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Archivo de la categoría: CERRO DE LA ESCOBETA

No se pierda!! Equinoccio de Primavera en Tepetlixpa!!! 21 de marzo

(Pieza fundamental, el reloj de sol de la Parroquia. Foto: M.S.)

Ya en otros post hemos intentado llamar la atención sobre Tepe como un pueblo que carece de Centro analizando la disposición de sus calles y monumentos (Véase La traza de Tepetlixpa I,III y III). En ellos se ha tomado como punto de análisis las disposiciones españolas para construir un poblado y sólo de lado los aspectos indígenas, sobre todo en la ubicación espacial y simbólica de los barrios. Esta vez quisiera hacerles a todos los lectores una invitación para que no se pierdan el fenómeno visual más importante de Tepetlixpa que coincide con el equinoccio de primavera, el próximo 21 de marzo.

La invitación es para que suban a la Parroquia de San Esteban (o al menos al mirador) pocos minutos antes del amanecer y estén atentos al Volcán. ¡El espectáculo que observarán es simplemente impactante!

Sucede que cartográficamente, la Parroquia se ubica en los 19º 01’ 50.60’’ Norte, 98º 49’ 04.54’’ Oeste, es decir, ¡que está perfectamente alineada respecto al Popocatépetl!

Agradezco públicamente a mis amigos, el profesor Esteban Cortés Faz y el ingeniero Esteban Cortés Vergara y quisiera compartirles un poco de nuestras pláticas. Algún día hace cinco años habíamos mencionado que algo sucedía con el volcán en el equinoccio de primavera desde que el profesor, minutos antes de entrar a su escuela, se percató del fenómeno y le tomó fotos. Luego con ayuda del ingeniero, que nos esclareció las dudas matemáticas comenzamos la indagación en mapas; los resultados teóricos eran impecables: El volcán tiene las coordenadas 19º 01’ 22.45’’ N, 98º 37’ 26.32’’ O, lo que significa la exacta correspondencia con el templo por una diferencia de 28.15’’ en el paralelo norte, perceptible sólo en los instrumentos de medición. Idénticas correspondencias hay en las parroquias de los pueblos de Chimalhuacán, Atlautla e incluso Ozumba, sólo que la última difiere más de un minuto en el paralelo norte.

(La primera imágen que desató la observación desde el Antiguo Camino a Chimalhuacán. Foto: Esteban Cortés Faz)

Siguieron pláticas que podrían considerarse “prácticas” para ver qué podría suceder con esa correspondencia. Si el Volcán está ubicado en un paralelo de la Tierra (cosa explicable por el origen de todos los volcanes en las líneas de movimiento de las placas tectónicas: Ver http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/sites/ciencia/volumen3/ciencia3/141/htm/sec_6.htm) y la Parroquia tiene cierta correspondencia, ¿cuál sería el otro punto en el poniente?, ¿por dónde “se mete el sol”?  Siguieron las observaciones auxiliados por la tecnología cartográfica con la que hoy disponemos: Siguiendo el paralelo 19 Norte, y la línea imaginaria que hemos trazado, la parroquia coincide exactamente con el volcán en su parte central o cráter, luego, con el norte del Cerro Tres Cumbres; ya frente a la parroquia, con el camino real, de tiempos coloniales, toca la ex hacienda de Atlapango, alguna porción del aljibe y la parte norte del Cerro de la Escobeta, para entrar finalmente de lleno en la sierra del Chichinauhtzin.

(La "línea" que une al Volcán, el Cerro y la Parroquia: Paralelo 19 Norte. Foto: Ing. Esteban Vergara)

Después de esas ideas teóricas esperamos la llegada del próximo equinoccio para observar el fenómeno. Debemos al ingeniero la exploración del amanecer y el de la tarde cuando el sol aparenta “meterse” en el cerro de La Escobeta. “Faltan palabras para explicarlo” dijo en ingeniero y nos puso las fotos que tomó enfrente. Y sí, faltan palabras.

Así que lo invitamos a que no se quede simplemente con la explicación teórica que es de por sí muy brumosa. Acérquese al monumento en la mañana, poco antes de salir el sol y por la tarde poco antes de que se oculte para que observe un fenómeno grandioso. Pero lo que es más, para que medite lo que hicieron los antiguos pobladores de Tepetlixpa y de México en general, los años de observación de los movimientos de la Luna y la posición de las estrellas, en un tiempo en que no existían aparatos ni mucho menos mapas de precisión para realizar cálculos. De paso, para que opine sobre el valor que pudo haber tenido nuestra Parroquia, es decir, el monumento que hubo debajo de ella, que está alineado con paso del sol en el equinoccio. ¡No vaya a Chichen Itzá, observe lo que nos rodea!… y por favor, ¡cuídela! Espero sus comentarios.

