UNA
Me gusta la mora que está delante del edificio de la Delegación. Tiene un tronco de por lo menos tres metros de diámetro y unos cinco metros de altura. Estoy seguro que cualquier dendrocronología lo dataría en doscientos años, por lo menos.
Habrá sido una vara insignificante cuando en 1812 el Conde de Calderón, Félix María Calleja del Rey, pasó con sus tropas por el pueblo. Iba rumbo a Cuautla para combatir a José María Morelos y Pavón aplicando las tácticas contra insurgencias que había aprendido en África.
No había otra opción. El Camino Real marcaba la pauta y después de los llanos de Tenango y Juchitepec seguía el lento descenso a las tierras del sur a través de los cerros de lo que hoy es Tepetlixpa. No había de otra, Morelos era ya una amenaza para la Corona.
Por eso me gusta la mora, por ser un testigo de la historia; porque el tiempo que se va regresa siempre, como dice el poeta Max Rojas.
DOS
San Esteban Cuecuecuauhtitla para ser más correctos (la H se perdió en el tiempo pero es de justicia que se recupere) está a unos cuatro kilómetros de la cabecera. Igual que ésta carece de centro y su construcción se dio a lo largo de una cañada paralela al Camino Real. Por esa ubicación Cuecuecuauhtitla es un lugar de muchos significados. Es la entrada al campo de Tepetlixpa, es el mirador por excelencia del valle de Morelos, es un pequeño rincón que debió tener infinidad de árboles viejos al momento de fundarse. Es el dilema entre escribirlo con H o sin H intermedia; un lugar de terrazas y tecercas, el pueblo de apellidos rimbombantes como Gaybre o De Beamonte.
El cruce de caminos y de comunicaciones irónicamente muertas. Como el telégrafo.
TRES
El Pueblito, como se le conoce popularmente ha sido el lugar más abandonado de Tepetlixpa. A pesar de estar en Camino Real sus expectativas se paralizaron en los largos años que contabiliza la mora. Sin una carretera, comunicarse con la cabecera sólo era posible por un antiguo camino de empedrados y tecercas o darle vuelta hasta la Hacienda. El agua potable escasea y fue como un milagro cuando apareció por fin en tubo. Sus pobladores sufrieron la marginación, el menosprecio y el abuso, morían de disentería por tomar agua de las barrancas; se demandaban mutuamente por hacerse brujerías, pero El Pueblito, como la mora, “permanece, inalterable/ inmune a los desgastes,/ cuerpadamente” como continúa en ese poema épico llamado Cuerpos, el citado Rojas.
CUATRO
El Pueblito no sólo es tristeza o resignación. Caminar por sus calles es andar en el tiempo; aquí sí es posible hacer esa historia de los olores. Historia por los olores. Huelen las yerbas, el café, la humedad. Huele a adobe mojado, a patios llenos de laurel y agua podrida en los aljibes. Caminar por sus callecitas que suben y bajan a los montes es caminar hacia la neblina de la Escobeta o caminar con la vista hasta el Estado de Morelos y subir al Cerro de la Calavera que está en Jantetelco, que desde El Pueblito parece una isla en un mar imaginario. Para los soñadores, desde estos pueblos se puede anticipar que hay agua detrás de los montes y que detrás de los cerros que se ven más allá de Cuautla, poco a poco se anticipará el mar verdadero.
CINCO
En El Pueblito se encuentra la ex Hacienda de San Nicolás de Atlapango que perteneció a la familia de Sor Juana allá por el siglo XVII. El casco que sobrevive es una belleza. No tiene los artificios de las haciendas cañeras de Morelos; tiene la sobriedad de un edificio agrícola y aún se intuye la majestuosidad de sus patios y bebederos, los espacios para las eras donde se trillaba trigo y los paredones que ahora son el país de las lagartijas y escorpiones.
Más arriba está el Aljibe, una soberbia obra de ingeniería colonial con su caja de bombas, su desarenador y los restos de las cañerías. Al fondo, recortado en el horizonte, el Cerro de la Escobeta.
Trescientos años después de los tíos de Sor Juana, por 1933, la Hacienda pertenecía a la señora Juana García de Venegas. Con malabares y contratos de apoderado y de autoridades terminó en poder del entonces gobernador del estado, general Abundio Gómez, quién a su vez la cedió al político Mariano Rivapalacio.
Atlapango cultivaba granos y leguminosas, pero también fue una parada obligada en el Camino Real. Se detenían a dar de comer y beber a los caballos, a descansar en el viaje a la ciudad de México, y otros, menos o más afortunados según e vea, a morir en el caballo. Cien años después de que pasaran las tropas del Conde de Calderón, en diciembre de 1934 un mayordomo del patrón Rivapalacio salió galopando de Ozumba cerca de la puesta del sol.
Iba a vigilar que la pizca de maíz se hubiera realizado sin problemas. Espoleaba al caballo y eso lo mantenía en calor; su gabán blanco ondeaba como bandera en el camino. Poco antes de llegar a la Hacienda, el caballo cayó en un socavón. El jinete salió volando. Detuvo su vuelo en un peñasco.
A las seis de la tarde las autoridades fueron a levantar el cadáver, cubierto con el gabán. En un último deseo no pedido, el hombre quedó señalando con la cabeza el rumbo de Juchitepec, lugar donde había nacido: con los pies, señalaba a Morelos, que comenzaba a perderse en la oscuridad. El hombre, como El Pueblito, se durmió para siempre mecido en manos de la sierra y anhelando las bondades de la tierra del sur.

(Mosaico. Fotos y composición: M.S.)




