Seguramente no han pasado desapercibidas para la gente que va y viene del pueblo al campo. Las hay por decenas en los antiguos caminos de Tepetlixpa y originan ciertas dudas, ¿quién las hizo?, ¿para qué? ¡vaya uno a saber! Lo malo del campo es que es exigente y deja poca ganancia. Lo malo de los tesoros es que su valor se esconde si no los sabemos observar detalladamente. Este no es un texto definitivo, pero valga como invitación a la vista.
Las tecercas o tecorrales, según las variantes dialectales, son muros de piedra que se apilan y son compactados con lodo. El chiste de levantar una tecerca está en la forma de juntar las piedras e irlas acomodando para que embonen, además de conservar la dirección y ser capaces de alzar piedras de más de cuarenta kilos para enfilarlas por más de veinte metros en perfecta dirección. Su función es sobre todo delimitar. Aunque sólidas es difícil que contengan más del peso de una persona, de modo que sus funciones eran fijar límites y dar una certeza: “hasta aquí llega lo tuyo, más adelante ni te metas”. Antes de la “modernidad” el pueblo estaba lleno de estas peculiares divisiones en las casas, sin embargo por ahora habrá que centrarnos en las tecercas-tecorrales (escoja el término que más le agrade, porque nunca nos ponemos de acuerdo) que existen en el campo.
Los pueblos prehispánicos tenían una configuración que si bien fue modificada en la Colonia mantuvieron patrones que hasta la época subsisten. Alrededor de los pueblos se encontraban las tierras de labor, con toda su compleja situación legal entre las tierras de los caciques, las de común repartimiento, las que se arrendaban a un hacendado previo contrato, las tierras de los barrios, las de las cofradías religiosas, las de los conventos y las tierras baldías que no habían sido aprovechadas por ninguno. Lo que la Historia prohíbe aquí podemos hacerlo: hay que imaginar los caminos, las siembras, las huertas de árboles frutales y desde luego, las tecercas, como un inmenso corral que rodeaba a los pueblos, una “cortina verde” alrededor de cada pueblo bautizado con el término más hierático: “las tierras”.
No obstante, cuando la colonización, la apropiación de la tierra fue tan rápida y desmedida que las grandes haciendas se adueñaron de esos terrenos. En el siglo XVII, la familia Rodríguez, por decir un ejemplo, había enlazado sus propiedades desde Amecameca hasta Chimalhuacán. En la formación de esos latifundios hay una metáfora que acuñó el historiador Ruggiero Romano que modifica nuestra visión idílica del campo: “las propiedades españoles rodeaban como un mar a los pueblos indígenas”. Mar colorido con sus siembras de avena, trigo, maíz, amaranto y frijol; con sus encierros de ovejas y vacas y sus encinales reducidos a carbón o madera… sólo que, mar colorido que no nos pertenecía.
¿Dónde encajan las famosas tecercas? Bueno, hay que decir que el paraje conocido como Tetepetlac, además de tener una estupenda panorámica del pueblo, contiene buena parte de la historia colonial de nuestro pueblo. Según el historiador Tomás Jalpa (que por enésima vez citamos y recomendamos sus libros para el que ame la región), a mediados del siglo XVII Tepetlixpa incrementó su población y surgieron más barrios, por ende se reconfiguró la propiedad agrícola.
Tepetlixpa es un pueblo de lomerías, de texcales y de una variedad de microclimas impresionante, pero debido a las lomerías, las tierras tienen que ser modificadas para su mejor aprovechamiento. Es justo en Tetepetlac donde encontramos ejemplos increíbles de la formación de terrazas agrícolas. No es el único paraje (los caminos hacia la Hacienda de Atlapango y el antiguo camino al Pueblito también son notables) pero sí el que tiene ejemplos contundentes de tecercas de más de dos metros de altura. Por desgracia es un lugar que puede desaparecer en el corto plazo. Terrazas, Tetepetlac, tecercas… sí, las coincidencias son más que lingüísticas. Para acondicionar el terreno, para delimitar las propiedades y para proteger de las erosiones, nuestros antepasados levantaron una serie de tecercas que aún subsisten. Delimitan los terrenos en formas cuadriculares, marcan los caminos y protegen las terrazas a la sombra protectora de un cerro de piedra impresionante que da nombre al paraje.
Pero, ¿Por qué deberíamos visitar Tetepetlac? Indudablemente el apasionado de la historia no debe perdérselo. En cada tecerca está un poco del trabajo comunitario: el esfuerzo por picar y desenterrar la piedra, trasladarla y apilarla; el cumplimiento de las faenas obligatorias para reparar caminos; la organización barrial… Está la historia colonial de Tepetlixpa, los litigios entre los pueblos (¿quiénes y cómo habrán sido los representantes colectivos?) y las operaciones de arrendamiento que hacían los caciques con los hacendados (en otro libro de Jalpa se menciona cómo los caciques arrendaron de un solo golpe los terrenos entre Tepetlixpa y Cuecuecuauhtitlan a la familia Rodríguez); los mismos personajes que trazaron Tepetlixpa, levantaron sus capillas y por una razón hasta ahora no resuelta, decidieron (o fueron obligados) a no tener un Centro.
Pero fuera del historiador está el paraje para el que quiera descubrir otro Tepetlixpa sin evadirse de la realidad. Invita a descubrir que hay un más allá de la realidad y sus miserias.
Reconozcamos que los límites siempre son metas, que nos acucia saber qué hay detrás de los cerros. Para el que no conozca más allá de la vía del tren o piense que estos rumbos están llenos de piedras y de montes, lo invito a darse la oportunidad de conocer los muchos parajes, los lugares, los llanos, los texcales, los escenarios y lo inesperado que hay en los caminos; la magia que a pesar de todo aún tenemos en éste pueblo.
Recuerdo que investigando para la escuela, encontré una frase sobre las terrazas que se asocian al lado terreno del agua, a la necesidad de meter el agua en la tierra, de sacar las chinampas del lago y meterlas en el contexto del monte. En lo personal me atrapó la idea y mi trabajo estuvo bien según la profesora. Traigo a colación esto porque las dualidades del agua y la tierra siempre emocionan y el verdor puede parecer agua estancada. Parte del encanto de Tetepetlac es ese, que nos muestra a los volcanes y al pueblo enmarcado en una búsqueda de agua; en la espera de que, detrás de las hermosas tecercas esté el ojo de agua, el riachuelo. Al inicio dije que las tecercas delimitan porque no podrían contener un cauce que por otro lado, nunca habrá.
En fin, vaya a Tetepetlac. Antes de entrar al paraje se está rascando un pozo que nos hace pensar en la escasez del vital líquido, pero también debe motivar a la reflexión sobre la permanencia. Ahí están las tecercas de piedra, levantadas hace unos trescientos años por manos anónimas y de un día a otro pueden desaparecer para dar lugar a carreteras que otras manos anónimas construirán.
Todo eso, ¿no merece visitarse?









