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El Gude, “Pequeño Guerrero” de Tepetlixpa

("El primer gran caminante de Tepetlixpa" (Foto: M.S.)

Tiene un nombre, es evidente. Lo más seguro es que sea Gudelio, pero da igual. Lo mismo sería si fuera Francisco, Ramón o Blas. Su persona no necesita de un artificio tan desgastado como el nombre. En él, la personalidad se siente y la va impregnando por todas las calles y avenidas. El Gude es un personaje entrañable de Tepetlixpa. El único personaje ubicuo, al que puedes encontrar a las once de la noche comiendo un taco en La Colonia o a las tres de la tarde tocando su guitarra en El Mercado (guitarra sin cuerdas hay que decir). Mayordomo emérito, músico de todas las bandas, el  primer  gran caminante de Tepetlixpa. Y sin embargo todo eso no es ni la mínima parte de El Gude.

Si invertimos los signos de la vida podríamos hacer el bosquejo del Gude, que no su biografía. Por principio de cuentas él nos ha superado en la Historia, trasciende en vida y trascenderá porque no se ocupa de cultivar su nombre sino de cargar con su personalidad en todo lo ancho de su mochila. Sordo y mudo, sus discapacidades son en realidad unas riquezas insondables, y no lo digo por convencionalismo, porque El Gude domina el delicado arte del no-lenguaje. No necesita conocer el español, ni preocuparse por los cientos de idiomas que existen en este mundo. Le basta conocer los misterios del silencio, desgarrarlos con un guiño oportuno o gesticular como si en el aire garabateara signos con ayuda de su risa desdentada.

("Mayordomo emérito". Foto: J.S.)

Gude es un personaje, un testigo mudo del cambio, uno de esos individuos a los que apenas mortifica la contingencia. En todo caso se desprende de su hogar (que evidentemente tiene hogar y familia) para entregarse como no existe otra persona en este pueblo a recorrer lo suyo. Inversión de órdenes como digo: no es que el Gude sea de Tepetlixpa, Tepe es en todo caso del Gude.

¿Quién no lo ha visto en el rincón más insospechado? Nuestro personaje lleva como el sombrero sus bondades, que no hay quien considere al Gude un inoportuno. Es agradable verlo. De las legiones de estos personajes, que usualmente son la burla de los niños o la representación en tierra del famosísimo Coco, El Gude inspira todo, menos miedo. Para el Gude siempre hay un taco, una chamarra, una mochila. Ciertamente, Gude es el único sobreviviente de otros personajes que tuvieron su reinado en Tepetlixpa.

Pero Gude tiene una ventaja que quizá sus camaradas de antaño no tuvieron. No provoca miedo; y eso porque El Gude es dueño del lenguaje del silencio. En todo caso, el idioma de las personas de buena voluntad: la sonrisa. En algún momento girará la cabeza hacia su costado y encerrado en un gesto mostrará toda la bondad de la humanidad.

Pero a veces Gude se enoja. En su caso también invierte los signos de su mundo e intenta romper la belleza de su idioma. Gesticula, se enerva, alza los brazos. En una fiesta de San Esteban vi que un borracho le dio un zape y le aventó el sombrero. Gude volteó a verlo con esa sonrisa que ablanda piedras, pero el borracho, inoportuno e ignorante, empujó a Gude que rodó por el suelo. No el atrio, que sería una hipérbole, pero la parte donde quedó el círculo se paralizó. Llovieron las groserías, las bofetadas, los movimientos de desaprobación,  las mentadas de madre sobre el borracho: “¡serás pendejo, no ves que es El Gude!” dijo alguien. Gude, solemne, se levantó de entre el polvo y caminó.

Todo esto, insisto, es un bosquejo. Gude sonríe, no niega la cámara; Gude observa. Con nuestro método de invertir el mundo quizá debamos preguntarnos quién puede decir qué lado es el correcto. Gude camina por la carretera, con un desvencijado violín colgando, con unas botas vaqueras que deben ser mágicas, pues nunca he visto que se queje de cansancio. De pronto se detiene. Algo rompió la tranquilidad del asceta. Mueve la cabeza de un lado a otro, pareciera que percibe con todos los poros de la piel, que puede captar la más pequeña vibración del aire en los agujeros donde algún día tuvo dientes. Gude voltea, me mira. Tiene la mirada fija en un punto invisible de mí (o del universo) que ninguno de nosotros, “normales” según la opinión general, es capaz de advertir. Se diría que Gude ve los colores de las cosas, o el movimiento de los átomos, o que podría, si quisiera romper su mágica ensoñación, reescribir parte por parte el poema De rerum natura de Lucrecio o escribir los versos más tristes esta noche…

(El Jefe dwamish "Pequeño Guerrero")

Estoy hojeando un hermoso libro, Indian Spirit, editado por Michael O. Fitzgerald, para una colección de sabiduría del mundo. Tiene hermosas fotografías de jefes indios de los Estados Unidos, que posan hieráticos con sus atuendos tradicionales. Los textos son de una sabiduría abrumadora. Veo la foto del jefe Dwamish “Pequeño Guerrero”, que parece me está viendo a través del tiempo y el espacio en la fotografía color ocre. Dice su viñeta que los sueños de sus ancestros son obtenidos en las solemnes horas de la noche por el Gran Espíritu, pero que las visiones de su sagrada medicina están grabadas en los corazones de los hombres.

Gude camina sin rumbo fijo. Cuando voltea y se deja ver pareciera que Gude, dueño absoluto de Tepetlixpa, es el jefe Pequeño Guerrero que ha dejado Seattle y a su pueblo Dwamish para caminar bajo el volcán. Lo es sin duda. Los pasos de El Gude también están grabados en los corazones de los hombres.

 
 
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