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En el pueblo donde no hay ladrones… hay películas

(foto: Corporación Otra Parte. http://www.otraparte.org/actividades/cine/pueblo-ladrones.html)
Dámaso tiene veinte años. Es dueño de unos ojos penetrantes que acompañan al bigote recortado que lo salva de la niñez. Su mujer, Ana, ava ropa ajena, es 17 años más grande que él y no tiene empacho en mantenerlo. No es gratuito, Dámaso, para Ana y para el pueblo es Jorge Negrete.
Desde hace meses vive con una angustia de esas que se enquistan en el alma, en los rincones más profundos que no son visibles y no se pueden conjurar. Dámaso ha robado.
En su conciencia sabe que no quedará impune. Se ha agravado desde que un negro fue arrestado en el cine por ser forastero: sospechoso. Los días de “Jorge Negrete” son densos, como la humedad que se adueña del pueblo, como el sol que ciega en la mañana o las tardes de hastío por la falta de diversión.
Dámaso robó las bolas del billar de Don Roque. Su conciencia le pesa como si las bolas de marfil de pronto incrementaran su tamaño y lo ahogaran. No puede más y comete la peor extravagancia que un ladrón puede cometer. Entra al billar en una noche de luna llena y coloca en la cajita las bolas. Dámaso es descubierto por don Roque. Dámaso ciertamente ha sido un bruto.
Lo saben en Hispanoamérica desde 1962, cuando Gabriel García Márquez publicó Los funerales de la Mamá Grande. Lo saben en las escuelas y lo saben en la Cara del Cerro por una coincidencia que es literalmente de película. Pero aunque lo sepan quizá no se recuerda.
Dámaso es el protagonista de En este pueblo no hay ladrones, un cuento corto del escritor colombiano. Dos años después, en 1964, Alberto Isaac dirigió una versión cinematográfica que contó con la participación de: Julián Pastor, Rocío Sagaon, Graciela Henríquez, Luis Vicens, Leonora Carrington y José Luis Cuevas. Datos simplemente. Más datos: que una parte de la película fue filmada en Tepetlixpa.
García Márquez escribió a Macondo, tomando en cuenta que escribir es en esencia un acto creador. Su geografía y su historia son indiscutibles, es verídica mágicamente, pero fuera de Cien años de soledad, sus cuentos e historias giran en una geografía difusa o bien, se “contaminan” del recuerdo de Macondo. En este pueblo no hay ladrones no presenta más datos, pero nos regresa a ese escenario de mar y calor infernal, donde el infierno es más subjetivo que tangible. Nos perdemos más bien en la descripción de la ensoñación, del letargo, del desplome del Jorge Negrete tropical que es incapaz de pensar con tino. Ignoro realmente por qué a Alberto Isaac se le ocurrió que Tepetlixpa sería el mejor escenario para su película, pero tomando en cuenta que la zona ha sido foro de muchas otras como Nazarín (1958) de Luis Buñuel filmada en Atlautla, y alguna otra que se me escapa, no hay mucha pertinencia en esa divagación.
El caso es que en Tepetlixpa se utilizó la casa de un habitante, Inocencio Ávila, para recrear parte de la película, precisamente aprovechando que había un billar, eje de la película. El predio para darse una idea, en ese entonces era una construcción de dos pisos con techo de dos aguas. En la actualidad la farmacia que está frente al Auditorio Municipal.
Pero estos datos son meramente anecdóticos si no entramos en el valor de la película. Decir que se filmó en Tepetlixpa no dice nada importante, porque el foro es lo de menos en la pantalla. La película que comentamos, experimental en esos años, contó con un reparto importante… de extras. Los conocedores del cine la ubican más por sus extras que por los protagonistas, pues “actuaron” el mismo García Márquez, Rulfo, Fuentes, Monsiváis, Cuevas y Luis Buñuel. Se hizo acreedora al segundo lugar del Primer Concurso de Cine Experimental y aún hoy tiene sus fanáticos.
Pero decir que algunas escenas fueron en Tepetlixpa sí tiene una importancia para el pueblo, porque nos hace pensar en nuestra capacidad de asombro, en nuestra memoria y en la verdadera importancia que hay entre ciertos trabajos fílmicos o televisivos que ocupan foros locales y otros que no dejan ni aportan nada. Lejos de ese orgullo provinciano por decir que aquí se hizo, lo importante de estos datos es que nuestro pueblo no está tan olvidado del centro del país.
Lo triste es que a veces, está olvidado de nosotros mismos.