar, antología de Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes recopilada por Felipe Garrido, por su capacidad de reflexionar sobre el conocimiento.
Finalmente, la invitación es a aventurarse y descubrir los secretos de la biblioteca municipal, y claro, a encontrar a nuestros escritores favoritos o a nuevos que nos van a sorprender. Si por desgracia tendremos algun tiempo en restricción sanitaria, es buen tiempo para leer. Sergio Pitol, uno de los grandes escritores modernos de México dijo alguna vez que llegó a ser escritor porque siendo niño, enfermo constantemente, sus grandes compañeros de juego fueron los libros… hay que animarse, hay que animarse.