 

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CINCO FOTOS (Y UN PILÓN) DEL PUEBLITO

(La mora "bicentenaria". Foto: M.S.)

UNA

Me gusta la mora que está delante del edificio de la Delegación. Tiene un tronco de por lo menos tres metros de diámetro y unos cinco metros de altura. Estoy seguro que cualquier dendrocronología lo dataría en doscientos años, por lo menos.

Habrá sido una vara insignificante cuando en 1812 el Conde de Calderón, Félix María Calleja del Rey, pasó con sus tropas por el pueblo. Iba rumbo a Cuautla para combatir a José María Morelos y Pavón aplicando las tácticas contra insurgencias que había aprendido en África.

No había otra opción. El Camino Real marcaba la pauta y después de los llanos de Tenango y Juchitepec seguía el lento descenso a las tierras del sur a través de los cerros de lo que hoy es Tepetlixpa. No había de otra, Morelos era ya una amenaza para la Corona.

Por eso me gusta la mora, por ser un testigo de la historia; porque el tiempo que se va regresa siempre, como dice el poeta Max Rojas.

(Comunicación muerta: el telégrafo: Foto. M.S.)

DOS

San Esteban Cuecuecuauhtitla para ser más correctos (la H se perdió en el tiempo pero es de justicia que se recupere) está a unos cuatro kilómetros de la cabecera. Igual que ésta carece de centro y su construcción se dio a lo largo de una cañada paralela al Camino Real. Por esa ubicación Cuecuecuauhtitla es un lugar de muchos significados. Es la entrada al campo de Tepetlixpa, es el mirador por excelencia del valle de Morelos, es un pequeño rincón que debió tener infinidad de árboles viejos al momento de fundarse. Es el dilema entre escribirlo con H o sin H intermedia; un lugar de terrazas y tecercas, el pueblo de apellidos rimbombantes como Gaybre o De Beamonte.

El cruce de caminos y de comunicaciones irónicamente muertas. Como el telégrafo.

(Casa habitación cerca de la avenida Morelos. Foto: M.S.)

TRES

El Pueblito, como se le conoce popularmente ha sido el lugar más abandonado de Tepetlixpa. A pesar de estar en Camino Real sus expectativas se paralizaron en los largos años que contabiliza la mora. Sin una carretera, comunicarse con la cabecera sólo era posible por un antiguo camino de empedrados y tecercas o darle vuelta hasta la Hacienda. El agua potable escasea y fue como un milagro cuando apareció por fin en tubo. Sus pobladores sufrieron la marginación, el menosprecio y el abuso, morían de disentería por tomar agua de las barrancas; se demandaban mutuamente por hacerse brujerías, pero El Pueblito, como la mora, “permanece, inalterable/ inmune a los desgastes,/ cuerpadamente” como continúa en ese poema épico llamado Cuerpos, el citado Rojas.

(Un corral, la popa del Callejón Benito Juárez. Foto: M.S.)

CUATRO

El Pueblito no sólo es tristeza o resignación. Caminar por sus calles es andar en el tiempo; aquí sí es posible hacer esa historia de los olores. Historia por los olores. Huelen las yerbas, el café, la humedad. Huele a adobe mojado, a patios llenos de laurel y agua podrida en los aljibes. Caminar por sus callecitas que suben y bajan a los montes es caminar hacia la neblina de la Escobeta o caminar con la vista hasta el Estado de Morelos y subir al Cerro de la Calavera que está en Jantetelco, que desde El Pueblito parece una isla en un mar imaginario. Para los soñadores, desde estos pueblos se puede anticipar que hay agua detrás de los montes y que detrás de los cerros que se ven más allá de Cuautla, poco a poco se anticipará el mar verdadero.

(Paredones en la Hacienda de Atlapango. foto: M.S.)

CINCO

En El Pueblito se encuentra la ex Hacienda de San Nicolás de Atlapango que perteneció a la familia de Sor Juana allá por el siglo XVII. El casco que sobrevive es una belleza. No tiene los artificios de las haciendas cañeras de Morelos; tiene la sobriedad de un edificio agrícola y aún se intuye la majestuosidad de sus patios y bebederos, los espacios para las eras donde se trillaba trigo y los paredones que ahora son el país de las lagartijas y escorpiones.

Más arriba está el Aljibe, una soberbia obra de ingeniería colonial con su caja de bombas, su desarenador y los restos de las cañerías. Al fondo, recortado en el horizonte, el Cerro de la Escobeta.

