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Fiestas Patrias: tradición, pertenencia e identidad II

Las Fiestas Cívicas a mi parecer, han cumplido en Tepetlixpa una función social que corre el riesgo de caducar. Me explico. Entre 1920 y 1950 proyectaron una identidad social de manera continuada. Algo así como refrendar que Tepetlixpa se reconstruía y que tenía que entrar en la “modernidad” tan proclamada por las políticas nacionales y estatales. Se enriquecía esa función al poner de relieve elementos que cohesionan la idea de pertenencia: los primeros “héroes”, surgidos de la cantera de la Revolución, que luego fueron sistemáticamente olvidados y, quizá la más importante: el simbolismo del espacio público.

Antes de continuar es necesario hacer un breve paréntesis y entender la dinámica de las Fiestas religiosas. En el mismo periodo que analizamos las danzas tradicionales, el teatro y el jaripeo se afianzaban como una triada para hacer que los tepetlixpenses de aquel entonces canalizaran sus necesidades de diversión y liberación. No sé si en algún lugar se haya planteado el hecho de que las fiestas religiosas se realizan en los meses en que no hay actividad agrícola que requiera mucho tiempo o esfuerzo. Diciembre y enero son más bien épocas de cosecha, de descanso, de necesidad pues de hacer algo y simbolizar que el año termina y comienza de manera alegre.

Por eso las Fiestas Patrias tuvieron un simbolismo especial. Se sitúan a medio año, cuando las faenas agrícolas entran en el letargo desesperante de la espera. Claro, me estoy refiriendo a la agricultura de hace 60 años, cuando el cultivo de hortalizas era una quimera y hectáreas de haba se alzaban desafiantes en los terrenos altos de Cuecuecuauhtitla…

Imaginemos entonces la necesidad de desfogue, de pertenencia y de relajación. El empeño a una gran Festividad Patria era un asunto no sólo de patriotería, sino de pertenencia.

Pero ya en concreto, ¿qué se realizaba? La Junta podía intercambiar los programas o sugerir novedades, pero al menos hay elementos que resaltan esa pertenencia que enuncié arriba. Las Reinas de las Fiestas Patrias incluyen a la mujer en la dinámica social de Tepetlixpa. Parece una mera banalidad pero no hay que soslayar su importancia. Al concursar, las mujeres hacen suyo un sector de la celebración que también moviliza aspectos económicos y políticos antes que la mera fruslería de decir que una mujer es más bella que otra por un cabello o ceja mejor o peor arreglados. Además hay que mencionar que para 1956, tres años después de que se concediera el voto a las mujeres en México, Trinidad Herrera y Guillermina Rojas alcanzan por primera vez en la historia de Tepetlixpa un cargo de representación (no elección) popular: séptima y octava vocal respectivamente de la Junta de 1956, encargadas de recaudar fondos para construir la Escuela Primaria Cuauhtémoc.

(Madrinas y concursantes de una carrera de cintas. Circa 1969. Foto: Archivo Fotográfico Ollin Altépetl A.C.)

Otro elemento es el famoso concurso de las Carreras de Cintas. Hay reminiscencias de este juego en el que un jinete a toda velocidad debe introducir una lanceta en un anillo para desprender un listón, en culturas tan dispares como los gauchos argentinos y los talibanes afganos. Pero ni uno ni otro. Jinetes locales y jinetes invitados daban vueltas al Mercado Municipal. Era digamos, un ejercicio de destreza que no sé si sería correcto enmarcar plenamente en la necesidad de desfogue de un periodo de por sí estresante en el campo. Lo que sí es seguro, es que el estrés estaba en la montura. Ganar, además del prestigio, era la oportunidad de que una “madrina”, “guapas damitas de la localidad” como las describe un programa, hiciera algún regalo al “charro”, y que en la noche, al amparo del Padre Hidalgo, tuvieran una oportunidad, quizá, de bailar en el “lucido baile” efectuado en su honor una canción… o una danza que termina en el amor sin cortapisas ni compases.

(Equipo "Águilas del Caribe", mediados de los años 50. Foto: Archivo Fotográfico Ollin Altépetl A.C.)

Pero si mujeres y hombres tenían su papel, ¿qué hay de los “no-charros”? El otro sector que ni bailaba ni gustaba de montar un caballo, tenía entonces otra oportunidad de pertenencia, desfogue y arraigo en el deporte. El basquetbol merece por sí mismo una historia aparte en Tepetlixpa, pero nos basta saber qué fue gracias a cuestiones religiosas que el deporte del Dr. James Naismith se quedó en Tepetlixpa para siempre. En las fiestas patrias de 1949 se habla de un “club deportivo de este lugar” lo que se debe interpretar como una selección representativa de Tepetlixpa, pero en 1956 se pormenorizan encuentros específicos: Llaneros vs Atlautla; Halcones vs Tiburones; un número especial Tepetlixpa vs Xalostoc (Morelos) de sextetas femeninas, y como broche de oro encuentros que me imagino eran los grandes clásicos de la época: Llaneros vs Cocotitlán y Gavilanes vs Coahuixtla (Morelos). ¿Volveremos a ver un equipo de tal raigambre?

 

CINCO FOTOS (Y UN PILÓN) DEL PUEBLITO

(La mora "bicentenaria". Foto: M.S.)

UNA

Me gusta la mora que está delante del edificio de la Delegación. Tiene un tronco de por lo menos tres metros de diámetro y unos cinco metros de altura. Estoy seguro que cualquier dendrocronología lo dataría en doscientos años, por lo menos.