Trescientos años después de los tíos de Sor Juana, por 1933, la Hacienda  pertenecía a la señora Juana García de Venegas. Con malabares y contratos de apoderado y de autoridades terminó en poder del entonces gobernador del estado, general Abundio Gómez, quién a su vez la cedió al político Mariano Rivapalacio.

Atlapango cultivaba granos y leguminosas, pero también fue una parada obligada en el Camino Real. Se detenían a dar de comer y beber a los caballos, a descansar en el viaje a la ciudad de México, y otros, menos o más afortunados según e vea, a morir en el caballo. Cien años después de que pasaran las tropas  del Conde de Calderón, en diciembre de 1934 un mayordomo del patrón Rivapalacio salió galopando de Ozumba cerca de la puesta del sol.

Iba a vigilar que la pizca de maíz se hubiera realizado sin problemas. Espoleaba al caballo y eso lo mantenía en calor; su gabán blanco ondeaba como bandera en el camino. Poco antes de llegar a la Hacienda, el caballo cayó en un socavón. El jinete salió volando. Detuvo su vuelo en un peñasco.

A las seis de la tarde las autoridades fueron a levantar el cadáver, cubierto con el gabán. En un último deseo no pedido, el hombre quedó señalando con la cabeza el rumbo de Juchitepec, lugar donde había nacido: con los pies, señalaba a Morelos, que comenzaba a perderse en la oscuridad. El hombre, como El Pueblito, se durmió para siempre mecido en manos de la sierra y anhelando las bondades de la tierra del sur.

(Mosaico. Fotos y composición: M.S.)

 

Crónica de La Escobeta, 23 de julio.

El jueves 23, salimos del pueblo Josué, mi hermano; Néstor, mi casi hermano y yo a eso de las ocho, con algo de frío por la lluvia de la noche anterior. Sin saberlo bien a bien, íbamos a emprender una ruta histórica, un camino por el tiempo.

En San Isidro el camino se bifurca; a la izquierda va el antiguo camino que en tiempos de la Colonia comunicaba Tepetlixpa, pueblito sin centro, con el Camino Real. En algunos tramos aún existen los empedrados transversales que se colocaban para evitar el deslave y las arboledas de encinos que se plantaban a las orillas para darle sombra a los viajeros; pero también las tecercas, demarcaciones públicas en principio y ya en el siglo XX, linderos de las parcelas en que vino a terminar la Hacienda de Atlapango.

Camino hacia la Hacienda (foto: M.S.)

Camino hacia la Hacienda (foto: M.S.)

La Hacienda, al final del camino, se yergue en una mesa, con sus muros lánguidos de tanto sol y abandono. Sus bardas aún ostentan los contrafuertes, algunas partes del recubrimiento de cal y una altura que le da majestuosidad; y entre los texcales, aún quedan restos de las baldosas de los pisos, los cuadros de las ventanas,  las dimensiones de sus salidas, patios y estancias.

La hacienda tiene una forma regular que se aprecia muy bien a la distancia, en lontananza, Atlapango es más que muros y ruinas envueltas por el candor de las cosas olvidadas o en espera de justicia. Y justicia merece, porque algunos paredones han sido derribados en los últimos meses, junto con pilares de lo que fue el gran patio de la hacienda; alguna sección están habilitándola para corral de animales y el despojo, con gran tristeza, sigue.

A la entrada de la Hacienda. Al fondo, La Escobeta (foto: técnicamente, el tripie)

A la entrada de la Hacienda. Al fondo, La Escobeta (foto: técnicamente, el tripie)

Tras esa visita a las ruinas llegamos a El Aljibe, una obra de ingeniería que aún sorprende por su factura y la funcionalidad que sigue prestando. Las cañerías que llevaban el agua hasta la pila de la hacienda están incompletas, pero los terrenos del derredor aún se benefician de la extracción de agua para el riego. ¿Podría beneficiar a una ruta turística? nos preguntábamos mientras veíamos las antiguas propiedades del empresario Noriega Salas y los tres opinamos que sí.

Pero nuestra meta era La Escobeta, la mayor elevación de Tepetlixpa, de más de 2000 metros. Para comenzar el ascenso fuimos rodeando el cerro por los caminos del lado sur, hasta llegar a los límites jurisdiccionales con Juchitepec. Desde la mojonera respectiva, el paisaje es increíble porque domina todo el valle, de esta estribación del Chichinauhtzin hasta la Sierra Nevada; un valle donde aún hay pruebas de la intensa vegetación forestal del pasado que es causa del clima de toda la zona, transición entre la región fría y el amplio valle de Cuautla, que visto desde estas partes parece un desfiladero, un escalón de grandes proporciones que en menos de 20 kilómetros hace descender la altitud más de 1000 metros.