Habrá sido una vara insignificante cuando en 1812 el Conde de Calderón, Félix María Calleja del Rey, pasó con sus tropas por el pueblo. Iba rumbo a Cuautla para combatir a José María Morelos y Pavón aplicando las tácticas contra insurgencias que había aprendido en África.

No había otra opción. El Camino Real marcaba la pauta y después de los llanos de Tenango y Juchitepec seguía el lento descenso a las tierras del sur a través de los cerros de lo que hoy es Tepetlixpa. No había de otra, Morelos era ya una amenaza para la Corona.

Por eso me gusta la mora, por ser un testigo de la historia; porque el tiempo que se va regresa siempre, como dice el poeta Max Rojas.

(Comunicación muerta: el telégrafo: Foto. M.S.)

DOS

San Esteban Cuecuecuauhtitla para ser más correctos (la H se perdió en el tiempo pero es de justicia que se recupere) está a unos cuatro kilómetros de la cabecera. Igual que ésta carece de centro y su construcción se dio a lo largo de una cañada paralela al Camino Real. Por esa ubicación Cuecuecuauhtitla es un lugar de muchos significados. Es la entrada al campo de Tepetlixpa, es el mirador por excelencia del valle de Morelos, es un pequeño rincón que debió tener infinidad de árboles viejos al momento de fundarse. Es el dilema entre escribirlo con H o sin H intermedia; un lugar de terrazas y tecercas, el pueblo de apellidos rimbombantes como Gaybre o De Beamonte.

El cruce de caminos y de comunicaciones irónicamente muertas. Como el telégrafo.

(Casa habitación cerca de la avenida Morelos. Foto: M.S.)

TRES

El Pueblito, como se le conoce popularmente ha sido el lugar más abandonado de Tepetlixpa. A pesar de estar en Camino Real sus expectativas se paralizaron en los largos años que contabiliza la mora. Sin una carretera, comunicarse con la cabecera sólo era posible por un antiguo camino de empedrados y tecercas o darle vuelta hasta la Hacienda. El agua potable escasea y fue como un milagro cuando apareció por fin en tubo. Sus pobladores sufrieron la marginación, el menosprecio y el abuso, morían de disentería por tomar agua de las barrancas; se demandaban mutuamente por hacerse brujerías, pero El Pueblito, como la mora, “permanece, inalterable/ inmune a los desgastes,/ cuerpadamente” como continúa en ese poema épico llamado Cuerpos, el citado Rojas.

(Un corral, la popa del Callejón Benito Juárez. Foto: M.S.)

CUATRO

El Pueblito no sólo es tristeza o resignación. Caminar por sus calles es andar en el tiempo; aquí sí es posible hacer esa historia de los olores. Historia por los olores. Huelen las yerbas, el café, la humedad. Huele a adobe mojado, a patios llenos de laurel y agua podrida en los aljibes. Caminar por sus callecitas que suben y bajan a los montes es caminar hacia la neblina de la Escobeta o caminar con la vista hasta el Estado de Morelos y subir al Cerro de la Calavera que está en Jantetelco, que desde El Pueblito parece una isla en un mar imaginario. Para los soñadores, desde estos pueblos se puede anticipar que hay agua detrás de los montes y que detrás de los cerros que se ven más allá de Cuautla, poco a poco se anticipará el mar verdadero.

(Paredones en la Hacienda de Atlapango. foto: M.S.)

CINCO

En El Pueblito se encuentra la ex Hacienda de San Nicolás de Atlapango que perteneció a la familia de Sor Juana allá por el siglo XVII. El casco que sobrevive es una belleza. No tiene los artificios de las haciendas cañeras de Morelos; tiene la sobriedad de un edificio agrícola y aún se intuye la majestuosidad de sus patios y bebederos, los espacios para las eras donde se trillaba trigo y los paredones que ahora son el país de las lagartijas y escorpiones.

Más arriba está el Aljibe, una soberbia obra de ingeniería colonial con su caja de bombas, su desarenador y los restos de las cañerías. Al fondo, recortado en el horizonte, el Cerro de la Escobeta.

Trescientos años después de los tíos de Sor Juana, por 1933, la Hacienda  pertenecía a la señora Juana García de Venegas. Con malabares y contratos de apoderado y de autoridades terminó en poder del entonces gobernador del estado, general Abundio Gómez, quién a su vez la cedió al político Mariano Rivapalacio.

Atlapango cultivaba granos y leguminosas, pero también fue una parada obligada en el Camino Real. Se detenían a dar de comer y beber a los caballos, a descansar en el viaje a la ciudad de México, y otros, menos o más afortunados según e vea, a morir en el caballo. Cien años después de que pasaran las tropas  del Conde de Calderón, en diciembre de 1934 un mayordomo del patrón Rivapalacio salió galopando de Ozumba cerca de la puesta del sol.

Iba a vigilar que la pizca de maíz se hubiera realizado sin problemas. Espoleaba al caballo y eso lo mantenía en calor; su gabán blanco ondeaba como bandera en el camino. Poco antes de llegar a la Hacienda, el caballo cayó en un socavón. El jinete salió volando. Detuvo su vuelo en un peñasco.

A las seis de la tarde las autoridades fueron a levantar el cadáver, cubierto con el gabán. En un último deseo no pedido, el hombre quedó señalando con la cabeza el rumbo de Juchitepec, lugar donde había nacido: con los pies, señalaba a Morelos, que comenzaba a perderse en la oscuridad. El hombre, como El Pueblito, se durmió para siempre mecido en manos de la sierra y anhelando las bondades de la tierra del sur.

(Mosaico. Fotos y composición: M.S.)

 
 
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