Basura en la Hacienda (foto: M.S.)

Basura en la Hacienda (foto: M.S.)

Comenzamos la ascensión. El terreno es inclinado en la parte sur, y los incendios han devastado notablemente la vegetación, aunque los árboles retoñan rápidamente y hay vegetación endémica, como ciertas orquídeas. La deforestación, los incendios y la acción de la lluvia han deslavado tanto esa parte que el suelo está lleno de piedra basáltica y de tezontle, lo que dificulta la ascensión; aunque en los descansos hay sus pagos, con una vista imponente sobre los pueblos de la zona, lo que aún perdura de bosque entre México y Morelos y a la distancia, el vuelo de las pocas águilas que han escapado de la insania (por no decir la franca estupidez) del que con solo verlas, tiene ganas de tirarlas a balazos.

Unas dos horas nos habrá llevado llegar hasta la cima, donde hay pastizales de altura y pinos; por la época del año, abundan los hongos y las nubes crean esa metáfora de estar lamiendo a las serranías, porque la humedad se concentra y se respira; el día estaba brumoso, esta región es fría, pero desde el cerro, el frío estaba siendo un adelanto, una avanzada del volcán en tierras templadas.

En la ladera sur. Los árboles y la vegetación, fruto del incendio (foto: M.S.)

En la ladera sur. Los árboles y la vegetación, fruto del incendio (foto: M.S.)

Es muy importante decir que los problemas de contaminación no respetan ni el más escarpado lugar. En la cima del cerro también hay botellas de refresco, envolturas vacías y vasos de plástico regados por todos lados, como “recuerdos” de otros locos que como nosotros han decidido subir al cerro.

 

Crónica de la Escobeta… parte III

Muy cerca de los primeros indicios de “civilización”, la señal inequívoca es la devastación de los hombres: pinos jóvenes trozados por la mitad, que por tanto ya jamás retoñarán; veredas firmes, botellas de plástico y excrementos de borregos, que los hacen pastar lo más hacia adentro de los montes que sea posible.

Néstor, que es el deportista nato venía rendido como Josué y yo, así que terminamos descansando a la sombra de los árboles, tomando aire para la última foto, con la presencia a la distancia del Cerro de las Tres Cumbres y la llamita emergente de la parroquia de San Esteban.

Nos tomamos un descanso para ver que habíamos descendido por todo lo largo de la barranca, que veníamos tan cansados que las galletas no sirvieron ni para el arranque, y para ver que esta región es una sucesión de valles que se han incrementado por las laderas que ahora se destinan a la agricultura. Como ya he sostenido, Tepetlixpa alude en su nombre a laderas, a gente viviendo en laderas. Comparte esta gente, como ha compartido por siglos, sus pueblos con los reinos de los montes y las barrancas. A uno solo le toca dar cuenta de ello.

Tepetlixpa desde las laderas de La Escobeta (foto: M.S.)

Tepetlixpa desde las laderas de La Escobeta (foto: M.S.)

Al inicio de esta crónica dije que sin saber haríamos un recorrido histórico. Como no pensarlo. Los miles de años en que se levantaron los cerros por violentos procesos volcánicos; el tiempo de la Colonia, con su camino real cruzado por diligencias y caminantes; los valles que litigó Cortés para que se incluyeran en su marquesado; la ruta que se distingue desde las alturas por donde los dominicos trazaron sus conventos, escalonados hasta que llegaran en el extremo del vértice a las tierras de Antequera; la hacienda, del siglo XVIII y luego en esplendor agrícola por el aluvión del cerro; los caminos, con las tecercas de esa misma época, y para coronar todo eso, los hombres que han pasado. Pienso en la frase favorita del profesor Esteban Cortés: “me gusta pensar en los que han caminado antes de mí”.

En fin, regresamos por el mismo camino que han recorrido muchos entusiastas de Tepetlixpa desde años, bordeando texcales; con el sol atrás entibiando la arena; observando los colores encendidos y luego apagados de las flores del verano: “maravillas”, “chupamirtos”, “chichicaxcles” y el famosísimo toloache. Regresamos, dando cuenta de la contaminación, de la necesidad de rescatar el patrimonio histórico de nuestro pueblo, de los que nos han precedido en escalar La Escobeta y fuera de cursilerías, del respeto que debemos a la Naturaleza.

 
 
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